A PESAR DE TODO LO VOLVERIAMOS A ELEGIR
LO QUE
CALLAMOS LOS VETERINARIOS
Crónicas
no autorizadas de un veterinario que sobrevivió a los tutores
Autor: Carlos A. Bastidas C.
Dedicatoria
Para quienes alguna vez pensaron en
renunciar
y aun así volvieron al día siguiente.
Para quienes rieron para no quebrarse
y se quedaron cuando hubiera sido más fácil irse.
Este libro es para ustedes
A mi esposa y a mis hijos motor de mi vida, para Joe,
Jonathan, Kimy, Vivi,Ali,Matheo Paula, Jose y a todos mis amigos y colegas.
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Prólogo
Antes de que suene el teléfono
Antes de que empiece
todo, hagamos una pausa.
Antes de la primera
guardia.
Antes del primer “doctor, pero ayer estaba bien”.
Antes del café frío, del sarcasmo aprendido y de las risas que salvan.
Este libro no es para
cualquiera.
Es para quienes alguna vez llegaron a casa con olor a clínica en la ropa y
cansancio en el alma.
Para quienes entendieron, demasiado pronto, que amar esta profesión no la
vuelve fácil.
Si eres veterinario,
este libro no te va a contar nada nuevo.
Te va a recordar.
Te va a recordar la
primera vez que alguien confió en ti.
La primera vida que salvaste.
La primera que no pudiste salvar.
La primera vez que dudaste… y aun así seguiste.
Si eres estudiante,
este libro no intenta asustarte.
Intenta ser honesto.
Porque nadie nos dijo todo esto al principio.
Y aun así, acá estamos.
Estas páginas hablan
de pacientes, sí.
Pero sobre todo hablan de personas.
De nosotros.
Hablan del humor que
aparece cuando el cansancio aprieta.
De la ironía como mecanismo de defensa.
De las lágrimas que no siempre se ven.
De las decisiones que pesan más de lo que deberían.
Hablan de lo que no
figura en el plan de estudios.
De lo que no se muestra en redes.
De lo que solo se entiende después de vivirlo.
Este no es un libro
para glorificar la profesión ni para quejarse de ella.
Es un libro para mirarla de frente.
Con todo lo que duele.
Con todo lo que vale.
Acá vas a encontrar
historias que te van a hacer reír en voz alta…
y otras que te van a hacer cerrar el libro un segundo para respirar.
Vas a reconocer
frases.
Situaciones.
Personas.
Vas a pensar:
esto me pasó a mí.
Y eso está bien.
Porque este libro no
busca respuestas.
Busca compañía.
Antes de empezar, solo
una cosa más:
si en algún momento sentís que estas páginas te reflejan demasiado, no es
casualidad.
Es porque este libro
fue escrito para quienes, a pesar de todo, siguen eligiendo quedarse.
Para quienes saben que
el teléfono puede sonar en cualquier momento.
Y aun así… no lo apagan.
Bienvenido.
Estás entre colegas.
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Capítulo 1
“Doctor, pero ayer estaba bien”
“Ayer” es una unidad
de tiempo que no figura en ningún libro de fisiología, pero debería.
No tiene horas, no tiene minutos y jamás coincide con el reloj de la clínica.
“Ayer” es el comodín emocional del tutor. La carta trampa. El comodín del
drama.
En veterinaria, ayer
puede ser esta mañana, hace una semana o ese momento mítico en el que la
mascota todavía era inmortal.
Pantufla llegó
cargada. Nunca llegan cargados los que están bien. Llegó envuelta en una
mantita que alguna vez fue blanca y ahora tenía el color exacto del “no sé qué
le pasó”. No caminaba, no reaccionaba, no respiraba como debería respirar
ningún ser vivo con aspiraciones de seguir existiendo.
Pantufla estaba mal.
Muy mal.
El tutor, no.
—Doctor… pero ayer
estaba bien.
Claro que sí.
Ayer comía… poquito.
Ayer caminaba… lento.
Ayer no vomitaba… solo arcadas.
Ayer respiraba… raro, pero respiraba.
Ayer estaba bien.
Hoy se está muriendo.
Y en ese agujero negro temporal, el veterinario se transforma mágicamente en el
responsable de que el cuerpo no haya respetado el guion emocional del tutor.
Pantufla tenía unos
nueve años —según el tutor— aunque su organismo claramente había cumplido
varias temporadas más. Estaba caquéctica, deshidratada y con una masa abdominal
tan evidente que prácticamente pedía turno sola.
—Eso salió de la noche
a la mañana, doctor.
La ecografía negó con
la cabeza.
El abdomen negó con la cabeza.
La biología, directamente, se rió.
Porque nada en
medicina aparece “de la noche a la mañana”… salvo los problemas cuando ya no se
pueden ignorar.
Ahí entiendes que la
medicina veterinaria no lucha contra enfermedades. Lucha contra el ayer.
Y el ayer es invencible. El ayer no siente culpa. El ayer no toma decisiones
difíciles. El ayer no escucha diagnósticos.
El ayer solo dice:
—Antes estaba bien.
Mientras ponés una vía
con la precisión de alguien que ya hizo esto mil veces, el tutor entra en modo
interrogatorio existencial:
—¿Pero no puede ser algo pasajero?
—¿Pero usted cree que fue tan rápido?
—¿Pero no estaba bien ayer?
No.
No estaba bien.
Estaba compensando.
Estaba aguantando.
Estaba siendo animal.
Porque ellos hacen
eso. No se quejan. No avisan. No dramatizan. Siguen hasta que no pueden más. Y
cuando no pueden más, llegan a la clínica envueltos en una manta que ya vio
demasiadas cosas.
Y ahí estás tú. Con tu
bata blanca manchada, el café frío de hace tres horas y la misión imposible de
explicar que el amor no siempre alcanza para detectar a tiempo. Que no es culpa
de nadie… pero tampoco es magia.
Pantufla no murió
porque “ayer estaba bien”. Murió porque llevaba tiempo enferma, pero su tutor
pensó que era “normal” y su cuerpo hizo lo que pudo hasta que se rindió. Como
hacen ellos. Siempre.
Pero el veterinario
queda en el medio. Siempre.
Entre el ayer idealizado y el hoy irreversible.
Entre la culpa del tutor y la realidad clínica.
Entre querer decir la verdad y no romper a la persona que tienes enfrente.
Y aun así, seguimos.
Seguimos atendiendo.
Seguimos explicando con palabras suaves verdades durísimas.
Seguimos siendo psicólogos, traductores emocionales y médicos… todo al mismo
tiempo y por el mismo sueldo.
Porque alguien tiene
que estar cuando el ayer ya no sirve.
Y aunque nadie lo
diga, aunque pocas veces lo agradezcan, hay algo profundamente digno en esta
profesión. Algo que solo entiende quien estuvo ahí, sosteniendo el hoy cuando
el ayer ya se terminó.
Ser veterinario es
eso:
reírse un poco, dolerse bastante y volver mañana…
aunque sepamos que ayer siempre va a estar bien
Capítulo
2
El veterinario millonario (según Facebook)
Si uno se guiara por
los comentarios en redes sociales, el veterinario promedio no debería estar
leyendo este libro desde la clínica, sino desde un yate. Anclado en el Caribe.
Con un estetoscopio de oro y comiendo faisán con papas fritas.
Según Facebook, somos
una mezcla exacta entre banqueros suizos y villanos de caricatura, cobramos
mucho, sentimos poco y vivimos cómodamente gracias al sufrimiento ajeno. Todo
eso mientras publicamos fotos de cachorros para disimular.
La realidad, como
siempre, es menos cinematográfica.
La escena suele
repetirse, consulta llena, sala de espera con olor a desinfectante barato
mezclado con croquetas, equipo cansado, turno corrido y una vejiga que ya no
responde a estímulos. Se explica el diagnóstico con palabras simples, se
propone un plan, se respira hondo… y ahí aparece.
La pregunta.
—¿Y por qué tan caro,
doctor?
No es curiosidad.
Es juicio.
Es sentencia.
La frase viene
acompañada de esa mirada especial, la que mezcla decepción, sospecha y la
certeza absoluta de que uno se va a comprar un auto nuevo apenas termine la
consulta.
Nadie pregunta por qué
es caro el equipo de ecografía.
Nadie pregunta cuánto cuesta el monitor, la anestesia, los reactivos que vencen
aunque no se usen, la luz, el agua, el arriendo, los sueldos, los impuestos y
la sonrisa obligatoria.
Nadie pregunta cuántas
veces uno perdió plata intentando salvar a un paciente cuyo tutor dijo:
—Después vemos cómo arreglamos, le pagaré en cuotas pero hágame un buen
descuento, que hay muchos veterinarios y si me cobras caro, no voy a volver.
Y después nunca
llegó.
Recuerdo a un tutor
que, tras una cirugía larga, compleja y honestamente agotadora, comentó en voz
alta, delante de otros clientes:
—Claro… como ustedes ganan bien…
Yo pensé en la factura
vencida del proveedor, en el crédito bancario, en el café recalentado de la
madrugada anterior y en ese detalle menor: no había dormido.
Pero sonreí.
Porque el veterinario siempre sonríe.
Aunque por dentro esté haciendo cuentas mentales con números rojos, pero
sonreímos por el simple hecho de saber que habíamos cumplido nuestra misión de
vida, y aliviamos el dolor de nuestro paciente.
En redes sociales
nadie ve al veterinario contando gasas, reutilizando guantes “solo para
limpieza”, negociando con el proveedor como si fuera un tratado internacional o
calculando si este mes se paga la luz o el laboratorio.
En Facebook no
aparecen:
- Las horas extras no pagadas
- Las guardias eternas
- Los descuentos “porque es rescatado”
- Los casos que no se cobraron “porque daba
pena”
Pero sí aparece el
comentario:
—Solo les importa la plata.
Y uno se pregunta en
qué momento cuidar, estudiar, formarse, invertir y sostener una clínica se
transformó en un acto de codicia.
Este capítulo no es
para convencer a nadie en redes.
No sirve.
Ellos ya decidieron que somos millonarios.
Este capítulo es para
el veterinario que lee esto después de cerrar la clínica, para el estudiante
que todavía cree que esto se hace solo por amor y para recordarnos una verdad
incómoda pero necesaria:
No cobramos caro. Cobramos lo justo para
seguir existiendo.
Para seguir
atendiendo.
Para seguir ayudando.
Para seguir estando ahí cuando nadie más está.
Y si eso, según
Facebook, nos convierte en villanos…
entonces que alguien nos avise dónde está el yate, porque todavía estamos
esperando.
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Capítulo
3
“Es que es como mi hijo”… pero no tanto
Cuando un tutor dice “es
como mi hijo”, el veterinario sonríe.
No por emoción.
Por supervivencia.
Porque esa frase puede
significar dos cosas muy distintas:
compromiso absoluto…
o un discurso precioso que se evapora al primer presupuesto impreso.
—Doctor, es como mi
hijo —dijo una vez una señora, abrazando a su perro como si fuera un recién
nacido humano, recién salido de una cesárea.
El perro, mientras
tanto, tenía diarrea explosiva, dolor abdominal y cara de “esto no es amor, es
sufrimiento”.
Minutos después,
cuando propusimos exámenes básicos —nada extravagante, nada de ciencia ficción—
la respuesta fue otra:
—¿Y si no le hacemos todo eso? Capaz es solo una gastritis.
Claro.
Porque la gastritis es la explicación oficial para todo lo que no queremos
investigar.
Este capítulo está
lleno de esos amores intensos pero condicionados.
Amores de consulta.
Amores que lloran fuerte… pero pagan despacio.
Amores que dicen “haría lo que sea por él”, siempre y cuando “lo que
sea”:
- no implique tiempo,
- no implique dinero,
- no implique constancia,
- y preferentemente no implique volver a la
clínica.
Tutores que duermen
con su mascota, pero no regresan para el control.
Que lloran desconsolados en la consulta, pero negocian la medicación como si
estuvieran en un mercado persa.
Que piden “lo mejor”, pero “en versión económica”.
—Doctor, ¿no hay algo
más natural?
—¿No puede ser solo estrés?
—¿Y si esperamos a ver si mejora solo?
La esperanza es
maravillosa… pero no reemplaza al tratamiento.
Recuerdo un gato con
insuficiencia renal crónica. Diagnóstico claro, plan claro, pronóstico
explicado con palabras suaves y dibujos improvisados. El tutor juraba que el
gato era su vida entera. Asintió a todo. Tomó nota. Hizo preguntas. Prometió
volver.
No volvió nunca.
Meses después
apareció, como si nada, preguntando si “todavía había algo que hacer”. El gato
ya no estaba. Pero la culpa sí. Y esa culpa siempre encuentra un lugar donde
sentarse: el veterinario.
Y ahí estamos otra
vez.
Sosteniendo lo que otros no pudieron sostener.
Siendo los exagerados, los fríos, los interesados…
pero también los únicos constantes en historias llenas de promesas.
Porque en veterinaria
aprendemos rápido que el amor no se mide por lo que se dice en la consulta.
Se mide por lo que se hace después.
Por el control al que se vuelve.
Por la medicación que se da completa.
Por la dieta que se respeta cuando nadie está mirando.
Y muchas veces, el que
termina siendo verdaderamente responsable no es el tutor que dice “es como
mi hijo”.
Es el veterinario que sigue intentando, explicando y cuidando… incluso cuando
el amor ajeno tiene condiciones.
No somos padres.
No somos familia.
Pero somos los que no abandonamos cuando el entusiasmo baja.
Y eso, aunque no salga
en redes, aunque no se aplauda en la consulta, es algo profundamente digno de
esta profesión.
Porque al final del
día, cuando el “como mi hijo” se diluye…
el que sigue ahí
es el veterinario
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Capítulo
4
Google, TikTok y la vecina que tuvo uno igualito
El tutor entra a la
consulta con una seguridad admirable.
No por lo que observó a su mascota.
No por lo que aprendió cuidándola.
Sino por un video que
vio en Tik tok.
El teléfono va en la
mano, desbloqueado, con brillo alto y batería suficiente como para refutar 6
años de universidad , 2 años de especialidad y 2 de maestria y otros tantos de
experiencia clínica. Está listo. Preparado. Armado.
—Doctor, estuve
investigando.
Esa frase debería
activar una alarma en la clínica.
O al menos bajar automáticamente la presión arterial del veterinario.
Google dice que puede
ser cáncer.
TikTok asegura que con bicarbonato, un collar de limones, cúrcuma o agua tibia
con fe se cura todo.
Y la vecina —esa figura mítica del conocimiento empírico— tuvo uno igualito
y se le pasó solo, sin gastar un centavo ni ir al veterinario.
La vecina siempre tiene
uno igualito.
Siempre se cura solo.
Siempre vive hasta los veinte años.
Uno escucha.
Respira.
Explica.
Dibuja.
Vuelve a explicar con palabras más simples.
Porque el veterinario,
además de médico, es traductor profesional de ciencia a lenguaje humano… y
ahora también a lenguaje algoritmo.
Recuerdo a un tutor
que llegó convencido de que su perro tenía moquillo. No porque el animal
tuviera signos compatibles, sino porque lo vio en un video de treinta segundos
con música dramática y subtítulos en mayúsculas.
El perro tenía una
alergia alimentaria evidente. Pero nada competía contra el algoritmo. El video
tenía millones de vistas. Yo solo tenía un título universitario, experiencia
clínica y un paciente enfrente.
—Pero en el video
decía…
Y ahí no se rompe la
paciencia.
La paciencia ya está entrenada.
Ahí se rompe algo más sutil, la sensación de autoridad profesional.
Porque de repente, el
veterinario ya no es el que estudió, se equivocó, aprendió y asumió
responsabilidades. Ahora es solo una opinión más en la misma bolsa que:
- un blog sin autor,
- un influencer con bata comprada en línea,
- y la vecina que “siempre supo”.
Este capítulo no es
contra la tecnología.
Google es útil.
TikTok entretiene.
La vecina acompaña.
Este capítulo es
contra la idea peligrosa de que todo conocimiento vale lo mismo. De que
deslizar el dedo por una pantalla equivale a estudiar, actualizarse,
equivocarse y cargar con las consecuencias.
Porque cuando el
tratamiento falla, el que da la cara es el veterinario.
No Google.
No TikTok.
No la vecina.
Y cuando el
tratamiento funciona —porque funciona— nadie agradece al buscador. Nadie vuelve
para decir:
—Doctor, Google estaba equivocado.
Agradecen al
veterinario.
Pero antes… el camino siempre es cuesta arriba.
Cuesta arriba entre
videos virales, consejos mágicos y soluciones instantáneas. Cuesta arriba
explicando que la medicina no es un reel y que los cuerpos no siguen
tendencias.
Y aun así, seguimos.
Seguimos escuchando.
Seguimos explicando.
Seguimos compitiendo contra el Wi-Fi… con un estetoscopio.
Porque alguien tiene
que ser la voz calma cuando el ruido es demasiado.
Y aunque a veces parezca que luchamos contra el mundo entero y su conexión a
internet, hay algo profundamente honorable en sostener la ciencia cuando todo
empuja hacia lo fácil.
Ser veterinario hoy
también es eso:
saber más que Google,
tener menos likes que TikTok,
y aun así…
hacer lo correcto
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Capítulo
5
Guardias, café frío y lágrimas en silencio
Este capítulo no
empieza con una risa.
Empieza con cansancio.
Empieza a las dos de la
mañana, cuando el teléfono suena y el cuerpo todavía no terminó de entender que
no existe el “modo avión” para los veterinarios. El sonido es corto, pero
suficiente para activar todo, el corazón, la cabeza y ese pensamiento
automático que nunca falla:
Esto no va a ser nada
bueno.
Empieza con el cuerpo
pesado, con el café recalentado por tercera vez —que ya no tiene cafeína, solo
esperanza— y con esa sensación de estar siempre disponible, incluso cuando
nadie lo nota, nadie lo agradece y nadie imagina lo que implica.
Las guardias
veterinarias no son heroicas.
No tienen música épica.
No tienen aplausos.
Son silenciosas.
Nadie ve al
veterinario sentado en una silla dura, mirando un monitor como si fuera un
oráculo, esperando que no haga ese ruido. Nadie ve las manos temblar
apenas antes de una decisión difícil. Nadie ve el cálculo mental entre lo que
es posible, lo que es correcto y lo que es humano.
Recuerdo una madrugada
en la que todo parecía estable.
Paciente crítico, sí.
Pero estable.
Me senté cinco minutos.
Cinco. Cerré los ojos con la confianza ingenua de quien cree que el universo va
a respetar ese descanso mínimo. Cuando los abrí, el mundo había cambiado. El
monitor ya no decía nada bueno. El tiempo se había acabado sin avisar, como
suele hacerlo.
Uno aprende a avisar
malas noticias con voz firme y corazón roto. Aprende a elegir palabras que no
duelan más de lo inevitable. Aprende a medir silencios. A sostener miradas que
buscan culpables donde solo hay biología, azar y límites.
Y aprende algo más que
no importa cuántas veces lo hagas, nunca es fácil.
El veterinario llora,
sí.
Pero casi nunca delante de nadie.
Llora en el baño, con
la puerta cerrada.
En el carro, antes de arrancar.
En la ducha, donde el agua ayuda a disimular todo.
Después se seca la cara,
respira hondo y vuelve a ponerse la bata. Porque todavía hay pacientes
esperando. Porque la guardia no termina cuando el corazón duele.
Entre paciente y
paciente, el humor aparece bajito, casi tímido. Una broma con el equipo. Una
risa cansada. Ese chiste interno que solo entiende quien también lleva horas
sin dormir. No es falta de sensibilidad. Es supervivencia.
Este capítulo es para
recordar que detrás del sarcasmo, de la ironía y de las anécdotas graciosas,
hay personas que sienten. Personas que cargan con decisiones que nadie les
enseñó a llevar. Personas que siguen ahí, incluso cuando están rotas un poquito
por dentro.
Ser veterinario
también es esto:
estar cuando duele,
seguir cuando cansa,
sostener cuando nadie ve.
Y aunque nadie aplauda
a las tres de la mañana, aunque el café esté frío y las lágrimas se sequen en
silencio…
hay algo profundamente honorable en quedarse.
Porque cuando todo se
vuelve oscuro,
alguien tiene que encender la luz.
Y muchas veces,
ese alguien
es el veterinario.
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Capítulo
6
Vuelvo en un ratito”
—Vuelvo en un ratito,
doctor.
Esa frase, en
veterinaria, tiene un eco raro.
No suena a promesa.
Suena a despedida.
El paciente queda
hospitalizado. Se coloca una vía, se inicia el tratamiento, se escribe el
nombre en la ficha con letra prolija, como si eso garantizara que alguien va a
volver por él. El tutor firma sin leer del todo, mira el reloj, suspira como
quien ya está tarde para otra cosa.
—Regreso más tarde.
No vuelve.
He visto ese patrón
demasiadas veces como para creer que es casualidad. El teléfono que suena sin
respuesta. El mensaje que queda en “enviado” para siempre. El segundo día de
internación. El tercero. Y esa pregunta que alguien del equipo hace en voz
baja, como si nombrarlo pudiera romper algo:
—¿Y el tutor de este
paciente?
Silencio.
Recuerdo una gato
politraumatizada. Llegó roto por fuera y por dentro, fracturas, dolor, miedo,
esa mirada que mezcla alerta y resignación. Había que decidir rápido. El tutor
dijo que necesitaba “pensarlo”. Que volvía enseguida. Que iba a dar una vuelta.
Nunca contestó.
El gato se quedó. Día
tras día. Semana tras semana. Se curó. Comió. Aprendió que las manos no siempre
hacen daño. Nadie vino por él. Pero fue un alma pura que nos acompañó por casi
quince años en la clínica, su nombre fue Wacho y nos dio tantas lecciones de
amor, empatía y lealtad que se convirtió en un símbolo de nuestra familia de la
clínica.
En esos casos, el
veterinario deja de ser solo médico.
Pasa a ser cuidador.
Administrador de recursos que no alcanzan.
Gestor de tiempos ajenos.
Juez improvisado de decisiones que no le corresponden, pero que igual tiene que
tomar.
Porque alguien tiene
que decidir si se sigue, si se espera, si se busca una salida que no estaba en
el plan original. Y ese alguien casi nunca es el que dijo “vuelvo en un
ratito”.
Este capítulo no habla
del abandono evidente, del que todos condenan. Habla del abandono silencioso.
Del que se disfraza de indecisión, de problema económico, de “no puedo ahora”.
De las mascotas que
esperan a alguien que ya decidió no hacerse cargo.
Y del veterinario que, una vez más, se queda sosteniendo lo que otros soltaron.
Entre todo eso,
aparece el humor. Suave. Cansado. Ese humor que dice:
—Bueno… parece que ahora es nuestro, y no solo pasó con Wacho, paso con Tito,
Tita, Cleo, y un sinfín de hermosos personajes que han alegrado de la vida de
la clínica y de mi familia.
Y sin firmar papeles,
sin discursos, sin promesas grandilocuentes, el equipo hace lo que sabe hacer:
cuidar.
No porque sea fácil.
No porque sobre.
Sino porque alguien tiene que quedarse.
Ser veterinario
también es eso,
recibir despedidas que nadie admite,
hacerse cargo de historias incompletas,
y seguir adelante sin aplausos.
Porque aunque muchos
digan “vuelvo en un ratito”…
hay alguien que nunca se va.
Y casi siempre,
ese alguien
es el veterinario.
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Capítulo
7
Cuando el problema no es el paciente
Hay pacientes
difíciles.
Agresivos.
Doloridos.
Asustados.
Pero casi siempre
tienen una excusa válida: están enfermos.
Los tutores no.
Este capítulo no es
sobre el perro que muerde, el gato que araña o el paciente que no colabora.
Este capítulo es sobre los otros. Los que gritan. Los que amenazan. Los que
reclaman lo imposible y culpan a cualquiera menos a sí mismos.
El tutor que llega
tarde…
y culpa al veterinario.
El que no siguió
ninguna indicación…
y acusa negligencia.
El que nunca volvió a
control…
y aparece meses después exigiendo explicaciones.
El que no dijo toda la
verdad…
y se indigna cuando el tratamiento no funciona.
Y, por supuesto, el
que difama desde la comodidad de una pantalla, con Wi-Fi estable y memoria
selectiva.
Recuerdo a uno que
gritaba en la recepción mientras su mascota recibía atención crítica.
—¡Ustedes solo quieren
plata!
Lo gritaba fuerte.
Para que todos escucharan. Para que doliera.
Mientras tanto, detrás
de la puerta, el equipo trabajaba en silencio. Concentrado. Profesional. Sin
responder. Porque alguien tenía que estar pensando en el paciente, aunque el
ruido viniera de afuera.
Ese día entendí algo
importante:
no todos los conflictos se pueden resolver explicando.
En la facultad nos
enseñan fisiología, patología, farmacología. Nadie nos enseña a manejar gritos.
Nadie nos explica qué hacer cuando la lógica no alcanza, cuando la evidencia no
importa y cuando la verdad no es lo que la otra persona quiere escuchar.
Porque aquí el
veterinario aprende algo duro,
no todo el mundo quiere entender.
No todo el mundo quiere la verdad.
Algunos solo quieren
un culpable.
Y el veterinario es
cómodo. Está cerca. Da la cara. No se va. No se esconde. Es mucho más fácil
culpar al que se quedó que hacerse cargo de las propias decisiones.
Con el tiempo, uno
desarrolla reflejos nuevos:
respirar antes de responder,
hablar bajo cuando el otro grita,
seguir siendo profesional incluso cuando no hay respeto de vuelta.
No porque sea justo.
Sino porque el paciente sigue ahí.
Y eso también es parte
del trabajo.
Sostener la calma cuando todo alrededor empuja al caos.
Ser el adulto en la sala.
Proteger al equipo.
Protegerse uno mismo.
Este capítulo no es
para victimizar al veterinario. Es para reconocer una realidad que compartimos
y casi nunca decimos en voz alta.
Ser veterinario no es
solo curar animales.
Es trabajar con personas… incluso cuando las personas son el problema.
Y aun así, seguimos.
Seguimos atendiendo.
Seguimos explicando.
Seguimos dando lo mejor, incluso cuando recibimos lo peor.
Porque al final del
día, cuando el ruido baja y la puerta se cierra, queda algo claro:
El paciente hizo lo
que pudo.
El equipo hizo lo correcto.
Y el veterinario, una vez más, estuvo a la altura.
Aunque nadie lo
aplauda.
Aunque nadie lo reconozca.
Y eso —aunque cueste—
es motivo de orgullo
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Capítulo
8
Humor clínico: reír para no renunciar
El humor negro no nace
de la crueldad.
Nace del cansancio.
Nace después de la
décima guardia.
Del café que ya no estimula nada.
De explicar por quinta vez lo mismo con la misma sonrisa profesional.
De mirar al colega y saber, sin decir una palabra, que los dos están al límite…
pero siguen.
Reímos de lo absurdo.
De lo repetido.
De lo imposible.
Reímos porque, si no
lo hacemos, duele demasiado.
El humor veterinario
no se aprende en la facultad. Aparece solo, como un mecanismo de defensa
elegante. No es para cualquiera. No se explica bien afuera. Y cuando alguien
ajeno lo escucha, suele decir:
—¿Cómo pueden bromear con eso?
No entienden que no
nos reímos del paciente.
Nos reímos con la realidad.
Nos reímos para sobrevivirla.
Son chistes internos.
Miradas cómplices.
Frases que solo tienen sentido después de haber visto todo.
—Bueno… por lo menos
come.
—Respira, así que vamos bien.
—Está vivo, lo demás lo vemos después.
Frases que no están en
ningún libro, pero sostienen más vocaciones que cualquier discurso
motivacional.
Hay risas que salen en
medio del caos.
Una broma malísima a las tres de la mañana.
Un comentario absurdo justo cuando todo parece desmoronarse.
Y de repente, alguien se ríe. Y después otro. Y por unos segundos, el peso
baja.
No porque la situación
sea graciosa.
Sino porque estamos juntos.
El humor clínico es
esa risa que aparece cuando alguien dice:
—Nunca mordió.
Y todos, absolutamente todos, miran el bozal.
Es reírse cuando el
tutor dice:
—Lo vi en Google.
Y nadie pregunta dónde, porque ya saben.
Es el chiste que se
repite tanto que ya no da risa… pero igual tranquiliza.
Es el meme compartido a las seis de la mañana.
Es el sticker enviado desde el baño después de llorar un poco.
Sí. Llorar y reír no
son opuestos.
Son compañeros de turno.
Porque el veterinario
llora.
Llora en silencio.
Llora cuando nadie ve.
Y después vuelve, se
lava la cara…
y hace un chiste.
No por falta de
sensibilidad.
Por exceso de ella.
El humor es la forma
más amable que encontramos de decir:
esto pesa, pero no me rindo.
Reírse entre colegas
es decir:
te veo, te entiendo, no estás solo.
Es la carcajada que
sale cuando el paciente mejora contra todo pronóstico.
Y también la risa nerviosa cuando no mejora, pero igual lo intentamos todo.
Es la risa que no se
publica.
La que no se explica.
La que solo entiende quien estuvo ahí.
Este capítulo no es
una broma.
Es un abrazo.
Es un recordatorio de
que el humor no nos hace menos profesionales.
Nos hace humanos.
Nos mantiene de pie.
Porque si seguimos acá
—a pesar del cansancio, del dolor, de la injusticia, del café frío— no es solo
por amor a los animales. Es también por esa risa compartida que aparece en el
momento justo y dice, sin palabras:
mañana volvemos.
Y volvemos.
Con ojeras.
Con sarcasmo.
Con humor negro cuidadosamente calibrado.
Pero volvemos.
Porque reír, en esta
profesión,
no es frivolidad.
Es resistencia.
Y mientras podamos
reír juntos…
todavía no renunciamos
Capítulo
9
Las frases que solo un veterinario entiende
Este capítulo no se
lee.
Se escucha.
Se escucha en la
consulta, en la guardia, en la recepción.
Se escucha con eco.
Se escucha tanto que, con el tiempo, deja de sorprender.
Son frases reales.
Dichas con total convicción.
Frases que ningún guionista podría inventar sin parecer exagerado.
—¿No hay una pastilla
que lo cure todo?
La pregunta no busca
ciencia.
Busca magia.
Busca ese comprimido
mítico que cure infecciones, tumores, traumas, edad avanzada y malas decisiones
al mismo tiempo. Preferentemente barato. Preferentemente sin efectos
secundarios. Preferentemente para ayer.
—Pero si siempre ha
comido eso…
Y siempre estuvo bien.
Hasta que no.
Esa frase viene acompañada
de una bolsa de alimento vencida, mal cerrada y guardada al lado del
detergente. Pero el problema, claramente, no puede ser eso.
—Yo le di algo antes
de traerlo.
Algo es una categoría farmacológica propia.
Puede ser desde una hierba ancestral recomendada por la tía, hasta un
medicamento humano “que sobró”.
Nunca se sabe qué fue.
Nunca se recuerda la dosis.
Pero seguro “no le podía hacer mal”.
—Nunca mordió.
Dicho mientras el
animal muestra todos los dientes, sin metáforas.
—Come cuando quiere.
Y uno piensa:
yo también, si pudiera.
—Es solo un vómito.
Dicho en plural.
Dicho después de tres días.
Dicho mientras el paciente parece cuestionarse sus decisiones de vida.
—Lo vi en Google.
No hace falta aclarar
más.
Todos sabemos lo que viene.
—Pero en el video
decía…
El video dura treinta
segundos.
Tiene música dramática.
Y contradice años de estudio.
Pero tiene más vistas.
—¿No se puede esperar
un poco?
Sí.
Siempre se puede.
La pregunta es si el paciente también puede.
—Es como mi hijo.
Hasta que hay que
volver a control.
—Vuelvo en un ratito.
Y el ratito se vuelve
eterno.
—¿Y si no le hacemos
todo eso?
Porque todo eso
incluye diagnóstico.
Este capítulo es un
museo oral del consultorio veterinario. Una colección viva, rotativa,
interminable. Cada frase expuesta con cariño, sarcasmo y resignación
profesional.
Y mientras el tutor
habla, el veterinario piensa:
esto ya lo escuché.
Pero igual explica.
Igual respira.
Igual sonríe.
Porque detrás de cada
frase hay miedo, culpa, desconocimiento. Y alguien tiene que traducir eso en
decisiones reales.
Este capítulo no se
burla.
Se reconoce.
Porque si sos
veterinario, estas frases no te resultan graciosas por nuevas. Te hacen reír
porque son tuyas. Porque las escuchaste ayer. Hoy. Y seguramente mañana.
Y aun así, seguimos.
Seguimos escuchando.
Seguimos explicando.
Seguimos intentando que, algún día, haya menos frases y más comprensión.
Pero mientras tanto,
reímos.
Reímos entre colegas.
Reímos porque compartir esto nos alivia.
Porque si algo nos une
como profesión, más allá del cansancio, del dolor y de las guardias infinitas,
es este idioma secreto que solo nosotros entendemos.
Y cuando alguien lee
esto y sonríe con lágrimas en los ojos, no es porque sea gracioso.
Es porque estuvo ahí.
Y sigue estando
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Capítulo
10
A pesar de todo, lo volveríamos a elegir
Después de todo lo
dicho, de todo lo vivido, de todas las guardias, los cafés fríos y las frases
imposibles… hay una pregunta que aparece, tarde o temprano:
—¿Y si pudieras volver
atrás, lo elegirías de nuevo?
La respuesta no es
inmediata.
Porque primero pasan las imágenes.
Pasan los pacientes
que no se salvaron.
Los reclamos injustos.
Las noches sin dormir.
Las decisiones que todavía pesan.
Pasa el cansancio.
Pasa el dolor.
Y después, casi sin
avisar, pasa otra cosa.
Aparecen los que sí se
salvaron.
Los que entraron mal y se fueron moviendo la cola.
Los que volvieron solo para saludar.
Los que todavía mandan fotos años después.
Aparecen las miradas
que agradecen sin palabras.
Ese gesto mínimo que dice valió la pena.
Ese silencio cómodo cuando no hay nada más que explicar.
Aparecen las familias
que confían.
Que escuchan.
Que acompañan.
Que entienden que no siempre se puede, pero igual agradecen que se haya
intentado.
Y aparece eso que no
figura en ningún recibo.
No es dinero.
No es reconocimiento.
No es aplauso.
Es vocación.
Esa cosa rara que hace
que, incluso después de un día horrible, uno vuelva. Que se ponga la bata otra vez.
Que abra la puerta y diga “buen día” como si el cuerpo no estuviera agotado.
Es la vocación la que
nos hace reír de lo absurdo.
La que nos hace llorar en silencio y seguir.
La que nos mantiene ahí cuando sería más fácil no estar.
Porque ser veterinario
no es solo lo que hacemos.
Es lo que somos cuando nadie mira.
Es elegir quedarse.
Elegir cuidar.
Elegir intentar, incluso sabiendo que no siempre habrá final feliz.
Y aun así, con todo lo
que duele, con todo lo que cansa, con todo lo que pesa…
Lo volveríamos a
elegir.
No porque sea fácil.
No porque sea justo.
Sino porque hay
momentos —pequeños, breves, silenciosos— en los que todo encaja. En los que un
animal mejora. En los que una familia respira. En los que uno siente, aunque
sea por un segundo, que está exactamente donde tiene que estar.
Y ese segundo alcanza.
Alcanza para volver
mañana.
Alcanza para reírse otra vez.
Alcanza para seguir.
Porque a pesar de
todo…
somos veterinarios.
Y eso, incluso en los
días más difíciles,
sigue siendo un orgullo.
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Epílogo
Para quienes se quedaron
Este libro no termina.
Solo baja la voz.
Porque cuando alguien
llega hasta acá, ya no está leyendo historias ajenas. Está recordando las
propias. Está viendo caras, pacientes, noches, decisiones. Está pensando en ese
caso que todavía vuelve cuando apaga la luz.
Este epílogo es para
quienes se quedaron.
Para quienes alguna
vez pensaron en renunciar…
pero volvieron al día siguiente.
Para quienes se rieron
en medio del caos, no porque fuera gracioso, sino porque era la única forma de
seguir respirando.
Para quienes cargaron
pacientes, culpas que no eran propias, decisiones imposibles y silencios
largos.
Para quienes
explicaron lo mismo cien veces.
Para quienes cobraron con culpa.
Para quienes regalaron más de lo que podían.
Para quienes lloraron
en el baño, en el auto, en la ducha.
Y después se secaron la cara, se acomodaron la bata…
y siguieron.
Este libro no intenta
romantizar la profesión.
La muestra como es: hermosa y dura, gratificante y agotadora, profundamente
humana.
Ser veterinario no te
hace héroe.
Te hace responsable.
Responsable de una
vida que no habla.
Responsable de explicar lo complejo con palabras simples.
Responsable de sostener cuando otros no pueden, no saben o no quieren.
Y aun así, a pesar de
todo eso, seguimos eligiendo estar.
No porque siempre
salga bien.
No porque siempre agradezcan.
Sino porque hay algo
en este oficio que se mete hondo. Algo que no se enseña, no se explica y no se
va.
Está en la primera vez
que un paciente mejora.
En la confianza que alguien deposita sin conocerte.
En la certeza íntima de haber hecho lo correcto, incluso cuando dolió.
Este epílogo no es un
cierre.
Es un reconocimiento.
Si llegaste hasta acá,
no estás solo.
Nunca lo estuviste.
Somos muchos. En
distintos países, con distintos acentos, pero con las mismas ojeras, las mismas
frases escuchadas mil veces, el mismo humor raro y el mismo cansancio noble.
Y aunque el mundo no
siempre lo vea, aunque a veces parezca que nadie entiende lo que hacemos…
Importa.
Importa cada guardia.
Cada explicación.
Cada intento.
Importa quedarse.
Así que si hoy estás
cansado, frustrado o dudando…
respirá.
Mañana volvemos.
Con humor.
Con vocación.
Con todo lo que somos.
Porque ser veterinario
no es solo una profesión.
Es una forma de estar en el mundo.
Y a pesar de todo…
todavía vale la pena.
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