“Con el CI en rojo: Por qué no cualquiera debería tener licencia de conducir”
Por Carlos A. Bastidas C.
Hay cosas que no deberían ser complicadas, pero lo son porque al parecer la estupidez al volante se ha legalizado. Recorriendo las calles uno empieza a preguntarse si las licencias de conducir las están regalando en fundas de arroz o si simplemente basta con respirar para obtener una. Porque seamos honestos: hay demasiados imbéciles manejando, y ese no es un insulto gratuito, es un diagnóstico social.
Si un automóvil puede ser considerado un arma, y lo es —porque con un giro irresponsable puedes matar a alguien—, entonces las leyes deben reformarse ya. Urgente. Porque no podemos seguir entregando permisos de conducir como si fueran vales para ir al parque de diversiones. El problema es simple pero profundo: no todo el mundo tiene el coeficiente intelectual suficiente para estar a cargo de una máquina de más de una tonelada que se mueve a 100 km/h. Y el problema no es solo el CI (que ya sería un filtro mínimo), sino también la inteligencia emocional. Porque ¿de qué sirve saber cambiar de carril si no sabes controlar tu ira, tu miedo, tu frustración o tu complejo de superioridad mientras manejas?
Yo propongo, sin pelos en la lengua, que para sacar una licencia de conducir no solo se rinda el clásico examen de tránsito —que, seamos sinceros, muchos lo aprueban de memoria como si fuera una tabla de multiplicar—, sino que también se rinda un test de coeficiente intelectual y uno de inteligencia emocional. No queremos a cerebritos antisociales ni a brutos buena onda al volante. Queremos gente con criterio, con capacidad de análisis, que sepa anticiparse a una situación de peligro y que, si algo sale mal, no reaccione como un gorila con rabia.
Pero lo más triste no es solo que haya tarados conduciendo autos. Es que muchos de ellos manejan motos, bicicletas, taxis o buses. ¡Y esos últimos son los que más vidas cargan en sus manos! Los motociclistas creen que son fantasmas y pueden atravesar paredes (o carros); los ciclistas se creen inmunes a la física y a las leyes del tránsito; los taxistas manejan como si su licencia viniera firmada por el mismo Diablo; y los choferes de bus... bueno, esos parecen competir por quién causa más caos en menos tiempo.
En Ecuador, esta problemática es más visible que un semáforo en rojo ignorado por media ciudad. Y lo peor es que lo hemos normalizado. Se ha vuelto parte del folclore urbano ver a un tipo rebasar por la derecha, a otro que se mete en contravía con total desparpajo, o al clásico “brillante” que se pasa el semáforo porque “ya estaba en ámbar”. ¿De verdad queremos seguir así? ¿De verdad nos parece gracioso hasta que nos atropellan?
Esto no es solo una reforma de leyes, es una reforma de valores. El respeto al prójimo debería comenzar en la vía, no en la misa dominical. La empatía no debería quedarse en redes sociales cuando lloramos por un ciclista atropellado o por una familia muerta por un conductor ebrio: debería estar presente cuando decidimos no manejar como cavernícolas.
Ya basta de romantizar la estupidez y de justificar la ignorancia. Si alguien no puede resolver un problema lógico básico o no entiende que manejar con ira es igual que jugar a la ruleta rusa con gente inocente, entonces no merece una licencia. No lo estoy diciendo con odio, lo digo con amor a la vida, a la decencia y a la cordura.
Así que, sí: hagamos obligatorio el examen de CI, añadamos uno de inteligencia emocional, y de paso, metamos uno de educación cívica. Porque conducir no es un derecho, es un privilegio. Y como todo privilegio, debería ganarse con inteligencia, respeto y empatía!
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