Ética Viva en la Clínica Veterinaria Por Carlos A. Bastidas C.
Hay clínicas que curan enfermedades… y hay clínicas que curan personas. La diferencia no está en el tamaño del quirófano, ni en la marca del ecógrafo, ni en el número de diplomas colgados en la pared. La diferencia está en la armonía. En ese clima invisible pero contundente que se respira apenas se cruza la puerta. La armonía no se improvisa, se construye todos los días, con razón y con sentimiento, con carácter y con humanidad.
Una clínica veterinaria no es un escenario para egos, es un ecosistema. Cada rol importa. El personal de limpieza que deja el piso impecable, la recepcionista que contiene a un tutor angustiado, el auxiliar que prepara al paciente con cuidado, el médico que decide con ciencia y conciencia. Cuando uno falla, todos sienten el impacto; cuando uno crece, todos avanzan.
Mantener la armonía con el equipo exige algo más difícil que mandar, exige liderar. Liderar es escuchar antes de corregir, explicar antes de exigir, agradecer antes de reclamar. Es entender que el error humano existe y que se corrige con formación, no con humillación. La clínica que grita se vacía; la clínica que enseña se fortalece.
La lealtad no se compra con sueldos aunque los salarios justos son irrenunciables, se cultiva con respeto. Un equipo respetado trabaja mejor, cuida más, se queda más tiempo y defiende la casa como propia.
Recibir a un pasante no es una opción ni un favor, es una premisa ética de la profesión. Cuando un pasante llega a la clínica, llega el futuro de la medicina veterinaria, y ese futuro merece ser tratado con respeto, con amor y con paciencia. No se negocia. No se posterga. No se relativiza.
Tratar a los pasantes como simples ayudantes baratos es una de las formas más rápidas de empobrecer la profesión. El pasante llega con miedo, con ilusión y con preguntas. Muchas preguntas. Quien se burla de eso olvida que también empezó así.
Enseñar es un acto de generosidad profunda. El conocimiento que no se transmite con amor se vuelve estéril; el conocimiento que se guarda por egoísmo simplemente muere. La armonía se sostiene cuando el pasante es visto como lo que realmente es, un colega en formación. Alguien que necesita guía, ejemplo y paciencia constante.
Enseñar no es regalar información; es acompañar procesos, corregir sin herir, repetir sin cansarse y explicar incluso cuando el día fue largo. Es transmitir criterio, ética y amor por el detalle. Es mostrar cómo se trata a un paciente… y cómo se trata a una persona.
Un pasante bien formado no solo aprende técnicas, aprende a pensar, a respetar límites, a trabajar en equipo. Y mañana, cuando tenga su propia clínica o esté en otro país, recordará dónde aprendió a ser veterinario de verdad.
El tutor no llega a la clínica buscando un diagnóstico; llega buscando alivio. A veces para su animal, a veces para su culpa, a veces para su miedo. La armonía se rompe cuando olvidamos eso.
Hablar con claridad no es hablar con frialdad. Decir la verdad no implica perder la empatía. Un tutor bien informado, escuchado y respetado entiende incluso las decisiones más difíciles. Un tutor ignorado, tratado con soberbia o con prisa, se convierte en conflicto.
La clínica armónica educa sin imponer, explica sin juzgar y cobra con dignidad, sin vergüenza ni abuso. El respeto es bidireccional, así como exigimos consideración por nuestro trabajo, debemos ofrecer humanidad en cada palabra.
La armonía no se decreta en reuniones; se vive en los pasillos. Se nota en cómo se habla del colega cuando no está, en cómo se manejan los rumores, en cómo se reconocen los logros y se enfrentan los problemas.
Una clínica sana no tolera el chisme, la deslealtad ni la competencia interna enfermiza. Promueve el diálogo directo, la crítica constructiva y la solución temprana de conflictos. Porque los problemas que no se hablan se pudren, y lo podrido siempre termina enfermando a alguien.
Mantener la armonía en una clínica veterinaria es un acto de responsabilidad moral. No somos solo prestadores de servicios somos cuidadores de vidas y de personas. La razón nos guía en el diagnóstico; el sentimiento nos guía en el trato.
Cuando el equipo se siente valorado, los pasantes se sienten protegidos y los tutores se sienten acompañados, la clínica deja de ser un negocio más y se convierte en un espacio de confianza. Y en esa confianza ocurre algo poderoso, la medicina mejora.
Porque la armonía no es un lujo ni una moda blanda. Es, quizá, una de las formas más profundas de sanar.
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