“31 de Octubre: El Día en que Celebramos a Quienes Curamos con Ciencia, Alma y Barro en los Zapatos”
Por Carlos A. Bastidas C.
Hoy amanecí con el corazón apretado.
Mi querido equipo perdió la semifinal de la Copa Libertadores, y confieso que me dolió… porque uno también ama esos colores que lo acompañan desde niño. Pero justo cuando la tristeza me quería ganar el día, recordé algo mucho más grande, ¡hoy es 31 de octubre, el Día del Médico Veterinario Ecuatoriano!
Y entonces sonreí.
Sonreí porque, más allá del marcador, tengo muchos motivos para celebrar.
Tengo una familia hermosa que me sostiene, unos hijos que me inspiran, una esposa que me acompaña en cada batalla, y un gran equipo de amigos y colegas que trabajan hombro a hombro conmigo en la clínica, dejando el alma por cada vida que atendemos.
Y me di cuenta de algo, la vida, al igual que la veterinaria, se gana con el corazón.
No todos los héroes usan capa.
Algunos usamos bata, botas llenas de lodo, o un uniforme con olor a desinfectante y cariño.
No todos los días comienzan con café, a veces comienzan con un llanto, con un “Doctor, no sé qué le pasa…”, con un “por favor, sálvelo”.
Y aun así, ahí estamos, los médicos veterinarios, con la cabeza alta y el corazón lleno, tratando de que la vida le gane aunque sea un ratito más a la muerte.
Ser veterinario no es una profesión: es una forma de ser, un idioma que se habla con gestos, miradas y silencios. Es entender lo que un perro no puede decir, lo que un gato no quiere mostrar, lo que un caballo siente sin palabras. Es mirar a los ojos a un animal y saber que ahí dentro hay confianza pura… o miedo, o dolor… y tener la responsabilidad de aliviarlo.
Pero, ¡vaya profesión la nuestra!
Nadie nos prepara del todo para ver morir a quien cuidamos con amor, ni para explicar entre lágrimas que ya no hay más por hacer.
Nadie nos enseña a no quebrarnos cuando un paciente que tratamos desde cachorro nos dice adiós.
Sin embargo, seguimos.
Porque ser veterinario no es solo salvar vidas, es también acompañar con dignidad, sanar con respeto y despedir con humanidad.
Los veterinarios del Ecuador y del mundo entero somos una mezcla rara de científicos y poetas.
De soñadores que aprendieron a diagnosticar.
De técnicos que saben auscultar corazones, pero también los sienten.
Somos los que hacemos milagros con ecógrafos viejos, con recursos escasos, con noches sin dormir y con esa fe irracional de que todo saldrá bien.
Y aunque a veces el cansancio nos doblegue, basta una cola moviéndose, un ronroneo, una mirada agradecida, para recordarnos por qué elegimos esto.
Sí, somos los que comemos a deshoras, los que vivimos con ojeras, los que cargamos con deudas porque amamos más de lo que cobramos.
Somos los que escuchamos frases como “solo es un perro”, y nos hierve la sangre porque sabemos que no hay “solo” cuando se trata de un ser vivo.
Somos los que aguantamos el dolor ajeno, la frustración y la impotencia, pero también los que saltamos de alegría cuando un paciente vuelve a casa.
Y aunque la sociedad aún nos deba respeto, aunque algunos crean que la medicina veterinaria es “una carrera menor”, nosotros sabemos la verdad:
somos médicos de los que no hablan, guardianes de los que no pueden defenderse, y custodios de la empatía más pura que existe en el planeta.
Este 31 de octubre, Día del Médico Veterinario Ecuatoriano, no celebremos solo el título.
Celebremos las madrugadas, las guardias interminables, las manos temblorosas que suturan con esperanza.
Celebremos los errores que nos enseñaron, los pacientes que nos cambiaron, los maestros que nos marcaron y los colegas que nos inspiran.
Celebremos el privilegio de tocar la vida en su forma más noble.
Que este día sirva para recordar que ser veterinario no es un trabajo, es un legado.
Es un compromiso con la vida, con la ciencia, con el respeto y con el amor más genuino que existe, el amor a los animales y a quienes los aman.
Así que, colegas, erguidos y orgullosos, levantemos nuestras cabezas, nuestras batas y nuestras historias.
Que el mundo sepa que en Ecuador los veterinarios somos ciencia y corazón, que estudiamos años no para lucrar, sino para servir.
Que lloramos, reímos, y muchas veces sufrimos, pero nunca dejamos de intentarlo.
Porque ser veterinario es una bendición disfrazada de cansancio.
Y si hoy alguien me pregunta si valió la pena… responderé sin dudarlo,
Sí, valió cada desvelo, cada lágrima y cada vida que salvamos.
Excelente, colegas, asi somos
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