“Entre Vocación y Vulnerabilidad: la realidad de la medicina veterinaria” por Carlos A. Bastidas C.
La imagen romántica del veterinario, la persona que “ama a los animales” ha sido, irónicamente, uno de los mayores velos que ocultan la verdadera complejidad de su labor. La sociedad ve la parte noble, emotiva, casi idílica, pero pocas veces se asoma al territorio donde los profesionales de la medicina veterinaria transitan cada día, un cruce desafiante entre la ciencia, la responsabilidad moral, las expectativas humanas y la fragilidad emocional.
Los veterinarios no solo curan animales. Sostienen familias, median en decisiones imposibles, cargan culpas que no les pertenecen y navegan entre exigencias que muchas veces ignoran la realidad biológica y económica de cada caso. Son profesionales que viven entre la vida y la muerte, entre la gratitud y la agresión, entre la vocación y el desgaste.
El veterinario se enfrenta diariamente a problemas que el tutor promedio no alcanza a dimensionar. Muchos llegan a consulta buscando soluciones inmediatas para enfermedades que requieren tiempo, constancia y recursos. Otros exigen imposibles, un diagnóstico sea exacto sin realizar pruebas, que el tratamiento funcione aunque se administre mal, que la recuperación sea perfecta aun cuando la raza, la edad o la historia clínica del animal juegan en contra.
A esto se suma el juicio permanente:
—“Es muy caro.”
—“Solo quieres lucrar.”
—“En internet dice otra cosa.” "no tienes vocación"
Cada frase es un golpe . Y sin embargo, los veterinarios siguen ahí, intentando explicar con paciencia lo que la ciencia demanda, aunque la incomprensión erosione día tras día su motivación.
Y cuando la medicina llega a su límite, cuando no queda más que acompañar al paciente a un final digno, entonces enfrentan otra batalla, la emocional. El tutor sufre, pero también suele buscar culpables. La culpa cae sobre quien fue, paradójicamente, la única persona que luchó contra lo inevitable.
La medicina veterinaria es una profesión donde el duelo es diario, la presión es constante y el agradecimiento, aunque existe, muchas veces llega tarde.
Y no, no se trata de volverse inmunes, porque la sensibilidad es parte esencial de nuestra vocación. Se trata de aprender a protegerse.
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Comunicación clara y asertiva:
Explicar procedimientos, riesgos, límites y responsabilidades compartidas desde el inicio reduce conflictos y genera alianzas más sanas con los tutores. -
Establecer límites profesionales:
No todo puede hacerse, no todo debe hacerse y no todo es responsabilidad del veterinario. La ética, la ciencia y la salud mental necesitan fronteras firmes. -
Practicar el autocuidado emocional:
La empatía no debe convertirse en autoexigencia desmedida. Reconocer el desgaste y pedir ayuda es un acto de fortaleza, no una señal de debilidad. -
Actualizarse y capacitarse continuamente:
No solo en técnica médica, sino en manejo del estrés, inteligencia emocional y relaciones con clientes. El conocimiento también es una forma de defensa.
La medicina veterinaria es una de las profesiones con mayores índices de estrés, ansiedad, depresión y riesgo suicida. Esta realidad no se combate con discursos motivacionales, sino con estructuras colectivas.
Las redes de apoyo no son un lujo: son una necesidad vital.
Redes que incluyan mentores, psicólogos especializados, colegas dispuestos a escuchar sin juzgar, asociaciones que velen por condiciones laborales dignas y programas educativos que enseñen a los tutores a comprender la complejidad del trabajo veterinario.
Cuando un veterinario tiene una comunidad sólida detrás, la carga se distribuye, las crisis se atenúan y la vocación puede volver a respirar sin asfixiarse.
Por qué la población debe comprender la importancia del veterinario
El veterinario no solo atiende mascotas. Su rol es crucial en la salud pública, en la seguridad alimentaria, en la prevención de zoonosis, en la conservación de la fauna y en la lucha contra las pandemias.
Sin veterinarios, el equilibrio entre humanos, animales y ecosistemas colapsaría.
Pero más allá de lo técnico, está lo humano: los veterinarios entregan su vida a cuidar a quienes no pueden hablar. Su compromiso sostiene vínculos afectivos inmensos entre familias y animales. Su trabajo es un puente entre especies, un acto de humanidad profunda.
La población necesita dejar de verlos como un servicio y comenzar a verlos como aliados. Necesita empatía, escucha y respeto hacia quienes dedican su existencia a defender la vida en todas sus formas.
El veterinario no es un mago, ni un héroe incansable, ni un enemigo de los bolsillos. Es un profesional de la salud que lucha cada día contra la enfermedad, pero también contra la incomprensión y el desgaste emocional.
Reconocer sus dificultades no es solo un acto de justicia, es un acto de humanidad.
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