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A PESAR DE TODO LO VOLVERIAMOS A ELEGIR POR CARLOS A. BASTIDAS C.

A PESAR DE TODO LO VOLVERIAMOS A ELEGIR

LO QUE CALLAMOS LOS VETERINARIOS

Crónicas no autorizadas de un veterinario que sobrevivió a los tutores

Autor: Carlos A. Bastidas C.

 


Dedicatoria

Para quienes alguna vez pensaron en renunciar
y aun así volvieron al día siguiente.

Para quienes rieron para no quebrarse
y se quedaron cuando hubiera sido más fácil irse.

Este libro es para ustedes

A mi esposa y a mis hijos motor de mi vida, para Joe, Jonathan, Kimy, Vivi,Ali,Matheo Paula, Jose y a todos mis amigos y colegas.

Prólogo

 

Antes de que suene el teléfono

Antes de que empiece todo, hagamos una pausa.

Antes de la primera guardia.
Antes del primer “doctor, pero ayer estaba bien”.
Antes del café frío, del sarcasmo aprendido y de las risas que salvan.

Este libro no es para cualquiera.
Es para quienes alguna vez llegaron a casa con olor a clínica en la ropa y cansancio en el alma.
Para quienes entendieron, demasiado pronto, que amar esta profesión no la vuelve fácil.

Si eres veterinario, este libro no te va a contar nada nuevo.
Te va a recordar.

Te va a recordar la primera vez que alguien confió en ti.
La primera vida que salvaste.
La primera que no pudiste salvar.
La primera vez que dudaste… y aun así seguiste.

Si eres estudiante, este libro no intenta asustarte.
Intenta ser honesto.
Porque nadie nos dijo todo esto al principio.
Y aun así, acá estamos.

Estas páginas hablan de pacientes, sí.
Pero sobre todo hablan de personas.
De nosotros.

Hablan del humor que aparece cuando el cansancio aprieta.
De la ironía como mecanismo de defensa.
De las lágrimas que no siempre se ven.
De las decisiones que pesan más de lo que deberían.

Hablan de lo que no figura en el plan de estudios.
De lo que no se muestra en redes.
De lo que solo se entiende después de vivirlo.

Este no es un libro para glorificar la profesión ni para quejarse de ella.
Es un libro para mirarla de frente.
Con todo lo que duele.
Con todo lo que vale.

Acá vas a encontrar historias que te van a hacer reír en voz alta…
y otras que te van a hacer cerrar el libro un segundo para respirar.

Vas a reconocer frases.
Situaciones.
Personas.

Vas a pensar:
esto me pasó a mí.

Y eso está bien.

Porque este libro no busca respuestas.
Busca compañía.

Antes de empezar, solo una cosa más:
si en algún momento sentís que estas páginas te reflejan demasiado, no es casualidad.

Es porque este libro fue escrito para quienes, a pesar de todo, siguen eligiendo quedarse.

Para quienes saben que el teléfono puede sonar en cualquier momento.
Y aun así… no lo apagan.

Bienvenido.
Estás entre colegas.

 

Capítulo 1

“Doctor, pero ayer estaba bien”

“Ayer” es una unidad de tiempo que no figura en ningún libro de fisiología, pero debería.
No tiene horas, no tiene minutos y jamás coincide con el reloj de la clínica.
“Ayer” es el comodín emocional del tutor. La carta trampa. El comodín del drama.

En veterinaria, ayer puede ser esta mañana, hace una semana o ese momento mítico en el que la mascota todavía era inmortal.

Pantufla llegó cargada. Nunca llegan cargados los que están bien. Llegó envuelta en una mantita que alguna vez fue blanca y ahora tenía el color exacto del “no sé qué le pasó”. No caminaba, no reaccionaba, no respiraba como debería respirar ningún ser vivo con aspiraciones de seguir existiendo.

Pantufla estaba mal. Muy mal.
El tutor, no.

—Doctor… pero ayer estaba bien.

Claro que sí.
Ayer comía… poquito.
Ayer caminaba… lento.
Ayer no vomitaba… solo arcadas.
Ayer respiraba… raro, pero respiraba.

Ayer estaba bien.
Hoy se está muriendo.
Y en ese agujero negro temporal, el veterinario se transforma mágicamente en el responsable de que el cuerpo no haya respetado el guion emocional del tutor.

Pantufla tenía unos nueve años —según el tutor— aunque su organismo claramente había cumplido varias temporadas más. Estaba caquéctica, deshidratada y con una masa abdominal tan evidente que prácticamente pedía turno sola.

—Eso salió de la noche a la mañana, doctor.

La ecografía negó con la cabeza.
El abdomen negó con la cabeza.
La biología, directamente, se rió.

Porque nada en medicina aparece “de la noche a la mañana”… salvo los problemas cuando ya no se pueden ignorar.

Ahí entiendes que la medicina veterinaria no lucha contra enfermedades. Lucha contra el ayer. Y el ayer es invencible. El ayer no siente culpa. El ayer no toma decisiones difíciles. El ayer no escucha diagnósticos.

El ayer solo dice:
—Antes estaba bien.

Mientras ponés una vía con la precisión de alguien que ya hizo esto mil veces, el tutor entra en modo interrogatorio existencial:
—¿Pero no puede ser algo pasajero?
—¿Pero usted cree que fue tan rápido?
—¿Pero no estaba bien ayer?

No.
No estaba bien.
Estaba compensando.
Estaba aguantando.
Estaba siendo animal.

Porque ellos hacen eso. No se quejan. No avisan. No dramatizan. Siguen hasta que no pueden más. Y cuando no pueden más, llegan a la clínica envueltos en una manta que ya vio demasiadas cosas.

Y ahí estás tú. Con tu bata blanca manchada, el café frío de hace tres horas y la misión imposible de explicar que el amor no siempre alcanza para detectar a tiempo. Que no es culpa de nadie… pero tampoco es magia.

Pantufla no murió porque “ayer estaba bien”. Murió porque llevaba tiempo enferma, pero su tutor pensó que era “normal” y su cuerpo hizo lo que pudo hasta que se rindió. Como hacen ellos. Siempre.

Pero el veterinario queda en el medio. Siempre.
Entre el ayer idealizado y el hoy irreversible.
Entre la culpa del tutor y la realidad clínica.
Entre querer decir la verdad y no romper a la persona que tienes enfrente.

Y aun así, seguimos.

Seguimos atendiendo.
Seguimos explicando con palabras suaves verdades durísimas.
Seguimos siendo psicólogos, traductores emocionales y médicos… todo al mismo tiempo y por el mismo sueldo.

Porque alguien tiene que estar cuando el ayer ya no sirve.

Y aunque nadie lo diga, aunque pocas veces lo agradezcan, hay algo profundamente digno en esta profesión. Algo que solo entiende quien estuvo ahí, sosteniendo el hoy cuando el ayer ya se terminó.

Ser veterinario es eso:
reírse un poco, dolerse bastante y volver mañana…
aunque sepamos que ayer siempre va a estar bien

 

Capítulo 2

El veterinario millonario (según Facebook)

Si uno se guiara por los comentarios en redes sociales, el veterinario promedio no debería estar leyendo este libro desde la clínica, sino desde un yate. Anclado en el Caribe.
Con un estetoscopio de oro y comiendo faisán con papas fritas.

Según Facebook, somos una mezcla exacta entre banqueros suizos y villanos de caricatura, cobramos mucho, sentimos poco y vivimos cómodamente gracias al sufrimiento ajeno. Todo eso mientras publicamos fotos de cachorros para disimular.

La realidad, como siempre, es menos cinematográfica.

La escena suele repetirse, consulta llena, sala de espera con olor a desinfectante barato mezclado con croquetas, equipo cansado, turno corrido y una vejiga que ya no responde a estímulos. Se explica el diagnóstico con palabras simples, se propone un plan, se respira hondo… y ahí aparece.

La pregunta.

—¿Y por qué tan caro, doctor?

No es curiosidad.
Es juicio.
Es sentencia.

La frase viene acompañada de esa mirada especial, la que mezcla decepción, sospecha y la certeza absoluta de que uno se va a comprar un auto nuevo apenas termine la consulta.

Nadie pregunta por qué es caro el equipo de ecografía.
Nadie pregunta cuánto cuesta el monitor, la anestesia, los reactivos que vencen aunque no se usen, la luz, el agua, el arriendo, los sueldos, los impuestos y la sonrisa obligatoria.

Nadie pregunta cuántas veces uno perdió plata intentando salvar a un paciente cuyo tutor dijo:
—Después vemos cómo arreglamos, le pagaré en cuotas pero hágame un buen descuento, que hay muchos veterinarios y si me cobras caro, no voy a volver.

Y después nunca llegó.

Recuerdo a un tutor que, tras una cirugía larga, compleja y honestamente agotadora, comentó en voz alta, delante de otros clientes:
—Claro… como ustedes ganan bien…

Yo pensé en la factura vencida del proveedor, en el crédito bancario, en el café recalentado de la madrugada anterior y en ese detalle menor: no había dormido.

Pero sonreí.
Porque el veterinario siempre sonríe.
Aunque por dentro esté haciendo cuentas mentales con números rojos, pero sonreímos por el simple hecho de saber que habíamos cumplido nuestra misión de vida, y aliviamos el dolor de nuestro paciente.

En redes sociales nadie ve al veterinario contando gasas, reutilizando guantes “solo para limpieza”, negociando con el proveedor como si fuera un tratado internacional o calculando si este mes se paga la luz o el laboratorio.

En Facebook no aparecen:

  • Las horas extras no pagadas
  • Las guardias eternas
  • Los descuentos “porque es rescatado”
  • Los casos que no se cobraron “porque daba pena”

Pero sí aparece el comentario:
—Solo les importa la plata.

Y uno se pregunta en qué momento cuidar, estudiar, formarse, invertir y sostener una clínica se transformó en un acto de codicia.

Este capítulo no es para convencer a nadie en redes.
No sirve.
Ellos ya decidieron que somos millonarios.

Este capítulo es para el veterinario que lee esto después de cerrar la clínica, para el estudiante que todavía cree que esto se hace solo por amor y para recordarnos una verdad incómoda pero necesaria:

 No cobramos caro. Cobramos lo justo para seguir existiendo.

Para seguir atendiendo.
Para seguir ayudando.
Para seguir estando ahí cuando nadie más está.

Y si eso, según Facebook, nos convierte en villanos…
entonces que alguien nos avise dónde está el yate, porque todavía estamos esperando.

 

Capítulo 3

“Es que es como mi hijo”… pero no tanto

Cuando un tutor dice “es como mi hijo”, el veterinario sonríe.
No por emoción.
Por supervivencia.

Porque esa frase puede significar dos cosas muy distintas:
compromiso absoluto…
o un discurso precioso que se evapora al primer presupuesto impreso.

—Doctor, es como mi hijo —dijo una vez una señora, abrazando a su perro como si fuera un recién nacido humano, recién salido de una cesárea.

El perro, mientras tanto, tenía diarrea explosiva, dolor abdominal y cara de “esto no es amor, es sufrimiento”.

Minutos después, cuando propusimos exámenes básicos —nada extravagante, nada de ciencia ficción— la respuesta fue otra:
—¿Y si no le hacemos todo eso? Capaz es solo una gastritis.

Claro.
Porque la gastritis es la explicación oficial para todo lo que no queremos investigar.

Este capítulo está lleno de esos amores intensos pero condicionados.
Amores de consulta.
Amores que lloran fuerte… pero pagan despacio.
Amores que dicen “haría lo que sea por él”, siempre y cuando “lo que sea”:

  • no implique tiempo,
  • no implique dinero,
  • no implique constancia,
  • y preferentemente no implique volver a la clínica.

Tutores que duermen con su mascota, pero no regresan para el control.
Que lloran desconsolados en la consulta, pero negocian la medicación como si estuvieran en un mercado persa.
Que piden “lo mejor”, pero “en versión económica”.

—Doctor, ¿no hay algo más natural?
—¿No puede ser solo estrés?
—¿Y si esperamos a ver si mejora solo?

La esperanza es maravillosa… pero no reemplaza al tratamiento.

Recuerdo un gato con insuficiencia renal crónica. Diagnóstico claro, plan claro, pronóstico explicado con palabras suaves y dibujos improvisados. El tutor juraba que el gato era su vida entera. Asintió a todo. Tomó nota. Hizo preguntas. Prometió volver.

No volvió nunca.

Meses después apareció, como si nada, preguntando si “todavía había algo que hacer”. El gato ya no estaba. Pero la culpa sí. Y esa culpa siempre encuentra un lugar donde sentarse: el veterinario.

Y ahí estamos otra vez.
Sosteniendo lo que otros no pudieron sostener.
Siendo los exagerados, los fríos, los interesados…
pero también los únicos constantes en historias llenas de promesas.

Porque en veterinaria aprendemos rápido que el amor no se mide por lo que se dice en la consulta.
Se mide por lo que se hace después.
Por el control al que se vuelve.
Por la medicación que se da completa.
Por la dieta que se respeta cuando nadie está mirando.

Y muchas veces, el que termina siendo verdaderamente responsable no es el tutor que dice “es como mi hijo”.
Es el veterinario que sigue intentando, explicando y cuidando… incluso cuando el amor ajeno tiene condiciones.

No somos padres.
No somos familia.
Pero somos los que no abandonamos cuando el entusiasmo baja.

Y eso, aunque no salga en redes, aunque no se aplauda en la consulta, es algo profundamente digno de esta profesión.

Porque al final del día, cuando el “como mi hijo” se diluye…
el que sigue ahí
es el veterinario

 

Cuadro de texto: “Es que es como mi hijo”… pero no tanto
Cuando un tutor dice “es como mi hijo”, el veterinario sonríe.
No por emoción.
Por supervivencia.
Porque esa frase puede significar dos cosas muy distintas:
compromiso absoluto…
o un discurso precioso que se evapora al primer presupuesto impreso.
—Doctor, es como mi hijo —dijo una vez una señora, abrazando a su perro como si fuera un recién nacido humano, recién salido de una cesárea emocional.
El perro, mientras tanto, tenía diarrea explosiva, dolor abdominal y cara de “esto no es amor, es sufrimiento”.
Minutos después, cuando propusimos exámenes básicos —nada extravagante, nada de ciencia ficción— la respuesta fue otra:
—¿Y si no le hacemos todo eso? Capaz es solo una gastritis.
Claro.
Porque la gastritis es la explicación oficial para todo lo que no queremos investigar.
Este capítulo está lleno de esos amores intensos pero condicionados.
Amores de consulta.
Amores que lloran fuerte… pero pagan despacio.
Amores que dicen “haría lo que sea por él”, siempre y cuando “lo que sea”:
•	no implique tiempo,
•	no implique dinero,
•	no implique constancia,
•	y preferentemente no implique volver a la clínica.
Tutores que duermen con su mascota, pero no regresan para el control.
Que lloran desconsolados en la consulta, pero negocian la medicación como si estuvieran en un mercado persa.
Que piden “lo mejor”, pero “en versión económica”.
—Doctor, ¿no hay algo más natural?
—¿No puede ser solo estrés?
—¿Y si esperamos a ver si mejora solo?
La esperanza es maravillosa… pero no reemplaza al tratamiento.
Recuerdo un gato con insuficiencia renal crónica. Diagnóstico claro, plan claro, pronóstico explicado con palabras suaves y dibujos improvisados. El tutor juraba que el gato era su vida entera. Asintió a todo. Tomó nota. Hizo preguntas. Prometió volver.
No volvió nunca.
Meses después apareció, como si nada, preguntando si “todavía había algo que hacer”. El gato ya no estaba. Pero la culpa sí. Y esa culpa siempre encuentra un lugar donde sentarse: el veterinario.
Y ahí estamos otra vez.
Sosteniendo lo que otros no pudieron sostener.
Siendo los exagerados, los fríos, los interesados…
pero también los únicos constantes en historias llenas de promesas.
Porque en veterinaria aprendemos rápido que el amor no se mide por lo que se dice en la consulta.
Se mide por lo que se hace después.
Por el control al que se vuelve.
Por la medicación que se da completa.
Por la dieta que se respeta cuando nadie está mirando.
Y muchas veces, el que termina siendo verdaderamente responsable no es el tutor que dice “es como mi hijo”.
Es el veterinario que sigue intentando, explicando y cuidando… incluso cuando el amor ajeno tiene condiciones.
No somos padres.
No somos familia.
Pero somos los que no abandonamos cuando el entusiasmo baja.
Y eso, aunque no salga en redes, aunque no se aplauda en la consulta, es algo profundamente digno de esta profesión.
Porque al final del día, cuando el “como mi hijo” se diluye…
el que sigue ahí
es el veterinario

Capítulo 4

 

Google, TikTok y la vecina que tuvo uno igualito

El tutor entra a la consulta con una seguridad admirable.
No por lo que observó a su mascota.
No por lo que aprendió cuidándola.

Sino por un video que vio en Tik tok.

El teléfono va en la mano, desbloqueado, con brillo alto y batería suficiente como para refutar 6 años de universidad , 2 años de especialidad y 2 de maestria y otros tantos de experiencia clínica. Está listo. Preparado. Armado.

—Doctor, estuve investigando.

Esa frase debería activar una alarma en la clínica.
O al menos bajar automáticamente la presión arterial del veterinario.

Google dice que puede ser cáncer.
TikTok asegura que con bicarbonato, un collar de limones, cúrcuma o agua tibia con fe se cura todo.
Y la vecina —esa figura mítica del conocimiento empírico— tuvo uno igualito y se le pasó solo, sin gastar un centavo ni ir al veterinario.

La vecina siempre tiene uno igualito.
Siempre se cura solo.
Siempre vive hasta los veinte años.

Uno escucha.
Respira.
Explica.
Dibuja.
Vuelve a explicar con palabras más simples.

Porque el veterinario, además de médico, es traductor profesional de ciencia a lenguaje humano… y ahora también a lenguaje algoritmo.

Recuerdo a un tutor que llegó convencido de que su perro tenía moquillo. No porque el animal tuviera signos compatibles, sino porque lo vio en un video de treinta segundos con música dramática y subtítulos en mayúsculas.

El perro tenía una alergia alimentaria evidente. Pero nada competía contra el algoritmo. El video tenía millones de vistas. Yo solo tenía un título universitario, experiencia clínica y un paciente enfrente.

—Pero en el video decía…

Y ahí no se rompe la paciencia.
La paciencia ya está entrenada.
Ahí se rompe algo más sutil, la sensación de autoridad profesional.

Porque de repente, el veterinario ya no es el que estudió, se equivocó, aprendió y asumió responsabilidades. Ahora es solo una opinión más en la misma bolsa que:

  • un blog sin autor,
  • un influencer con bata comprada en línea,
  • y la vecina que “siempre supo”.

Este capítulo no es contra la tecnología.
Google es útil.
TikTok entretiene.
La vecina acompaña.

Este capítulo es contra la idea peligrosa de que todo conocimiento vale lo mismo. De que deslizar el dedo por una pantalla equivale a estudiar, actualizarse, equivocarse y cargar con las consecuencias.

Porque cuando el tratamiento falla, el que da la cara es el veterinario.
No Google.
No TikTok.
No la vecina.

Y cuando el tratamiento funciona —porque funciona— nadie agradece al buscador. Nadie vuelve para decir:
—Doctor, Google estaba equivocado.

Agradecen al veterinario.
Pero antes… el camino siempre es cuesta arriba.

Cuesta arriba entre videos virales, consejos mágicos y soluciones instantáneas. Cuesta arriba explicando que la medicina no es un reel y que los cuerpos no siguen tendencias.

Y aun así, seguimos.

Seguimos escuchando.
Seguimos explicando.
Seguimos compitiendo contra el Wi-Fi… con un estetoscopio.

Porque alguien tiene que ser la voz calma cuando el ruido es demasiado.
Y aunque a veces parezca que luchamos contra el mundo entero y su conexión a internet, hay algo profundamente honorable en sostener la ciencia cuando todo empuja hacia lo fácil.

Ser veterinario hoy también es eso:
saber más que Google,
tener menos likes que TikTok,
y aun así…
hacer lo correcto

 

Capítulo 5

Guardias, café frío y lágrimas en silencio

Este capítulo no empieza con una risa.
Empieza con cansancio.

Empieza a las dos de la mañana, cuando el teléfono suena y el cuerpo todavía no terminó de entender que no existe el “modo avión” para los veterinarios. El sonido es corto, pero suficiente para activar todo, el corazón, la cabeza y ese pensamiento automático que nunca falla:

Esto no va a ser nada bueno.

Empieza con el cuerpo pesado, con el café recalentado por tercera vez —que ya no tiene cafeína, solo esperanza— y con esa sensación de estar siempre disponible, incluso cuando nadie lo nota, nadie lo agradece y nadie imagina lo que implica.

Las guardias veterinarias no son heroicas.
No tienen música épica.
No tienen aplausos.

Son silenciosas.

Nadie ve al veterinario sentado en una silla dura, mirando un monitor como si fuera un oráculo, esperando que no haga ese ruido. Nadie ve las manos temblar apenas antes de una decisión difícil. Nadie ve el cálculo mental entre lo que es posible, lo que es correcto y lo que es humano.

Recuerdo una madrugada en la que todo parecía estable.
Paciente crítico, sí.
Pero estable.

Me senté cinco minutos. Cinco. Cerré los ojos con la confianza ingenua de quien cree que el universo va a respetar ese descanso mínimo. Cuando los abrí, el mundo había cambiado. El monitor ya no decía nada bueno. El tiempo se había acabado sin avisar, como suele hacerlo.

Uno aprende a avisar malas noticias con voz firme y corazón roto. Aprende a elegir palabras que no duelan más de lo inevitable. Aprende a medir silencios. A sostener miradas que buscan culpables donde solo hay biología, azar y límites.

Y aprende algo más que no importa cuántas veces lo hagas, nunca es fácil.

El veterinario llora, sí.
Pero casi nunca delante de nadie.

Llora en el baño, con la puerta cerrada.
En el carro, antes de arrancar.
En la ducha, donde el agua ayuda a disimular todo.

Después se seca la cara, respira hondo y vuelve a ponerse la bata. Porque todavía hay pacientes esperando. Porque la guardia no termina cuando el corazón duele.

Entre paciente y paciente, el humor aparece bajito, casi tímido. Una broma con el equipo. Una risa cansada. Ese chiste interno que solo entiende quien también lleva horas sin dormir. No es falta de sensibilidad. Es supervivencia.

Este capítulo es para recordar que detrás del sarcasmo, de la ironía y de las anécdotas graciosas, hay personas que sienten. Personas que cargan con decisiones que nadie les enseñó a llevar. Personas que siguen ahí, incluso cuando están rotas un poquito por dentro.

Ser veterinario también es esto:
estar cuando duele,
seguir cuando cansa,
sostener cuando nadie ve.

Y aunque nadie aplauda a las tres de la mañana, aunque el café esté frío y las lágrimas se sequen en silencio…
hay algo profundamente honorable en quedarse.

Porque cuando todo se vuelve oscuro,
alguien tiene que encender la luz.

Y muchas veces,
ese alguien
es el veterinario.

 

 

Capítulo 6

 

Vuelvo en un ratito”

—Vuelvo en un ratito, doctor.

Esa frase, en veterinaria, tiene un eco raro.
No suena a promesa.
Suena a despedida.

El paciente queda hospitalizado. Se coloca una vía, se inicia el tratamiento, se escribe el nombre en la ficha con letra prolija, como si eso garantizara que alguien va a volver por él. El tutor firma sin leer del todo, mira el reloj, suspira como quien ya está tarde para otra cosa.

—Regreso más tarde.

No vuelve.

He visto ese patrón demasiadas veces como para creer que es casualidad. El teléfono que suena sin respuesta. El mensaje que queda en “enviado” para siempre. El segundo día de internación. El tercero. Y esa pregunta que alguien del equipo hace en voz baja, como si nombrarlo pudiera romper algo:

—¿Y el tutor de este paciente?

Silencio.

Recuerdo una gato politraumatizada. Llegó roto por fuera y por dentro, fracturas, dolor, miedo, esa mirada que mezcla alerta y resignación. Había que decidir rápido. El tutor dijo que necesitaba “pensarlo”. Que volvía enseguida. Que iba a dar una vuelta.

Nunca contestó.

El gato se quedó. Día tras día. Semana tras semana. Se curó. Comió. Aprendió que las manos no siempre hacen daño. Nadie vino por él. Pero fue un alma pura que nos acompañó por casi quince años en la clínica, su nombre fue Wacho y nos dio tantas lecciones de amor, empatía y lealtad que se convirtió en un símbolo de nuestra familia de la clínica.

En esos casos, el veterinario deja de ser solo médico.
Pasa a ser cuidador.
Administrador de recursos que no alcanzan.
Gestor de tiempos ajenos.
Juez improvisado de decisiones que no le corresponden, pero que igual tiene que tomar.

Porque alguien tiene que decidir si se sigue, si se espera, si se busca una salida que no estaba en el plan original. Y ese alguien casi nunca es el que dijo “vuelvo en un ratito”.

Este capítulo no habla del abandono evidente, del que todos condenan. Habla del abandono silencioso. Del que se disfraza de indecisión, de problema económico, de “no puedo ahora”.

De las mascotas que esperan a alguien que ya decidió no hacerse cargo.
Y del veterinario que, una vez más, se queda sosteniendo lo que otros soltaron.

Entre todo eso, aparece el humor. Suave. Cansado. Ese humor que dice:
—Bueno… parece que ahora es nuestro, y no solo pasó con Wacho, paso con Tito, Tita, Cleo, y un sinfín de hermosos personajes que han alegrado de la vida de la clínica y de mi familia.

Y sin firmar papeles, sin discursos, sin promesas grandilocuentes, el equipo hace lo que sabe hacer: cuidar.

No porque sea fácil.
No porque sobre.
Sino porque alguien tiene que quedarse.

Ser veterinario también es eso,
recibir despedidas que nadie admite,
hacerse cargo de historias incompletas,
y seguir adelante sin aplausos.

Porque aunque muchos digan “vuelvo en un ratito”…
hay alguien que nunca se va.

Y casi siempre,
ese alguien
es el veterinario.

 

 

Capítulo 7

 

Cuando el problema no es el paciente

Hay pacientes difíciles.
Agresivos.
Doloridos.
Asustados.

Pero casi siempre tienen una excusa válida: están enfermos.

Los tutores no.

Este capítulo no es sobre el perro que muerde, el gato que araña o el paciente que no colabora. Este capítulo es sobre los otros. Los que gritan. Los que amenazan. Los que reclaman lo imposible y culpan a cualquiera menos a sí mismos.

El tutor que llega tarde…
y culpa al veterinario.

El que no siguió ninguna indicación…
y acusa negligencia.

El que nunca volvió a control…
y aparece meses después exigiendo explicaciones.

El que no dijo toda la verdad…
y se indigna cuando el tratamiento no funciona.

Y, por supuesto, el que difama desde la comodidad de una pantalla, con Wi-Fi estable y memoria selectiva.

Recuerdo a uno que gritaba en la recepción mientras su mascota recibía atención crítica.

—¡Ustedes solo quieren plata!

Lo gritaba fuerte. Para que todos escucharan. Para que doliera.

Mientras tanto, detrás de la puerta, el equipo trabajaba en silencio. Concentrado. Profesional. Sin responder. Porque alguien tenía que estar pensando en el paciente, aunque el ruido viniera de afuera.

Ese día entendí algo importante:
no todos los conflictos se pueden resolver explicando.

En la facultad nos enseñan fisiología, patología, farmacología. Nadie nos enseña a manejar gritos. Nadie nos explica qué hacer cuando la lógica no alcanza, cuando la evidencia no importa y cuando la verdad no es lo que la otra persona quiere escuchar.

Porque aquí el veterinario aprende algo duro,
no todo el mundo quiere entender.
No todo el mundo quiere la verdad.

Algunos solo quieren un culpable.

Y el veterinario es cómodo. Está cerca. Da la cara. No se va. No se esconde. Es mucho más fácil culpar al que se quedó que hacerse cargo de las propias decisiones.

Con el tiempo, uno desarrolla reflejos nuevos:
respirar antes de responder,
hablar bajo cuando el otro grita,
seguir siendo profesional incluso cuando no hay respeto de vuelta.

No porque sea justo.
Sino porque el paciente sigue ahí.

Y eso también es parte del trabajo.
Sostener la calma cuando todo alrededor empuja al caos.
Ser el adulto en la sala.
Proteger al equipo.
Protegerse uno mismo.

Este capítulo no es para victimizar al veterinario. Es para reconocer una realidad que compartimos y casi nunca decimos en voz alta.

Ser veterinario no es solo curar animales.
Es trabajar con personas… incluso cuando las personas son el problema.

Y aun así, seguimos.

Seguimos atendiendo.
Seguimos explicando.
Seguimos dando lo mejor, incluso cuando recibimos lo peor.

Porque al final del día, cuando el ruido baja y la puerta se cierra, queda algo claro:

El paciente hizo lo que pudo.
El equipo hizo lo correcto.
Y el veterinario, una vez más, estuvo a la altura.

Aunque nadie lo aplauda.
Aunque nadie lo reconozca.

Y eso —aunque cueste—
es motivo de orgullo

 

Capítulo 8

Humor clínico: reír para no renunciar

El humor negro no nace de la crueldad.
Nace del cansancio.

Nace después de la décima guardia.
Del café que ya no estimula nada.
De explicar por quinta vez lo mismo con la misma sonrisa profesional.
De mirar al colega y saber, sin decir una palabra, que los dos están al límite… pero siguen.

Reímos de lo absurdo.
De lo repetido.
De lo imposible.

Reímos porque, si no lo hacemos, duele demasiado.

El humor veterinario no se aprende en la facultad. Aparece solo, como un mecanismo de defensa elegante. No es para cualquiera. No se explica bien afuera. Y cuando alguien ajeno lo escucha, suele decir:
—¿Cómo pueden bromear con eso?

No entienden que no nos reímos del paciente.
Nos reímos con la realidad.
Nos reímos para sobrevivirla.

Son chistes internos.
Miradas cómplices.
Frases que solo tienen sentido después de haber visto todo.

—Bueno… por lo menos come.
—Respira, así que vamos bien.
—Está vivo, lo demás lo vemos después.

Frases que no están en ningún libro, pero sostienen más vocaciones que cualquier discurso motivacional.

Hay risas que salen en medio del caos.
Una broma malísima a las tres de la mañana.
Un comentario absurdo justo cuando todo parece desmoronarse.
Y de repente, alguien se ríe. Y después otro. Y por unos segundos, el peso baja.

No porque la situación sea graciosa.
Sino porque estamos juntos.

El humor clínico es esa risa que aparece cuando alguien dice:
—Nunca mordió.
Y todos, absolutamente todos, miran el bozal.

Es reírse cuando el tutor dice:
—Lo vi en Google.
Y nadie pregunta dónde, porque ya saben.

Es el chiste que se repite tanto que ya no da risa… pero igual tranquiliza.
Es el meme compartido a las seis de la mañana.
Es el sticker enviado desde el baño después de llorar un poco.

Sí. Llorar y reír no son opuestos.
Son compañeros de turno.

Porque el veterinario llora.
Llora en silencio.
Llora cuando nadie ve.

Y después vuelve, se lava la cara…
y hace un chiste.

No por falta de sensibilidad.
Por exceso de ella.

El humor es la forma más amable que encontramos de decir:
esto pesa, pero no me rindo.

Reírse entre colegas es decir:
te veo, te entiendo, no estás solo.

Es la carcajada que sale cuando el paciente mejora contra todo pronóstico.
Y también la risa nerviosa cuando no mejora, pero igual lo intentamos todo.

Es la risa que no se publica.
La que no se explica.
La que solo entiende quien estuvo ahí.

Este capítulo no es una broma.
Es un abrazo.

Es un recordatorio de que el humor no nos hace menos profesionales.
Nos hace humanos.
Nos mantiene de pie.

Porque si seguimos acá —a pesar del cansancio, del dolor, de la injusticia, del café frío— no es solo por amor a los animales. Es también por esa risa compartida que aparece en el momento justo y dice, sin palabras:

mañana volvemos.

Y volvemos.
Con ojeras.
Con sarcasmo.
Con humor negro cuidadosamente calibrado.

Pero volvemos.

Porque reír, en esta profesión,
no es frivolidad.
Es resistencia.

Y mientras podamos reír juntos…
todavía no renunciamos

 

Capítulo 9

 

Las frases que solo un veterinario entiende

Este capítulo no se lee.
Se escucha.

Se escucha en la consulta, en la guardia, en la recepción.
Se escucha con eco.
Se escucha tanto que, con el tiempo, deja de sorprender.

Son frases reales.
Dichas con total convicción.
Frases que ningún guionista podría inventar sin parecer exagerado.

—¿No hay una pastilla que lo cure todo?

La pregunta no busca ciencia.
Busca magia.

Busca ese comprimido mítico que cure infecciones, tumores, traumas, edad avanzada y malas decisiones al mismo tiempo. Preferentemente barato. Preferentemente sin efectos secundarios. Preferentemente para ayer.

—Pero si siempre ha comido eso…

Y siempre estuvo bien.
Hasta que no.

Esa frase viene acompañada de una bolsa de alimento vencida, mal cerrada y guardada al lado del detergente. Pero el problema, claramente, no puede ser eso.

—Yo le di algo antes de traerlo.

Algo es una categoría farmacológica propia.
Puede ser desde una hierba ancestral recomendada por la tía, hasta un medicamento humano “que sobró”.
Nunca se sabe qué fue.
Nunca se recuerda la dosis.
Pero seguro “no le podía hacer mal”.

—Nunca mordió.

Dicho mientras el animal muestra todos los dientes, sin metáforas.

—Come cuando quiere.

Y uno piensa:
yo también, si pudiera.

—Es solo un vómito.

Dicho en plural.
Dicho después de tres días.
Dicho mientras el paciente parece cuestionarse sus decisiones de vida.

—Lo vi en Google.

No hace falta aclarar más.
Todos sabemos lo que viene.

—Pero en el video decía…

El video dura treinta segundos.
Tiene música dramática.
Y contradice años de estudio.
Pero tiene más vistas.

—¿No se puede esperar un poco?

Sí.
Siempre se puede.
La pregunta es si el paciente también puede.

—Es como mi hijo.

Hasta que hay que volver a control.

—Vuelvo en un ratito.

Y el ratito se vuelve eterno.

—¿Y si no le hacemos todo eso?

Porque todo eso incluye diagnóstico.

Este capítulo es un museo oral del consultorio veterinario. Una colección viva, rotativa, interminable. Cada frase expuesta con cariño, sarcasmo y resignación profesional.

Y mientras el tutor habla, el veterinario piensa:
esto ya lo escuché.

Pero igual explica.
Igual respira.
Igual sonríe.

Porque detrás de cada frase hay miedo, culpa, desconocimiento. Y alguien tiene que traducir eso en decisiones reales.

Este capítulo no se burla.
Se reconoce.

Porque si sos veterinario, estas frases no te resultan graciosas por nuevas. Te hacen reír porque son tuyas. Porque las escuchaste ayer. Hoy. Y seguramente mañana.

Y aun así, seguimos.

Seguimos escuchando.
Seguimos explicando.
Seguimos intentando que, algún día, haya menos frases y más comprensión.

Pero mientras tanto, reímos.
Reímos entre colegas.
Reímos porque compartir esto nos alivia.

Porque si algo nos une como profesión, más allá del cansancio, del dolor y de las guardias infinitas, es este idioma secreto que solo nosotros entendemos.

Y cuando alguien lee esto y sonríe con lágrimas en los ojos, no es porque sea gracioso.

Es porque estuvo ahí.

Y sigue estando

 

Capítulo 10

 

A pesar de todo, lo volveríamos a elegir

Después de todo lo dicho, de todo lo vivido, de todas las guardias, los cafés fríos y las frases imposibles… hay una pregunta que aparece, tarde o temprano:

—¿Y si pudieras volver atrás, lo elegirías de nuevo?

La respuesta no es inmediata.
Porque primero pasan las imágenes.

Pasan los pacientes que no se salvaron.
Los reclamos injustos.
Las noches sin dormir.
Las decisiones que todavía pesan.

Pasa el cansancio.
Pasa el dolor.

Y después, casi sin avisar, pasa otra cosa.

Aparecen los que sí se salvaron.
Los que entraron mal y se fueron moviendo la cola.
Los que volvieron solo para saludar.
Los que todavía mandan fotos años después.

Aparecen las miradas que agradecen sin palabras.
Ese gesto mínimo que dice valió la pena.
Ese silencio cómodo cuando no hay nada más que explicar.

Aparecen las familias que confían.
Que escuchan.
Que acompañan.
Que entienden que no siempre se puede, pero igual agradecen que se haya intentado.

Y aparece eso que no figura en ningún recibo.

No es dinero.
No es reconocimiento.
No es aplauso.

Es vocación.

Esa cosa rara que hace que, incluso después de un día horrible, uno vuelva. Que se ponga la bata otra vez. Que abra la puerta y diga “buen día” como si el cuerpo no estuviera agotado.

Es la vocación la que nos hace reír de lo absurdo.
La que nos hace llorar en silencio y seguir.
La que nos mantiene ahí cuando sería más fácil no estar.

Porque ser veterinario no es solo lo que hacemos.
Es lo que somos cuando nadie mira.

Es elegir quedarse.
Elegir cuidar.
Elegir intentar, incluso sabiendo que no siempre habrá final feliz.

Y aun así, con todo lo que duele, con todo lo que cansa, con todo lo que pesa…

Lo volveríamos a elegir.

No porque sea fácil.
No porque sea justo.

Sino porque hay momentos —pequeños, breves, silenciosos— en los que todo encaja. En los que un animal mejora. En los que una familia respira. En los que uno siente, aunque sea por un segundo, que está exactamente donde tiene que estar.

Y ese segundo alcanza.

Alcanza para volver mañana.
Alcanza para reírse otra vez.
Alcanza para seguir.

Porque a pesar de todo…
somos veterinarios.

Y eso, incluso en los días más difíciles,
sigue siendo un orgullo.

 

Epílogo

Para quienes se quedaron

Este libro no termina.
Solo baja la voz.

Porque cuando alguien llega hasta acá, ya no está leyendo historias ajenas. Está recordando las propias. Está viendo caras, pacientes, noches, decisiones. Está pensando en ese caso que todavía vuelve cuando apaga la luz.

Este epílogo es para quienes se quedaron.

Para quienes alguna vez pensaron en renunciar…
pero volvieron al día siguiente.

Para quienes se rieron en medio del caos, no porque fuera gracioso, sino porque era la única forma de seguir respirando.

Para quienes cargaron pacientes, culpas que no eran propias, decisiones imposibles y silencios largos.

Para quienes explicaron lo mismo cien veces.
Para quienes cobraron con culpa.
Para quienes regalaron más de lo que podían.

Para quienes lloraron en el baño, en el auto, en la ducha.
Y después se secaron la cara, se acomodaron la bata…
y siguieron.

Este libro no intenta romantizar la profesión.
La muestra como es: hermosa y dura, gratificante y agotadora, profundamente humana.

Ser veterinario no te hace héroe.
Te hace responsable.

Responsable de una vida que no habla.
Responsable de explicar lo complejo con palabras simples.
Responsable de sostener cuando otros no pueden, no saben o no quieren.

Y aun así, a pesar de todo eso, seguimos eligiendo estar.

No porque siempre salga bien.
No porque siempre agradezcan.

Sino porque hay algo en este oficio que se mete hondo. Algo que no se enseña, no se explica y no se va.

Está en la primera vez que un paciente mejora.
En la confianza que alguien deposita sin conocerte.
En la certeza íntima de haber hecho lo correcto, incluso cuando dolió.

Este epílogo no es un cierre.
Es un reconocimiento.

Si llegaste hasta acá, no estás solo.
Nunca lo estuviste.

Somos muchos. En distintos países, con distintos acentos, pero con las mismas ojeras, las mismas frases escuchadas mil veces, el mismo humor raro y el mismo cansancio noble.

Y aunque el mundo no siempre lo vea, aunque a veces parezca que nadie entiende lo que hacemos…

Importa.

Importa cada guardia.
Cada explicación.
Cada intento.

Importa quedarse.

Así que si hoy estás cansado, frustrado o dudando…
respirá.

Mañana volvemos.
Con humor.
Con vocación.
Con todo lo que somos.

Porque ser veterinario no es solo una profesión.
Es una forma de estar en el mundo.

Y a pesar de todo…
todavía vale la pena.


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