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La industria de las mascotas, el gigante económico que no se refleja en quienes lo sustentan por Carlos A. Bastidas C


La industria de las mascotas, el gigante económico que no se refleja en quienes lo sustentan por Carlos A. Bastidas C1 

Resulta, por decir lo menos, paradójico. La industria de mascotas se ha consolidado como una de las más poderosas del mundo, ubicándose entre los sectores que más dinero movilizan a nivel global. Clínicas, alimentos premium, seguros, tecnología, farmacéuticas, accesorios de lujo, servicios especializados, todo crece a un ritmo vertiginoso. Sin embargo, quienes estamos en el corazón de este ecosistema, los médicos veterinarios, no vemos reflejado ese crecimiento en nuestra realidad económica.

¿En qué momento se rompió esa lógica?

Desde mi punto de vista, el problema no es la industria. El problema somos nosotros o mejor dicho, lo que hemos permitido que ocurra con nuestra profesión.

Durante años, el veterinario ha sido visto y muchas veces se ha dejado ver como un actor secundario dentro de una industria que, en teoría, gira alrededor de su conocimiento. Hemos cedido protagonismo a grandes marcas, a distribuidores, a corporaciones que entendieron algo que nosotros no supimos capitalizar, el valor no está solo en saber, sino en saber posicionarse.

Mientras la industria se profesionalizó en marketing, gestión, escalabilidad y experiencia del cliente, muchos veterinarios nos quedamos atrapados en un modelo romántico de vocación mal entendida. Creímos que amar a los animales era suficiente. Y no. Nunca lo fue.

A esto se suma un problema estructural profundo, la falta de educación financiera y empresarial en nuestra formación. Nos enseñan a diagnosticar, a operar, a salvar vidas, pero no a cobrar lo que valemos, no a construir marcas, no a liderar equipos, no a hacer sostenible un negocio. Y cuando no entiendes el juego económico, inevitablemente terminas siendo una pieza más dentro de él, pero no quien lo dirige.

También hay un factor incómodo, pero necesario de decir  la desunión del gremio. Competencia desleal, guerra de precios, desprestigio entre colegas, informalidad… prácticas que erosionan el valor percibido de toda la profesión. Cuando un veterinario cobra menos de lo justo, no solo se afecta a sí mismo, nos afecta a todos.

Entonces, la pregunta clave no es por qué la industria crece y nosotros no. La verdadera pregunta es ¿qué estamos haciendo o dejando de hacer para que eso siga ocurriendo?

La buena noticia es que sí hay formas de remediarlo.

El cambio empieza por asumir que el veterinario del presente y del futuro no puede ser únicamente un clínico. Debe ser también un estratega, un comunicador, un líder y un empresario. Necesitamos cambiar el chip, dejar de vernos como prestadores de servicios aislados y empezar a entendernos como actores clave dentro de una industria multimillonaria.

Desde nuestros propios espacios, hay acciones concretas que pueden marcar la diferencia:

Primero, dignificar nuestro trabajo. Cobrar lo justo no es un abuso, es una responsabilidad. Cada consulta mal cobrada es un mensaje al mercado de que nuestro conocimiento vale poco.

Segundo, invertir en formación más allá de la medicina. Finanzas, marketing, gestión, liderazgo. No es opcional, es urgente.

Tercero, construir marca personal y reputación. Hoy, quien no comunica, no existe. Y si no existes, otros ocuparán tu lugar en la mente del cliente.

Cuarto, fomentar la ética gremial. Necesitamos entender que el colega no es el enemigo. El verdadero problema es la falta de estándares y de respeto por la profesión.

Quinto, educar al cliente. Un tutor informado valora más, entiende mejor y está dispuesto a pagar por un servicio de calidad.

Finalmente, dejar de romantizar el sacrificio. La vocación no debería ser sinónimo de precariedad. Amar lo que hacemos no implica aceptar condiciones injustas.

La industria de mascotas no va a dejar de crecer. La pregunta es si vamos a seguir siendo espectadores de ese crecimiento o si, de una vez por todas, vamos a ocupar el lugar que nos corresponde.

Porque al final del día, sin médicos veterinarios, no hay industria que se sostenga.

Y ya es hora de que eso también se refleje en nuestra realidad.


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