Al que le quede el guante :“El Precio de la Mediocridad Compartida”
Hay momentos en los que uno se sienta frente a la pantalla, en medio de un evento académico virtual, y no puede evitar preguntarse: ¿qué carajos estamos haciendo mal? ¿En qué punto estudiar una maestría se volvió una carrera de disfraces, donde algunos se cuelgan títulos como si fueran medallas sin haber sudado ni una gota? No es frustración, es indignación.
Cuando uno ve a tanta gente vaga —porque no hay otra palabra—, gente que copia sin pudor, que copia y hasta se ríe mientras lo hace, algo dentro de uno se quiebra. No es sólo que falten a clases, es que ni siquiera tienen la decencia de simular que lo intentan. Ponen su nombre en la lista de asistencia y desaparecen, como si la educación fuera un trámite más, como pagar una factura o renovar una cédula.
Y lo más insultante: esos personajes, gracias a los mal llamados trabajos “colaborativos” o “cooperativos”, terminan con la misma nota que uno. O, en el colmo de la ironía, con mejor calificación. Uno entrega un deber bien hecho, sudado, leído, estructurado, pensado, revisado, corregido… y ellos simplemente copian y pegan, o hacen cualquier cosa por cumplir. Y cumplen. Con eso basta para el sistema. Como si el esfuerzo fuera una opción y no un compromiso.
Entonces te preguntas: ¿de verdad vale la pena seguir esforzándome en un mundo donde la mediocridad se premia y la excelencia se iguala hacia abajo? ¿Dónde la exigencia es mal vista y el conformismo es la norma? Porque esto no es un caso aislado. Esto sucede a diario, en todo lugar, en todo nivel: escuelas, universidades, oficinas, hospitales, gobiernos. La epidemia de la mediocridad se disfraza de inclusión, de “trabajo en equipo”, de “todos somos iguales”.
No, no todos somos iguales. No cuando unos trabajan mientras otros descansan sobre su esfuerzo. No cuando unos se queman las pestañas y otros las uñas copiando. No cuando unos se toman la educación como un privilegio y otros como un juego.
El verdadero problema no es que existan los vagos. Siempre han existido. El problema es que el sistema los abraza. Que no se corrige, no se sanciona, no se diferencia. Se trata igual a todos, se da la misma nota, se entrega el mismo título. Y así, graduamos ignorantes con medalla, incompetentes con postgrados, burócratas con diplomas, y luego nos quejamos de los errores en los hospitales, en las obras mal hechas, en las decisiones absurdas.
Uno estudia una maestría para aprender, para crecer, para ser mejor. No para que otros se cuelguen de uno como parásitos académicos. No para que el esfuerzo se vuelva invisible. Es hora de que alguien lo diga con todas sus letras: no es justo, no está bien y no debe normalizarse.
Porque si el sistema sigue igualando a los mediocres con los que se esfuerzan, llegará el día en que nadie querrá esforzarse más. Y ese día, la educación dejará de ser una herramienta de transformación, para convertirse en una triste simulación.
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