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Memorias de un Veterinario por Carlos A. Bastidas C.

 Les propongo algo, a este libro quiero que lo vayamos contruyendo juntos, desde sus historias, entornos, lean como va la historia, y en los comentarios pueden poner de que temas tratar ...





PRÓLOGO


Nadie sueña con ser veterinario pensando en la gente.
Uno piensa en animales agradecidos, colas que se mueven, vidas salvadas.

Nadie te explica que vas a tratar más con el miedo humano que con enfermedades,
ni que vas a aprender más de pérdidas que de anatomía.

Este libro no es sobre héroes.
Es sobre estar.
Sobre intentar.
Sobre no irse.

Aquí hay humor, porque sin humor no se sobrevive.
Aquí hay verdad, porque mentir cansa más.

Si sigues leyendo, no es porque haya respuestas.
Es porque ya conoces estas preguntas.

CAPÍTULO 1

La vaca, el shaman y yo

Me gradué creyendo que iba a salvar vidas.
Lo que nadie me dijo fue que primero tenía que aprender a no perder la mía.

La Universidad Central me entregó un título, un apretón de manos y una palmada en la espalda que decía: “Suerte, muchacho.”
Eso fue todo.
No hubo manual para lidiar con gente que no cree en antibióticos pero sí en rezos, no hubo clase sobre cómo cobrar cuando no hay plata, y nadie me explicó cómo decirle a alguien que su animal se va a morir… sin que intenten matarte a ti primero.

Mi primera paciente fue en un pueblo donde el bus llegaba cuando quería, la luz se iba por costumbre y el veterinario anterior había desaparecido sin despedirse. Nadie sabía por qué. Yo tampoco pregunté. Tenía demasiadas ganas de trabajar como para ser precavido.

La primera llamada llegó a las seis de la mañana.

—Doctor, se nos está muriendo una vaca.

No dijo hola.
No dijo buenos días.
No dijo por favor.
Dijo se nos está muriendo una vaca, como si fuera mi culpa.

Me puse mi overol cargado de ilusiones, agarré mi maletín nuevo, ese que todavía olía a plástico y esperanza, y salí.

Cuando llegué, había siete personas alrededor del animal,
el dueño, la esposa, la suegra, dos primos, un niño descalzo y un señor que nadie sabía quién era, pero que opinaba con autoridad.

La vaca estaba echada, respirando lento, mirándome como si yo fuera su última mala decisión.

—¿Usted es el veterinario? —me preguntó el dueño.

—Sí, le respondí.

—¿De verdad?

—Sí.

—¿Graduado?

—Sí.

—¿De la Central?

—Sí.

Se miraron entre todos.

—Ah… ya —dijo la suegra—. Ojalá no se nos muera.

Yo también lo esperaba.

—¿Qué le han hecho? —pregunté.

—De todo, doctor.

Eso nunca es buena noticia.

Le habían pasado un huevo por el lomo, le habían rezado tres padres nuestros, le habían dado hasta un poco de trago, le habían puesto ruda en las orejas y, según el señor misterioso, la vaca estaba así porque la habían mirado con envidia.

Yo revisaba signos vitales mientras ellos discutían cuál de todos había sido el mal de ojo oficial.

Pensé:
Cinco años de universidad para esto.

La vaca me miraba con esos ojos grandes, húmedos, resignados, como diciendo: “Este man no tiene idea de lo que está haciendo.”

Y tenía razón.

Me arrodillé a su lado con mi maletín nuevo, ese que todavía cerraba bien, que todavía no había sido maldecido por el polvo, la sangre y la desesperación. Saqué mi estetoscopio como quien desenfunda un arma… sin saber usarla.

—¿Desde cuándo está así? —pregunté.

—Tres días.

—¿Y antes qué tenía?

—Nada.

Eso también era mala noticia. En el campo, “nada” suele significar todo.

—Comía normal.

—¿Tomaba agua?

—Creo.

—¿Parió hace poco?

—No.

—¿La golpearon?

—No.

—¿Se cayó?

—No.

—¿Se peleó con otra vaca?

—No.

—¿Entonces?

Se encogieron de hombros.

—Se nos enfermó.

El señor misterioso carraspeó.

—Yo le dije que era envidia.

Nadie lo contradijo.

Yo revisé mucosas, temperatura, pulso. Estaba débil. Muy débil. Probablemente una infección. Tal vez un problema metabólico. Algo tratable… si no hubiera pasado tres días sin atención real.

—Necesito que se levante —dije.

—No puede —dijo la suegra.

—Necesito que lo intente.

—No va a poder.

—Vamos a ver.

Le di estímulos, le hablé como si me entendiera. La vaca hizo el esfuerzo de levantarse, tembló… y volvió a caer.

El niño se tapó los ojos.

—Ya ve —dijo la suegra—. Eso es porque no le han pasado el huevo hoy.

Respiré hondo. Primer día de trabajo. No podía pelear con todo el pueblo.

—Voy a ponerle medicamento —dije.

—¿Inyección? —preguntó el dueño.

—Sí.

—Eso duele.

—Morirse duele más, le respondí con la ceja levantada.

Nadie se rió. Yo sí, por dentro.

Mientras preparaba la dosis, el señor misterioso se acercó.

—Doctor, yo conozco de estas cosas.

—Qué bien.

—A mí se me murió una vaca igualita.

—Eso no ayuda.

—No, pero después supe que era brujería.

Ahí supe que este trabajo iba a ser más complicado de lo que imaginé.

Le puse el tratamiento. Les expliqué lo que tenía. Les expliqué qué hacer. Les dejé instrucciones claras.

Me miraron como si les hubiera hablado en ruso.

—¿Entonces se salva? —preguntó el dueño.

—Depende de cómo responda.

—¿Sí o no?

—Depende.

—Pero dígame.

—No lo sé.

No les gustó esa respuesta.

 

Volví a mi hogar con una mezcla de orgullo y miedo. Orgullo porque había atendido mi primer caso. Miedo porque no sabía si había hecho lo suficiente.

Esa noche no pude dormir.

A las tres de la mañana sonó mi celular.

—Doctor.

Ya me estaban diciendo “doctor”. Eso era peligroso.

—Se murió la vaca.

Me vestí en silencio.

Cuando llegué, la vaca estaba ahí, quieta, con esa quietud que no deja dudas.

Nadie lloraba.
Nadie gritaba.
Solo me miraban.

—Usted dijo que se podía salvar.

—Dije que dependía.

—Se murió.

—Sí.

—Entonces no dependía.

Ahí entendí algo fundamental de mi nueva vida,
Yo siempre iba a ser el culpable.

Me acerqué al animal. Le cerré los ojos. No por protocolo, sino por respeto.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó alguien.

No sabía si hablaban del cuerpo… o de mí.

Ese día entendí que ser veterinario en el campo no era solo curar animales.

Era cargar con expectativas irreales, ignorancia honesta, desesperación, creencias, y pérdidas.

Era ser médico, sacerdote, psicólogo y chivo expiatorio.

Y apenas era el primer día.

 

CAPÍTULO 2

Se murió, pero no era mi culpa (creo)

La primera muerte profesional siempre te persigue.

No importa cuántos años pasen, cuántos animales salves después, cuántos títulos cuelgues en la pared. Esa primera vez se queda ahí, sentada en tu conciencia, mirándote como diciendo: “¿Seguro que sirves para esto?”

Yo volví a mi cuarto esa madrugada con olor a vaca muerta en la ropa y una sensación rara en el estómago. No era hambre. Era algo entre culpa, miedo y ganas de llorar… pero no lloré. Porque en el campo nadie llora por una vaca. Se la reemplaza. Se la come. Se la olvida.

O eso dicen.

A las ocho de la mañana, cuando todavía estaba tratando de convencerme de que no había sido mi culpa, alguien me llamaba otra vez al teléfono.

—Doctor.

Ya me estaban diciendo “doctor” como si fuera una maldición.

Era el dueño de la vaca.

—Tenemos que hablar.

Eso tampoco era buena señal.

Me llevó donde el animal estaba tapado con una lona. Alrededor había gente, como si se hubiera muerto una persona importante. Tal vez lo era.

—¿Cuánto nos va a devolver? —me preguntó.

—¿Devolver?

—Sí, pues. Usted vino, le puso inyección, se murió. Eso no funcionó.

—La revisé cuando ya estaba muy mal.

—Pero usted es el doctor.

—Sí.

—Entonces tiene que responder.

Yo tenía 24 años y ya me estaban pidiendo cuentas como si fuera el ministro de Agricultura.

—No todo se puede salvar —dije.

—Eso no es lo que uno espera de un doctor —respondió la suegra, que había aparecido como invocada.

Ahí entendí que el problema no era la vaca.
Era yo.

 

Esa semana se me murieron dos gallinas, un cuy viejo y un perro que ya venía muerto desde hace rato.

Y adivina qué tenían en común.

Yo.

—Doctor, desde que usted llegó, todo se muere.

Eso me dijo una señora sin ironía.

Yo quería responder:
“No, señora, todo se muere desde siempre, solo que ahora yo doy la cara.”

Pero no lo dije.

Sonreí.

Porque eso hacen los que quieren sobrevivir.

Empecé a notar patrones.

La gente llamaba cuando ya no había nada que hacer.
Me pedían milagros.
Yo ofrecía ciencia.
Ellos querían magia.

Un día me llevaron un perro con fiebre.

—Ocho días así —dijo el dueño.

—¿Y por qué no llamó antes?

—Pensamos que se le pasaba.

—¿Con qué?

—Con fe.

Le salvé la vida.

Y aún así se quejó porque el perro quedó flaco.

Empecé a entender que el problema no era la ignorancia.

Era la pobreza.

Era no tener plata para llamar antes.
Era no tener cómo transportarse.
Era no querer aceptar que algo se estaba muriendo porque no había cómo reemplazarlo.

En la universidad nadie te enseña eso.

Te enseñan anatomía.
No te enseñan desesperación.

Esa noche escribí en una libreta que me había regalado mi mamá:

“No todo lo que se muere es culpa mía. Pero todo lo que se muere me va a doler como si lo fuera.”

Luego cerré el cuaderno.

Y seguí.

A la semana siguiente me llamaron por un perro.

—Está raro —me dijeron.

Eso puede significar cualquier cosa.

Cuando llegué, el perro estaba perfectamente bien.

—¿Entonces? —pregunté.

—Es que no se mueve.

—Está durmiendo.

—Ah.

—¿Desde cuándo?

—Desde anoche.

—¿Y qué hora es?

—Siete de la mañana.

Respiré lento.

—Doctor —dijo la señora—, es que uno nunca sabe.

Ahí entendí otra cosa!.

No me llamaban solo por los animales.

Me llamaban por miedo.

 

Y así, entre muertes que no podía evitar, vidas que lograba salvar y gente que no sabía cómo pedir ayuda sin disfrazarla de reclamo, empecé a convertirme en veterinario de verdad.

No el de los libros.

El de la vida.

 

 

CAPÍTULO 3

El perro que valía más que el matrimonio

Yo no sabía que un perro podía salvar un matrimonio.

Tampoco sabía que podía destruirlo.

Un día me llamaron de una casa que parecía tener más grietas que afecto. La señora me recibió con una sonrisa tensa, de esas que no son sonrisa sino amenaza.

—Doctor, mi perrito está muy mal.

El perrito era un chihuahua con más juguetes que dignidad.

—¿Qué tiene? —pregunté.

—No come.

—¿Desde cuándo?

—Desde que mi esposo se fue.

Ahí ya no estaba seguro de ser el profesional adecuado.

El perro estaba perfectamente sano. Temperatura normal, pulso normal, mirada normal… lo único raro era que me observaba como si entendiera todo.

—El perro no está enfermo —dije.

—¿Cómo que no? ¡Mírelo! Está triste.

—Sí, pero triste no es diagnóstico.

—¿Y usted qué sabe? Si es doctor.

Yo respiré hondo.

—Sé de animales, señora.

—Entonces arréglelo me respondió

—No es un televisor.

 

Mientras hablábamos, entró el esposo.

Ni se miraron.

—¿Ese es el veterinario? —dijo él.

—Sí —respondió ella—. Dice que el perro no está enfermo.

—Claro que está enfermo —dijo él—. Desde que usted se puso loca.

Yo quería desaparecer.

—Señores —intervine—, el perro no tiene nada físico. Pero los animales sienten el ambiente. Si hay estrés, tristeza, gritos…

—¿Vio? —dijo ella—. ¡Usted lo estresa!

—¿Yo? ¡Si usted llora todo el día!

—¡Porque usted me engañó! Respondió la señora.

Silencio.

El perro bostezó.

Yo miré al perro.

El perro me miró.

Éramos los únicos adultos ahí.

Me senté.

—No necesitan un veterinario —dije—. Necesitan terapia.

—¿Usted también hace eso? —preguntó ella.

—No, pero puedo cobrarles igual.

Nadie se rió.

Les expliqué que el perro estaba absorbiendo la tensión de la casa. Que no era magia. Que no era enfermedad. Que era convivencia.

—¿Y qué hacemos? —preguntó él.

—O se arreglan… o se separan —dije—. Pero dejen de usar al perro como excusa.

Eso fue imprudente.

Pero honesto.

Me echaron de su hogar.

Sin embargo, la señora regresó y volví a ver al perro dos semanas después.

Comiendo. Moviendo la cola. Feliz.

—Se mejoró —dijo ella.

—¿Y ustedes? Le pregunté.

—Nos separamos.

—Ah.

—Pero ahora él duerme conmigo.

El perro me miró.

Yo asentí.

No todo final feliz es el que uno espera.

Esa noche escribí en mi cuaderno:

“Los animales no se enferman de amor. Se enferman de humanos.”

 

A partir de ese día, empecé a recibir llamadas que no eran realmente por animales.

—Doctor, mi gato ya no me quiere.

—Doctor, mi pato me ignora.

—Doctor, mi caballo me mira raro.

Yo ya sabía.

No querían diagnósticos.

Querían a alguien que les diga que no estaban solos.

Y yo… sin querer… me estaba convirtiendo en eso.

 

 

CAPÍTULO 4

Pago en gallinas, fiado en fe

En la universidad no me enseñaron a cobrar.

El ejercicio de la profesión  me enseñó a sobrevivir.

Mi primera factura fue una ilusión. La imprimí bonita, con mi nombre completo, número de cédula, dirección, todo. Me sentí profesional. Importante. Como si eso fuera a cambiar algo.

La llevé a la casa de don Efraín, un señor que tenía más arrugas que dientes y más gallinas que paciencia.

—Son  cién dólares —le dije.

Me miró.

—¿En serio?

—Sí.

Se rascó la cabeza.

—Doctor… yo no tengo eso.

—Entonces, ¿por qué me llamó?

—Porque el perro se estaba muriendo.

—Y ahora ya no, le respondí.

—Ajá.

—Entonces hay que pagar.

Me miró como si yo fuera un animal más raro que los que atendía.

—Le puedo dar tres gallinas.

—No vendo pollos —dije.

—No, pero come, ¿no?

Y así empezó todo.

Esa semana me pagaron con:

• Dos gallinas
• Un saco de papas
• Queso
• Huevos
• Un reloj que no funcionaba
• Una radio que solo agarraba una emisora
• Y una promesa de pago que jamás se cumplió

Yo no estaba quebrado.

Estaba alimentado.

Un día le salvé la vida a una ternera.

La dueña lloraba de emoción.

—Doctor, usted es un ángel.

—No —dije—, soy veterinario.

—Le debo la vida.

—No, me debe dinero.

Ahí se acabó el romanticismo.

—No tengo —me dijo.

—Entonces, ¿cómo hacemos?

Pensó un rato.

—¿Acepta una bendición?

—No.

—¿Un almuerzo?

—Sí.

Me empecé a dar cuenta de que nadie quería deberme.

Pero nadie podía pagarme.

Así que me debían.

Y eso es peor.

Porque cuando alguien te debe plata, te quiere lejos.

Un día una señora me llamó desesperada.

—Doctor, mi chancho está muriendo.

—¿Qué tiene?

—No se levanta.

—¿Desde cuándo?

—Desde ayer.

—Voy.

El chancho estaba echado, gordo, respirando lento. Estaba viejo. Muy viejo.

—Está muriendo de edad —dije.

—¿Y no puede hacer nada?

—No.

—Pero usted es doctor.

—No soy Dios.

No le gustó esa respuesta.

—¿Cuánto es? —preguntó.

—30 dólares.

—Le puedo dar medio chancho.

—¿Está vivo o muerto?

—Todavía vivo.

—Entonces no.

Cuando finalmente murió, me llamó.

—Venga.

—¿Para qué?

—Para que vea.

—¿Ver qué?

—Que sí se murió.

Gracias.

Al final me dio un pedazo de carne.

Yo lo acepté.

Porque ese día no había comido.

Ahí entendí otra cosa:

La ética no se come.

 

Una tarde estaba contando mis “ingresos”:
dos gallinas amarradas en el patio, un saco de arroz, una caja de huevos y tres billetes arrugados.

Yo no era pobre.

Yo era rural.

Un día mi mamá me llamó.

—¿Cómo estás?

—Bien.

Mentí.

—¿Estás ganando plata?

—Sí.

Mentí mejor.

—¿Estás comiendo?

—Sí.

Eso sí era verdad.

 

Me pregunté muchas veces si había tomado la decisión correcta.

Si no debía volver a la ciudad.

Si no debía buscar algo más cómodo.

Si no debía dejar todo.

Pero luego me llamaban por un animal.

Y yo iba.

Siempre iba.

No sé por qué.

Esa noche escribí:

“No me pagan con dinero. Me pagan con necesidad.”

 

 

CAPÍTULO 5

Doña Mechita y el gato poseído

Doña Mechita me llamó un martes, martes trece para ser exactos.

Los martes trece siempre traen problemas.

—Doctor, mi gato está endemoniado.

—¿Cómo?

—Poseído.

—¿Por quién?

—No sé… pero ya no es el mismo.

Suspiré.

—¿Qué hace?

—Me mira raro.

—¿Algo más?

—Camina de noche.

—Es un gato.

—Antes no era así.

 

Cuando llegué, el gato estaba sentado en una silla, como una persona. Eso fue lo primero que me inquietó.

No porque fuera extraño, sino porque parecía cómodo.

—Ese no es mi gato —me dijo.

—¿Cómo que no?

—El mío era bueno.

—¿Y este?

—Este me juzga.

El gato me miró.

Yo también me sentí juzgado.

—¿Qué ha comido últimamente? —pregunté.

—Nada raro.

—¿Nada raro según quién?

—Según Dios.

Lo revisé. Estaba flaco, deshidratado, con fiebre.

—Tiene infección —dije.

—No, doctor —me interrumpió—. Tiene demonio.

—Tiene bacterias.

—No, señor. Tiene un espíritu.

—Las bacterias son espíritus científicos.

No se rió.

 

Me contó que había llevado al gato donde un curandero.

—Le soplaron aguardiente.

—¿Al gato?

—Y a mí también.

—¿Eso ayudó?

—No.

—Entonces no era demonio.

—O era uno fuerte.

Le puse tratamiento.

—Esto se le da cada ocho horas —le expliqué—. Y tiene que comer.

—¿Y si el demonio no quiere?

—Le obliga.

—¿Y si me hace algo?

—¿El gato?

—El demonio.

—Yo le tengo más miedo a la pobreza que al demonio.

No entendió.

Volví dos días después.

El gato estaba mejor.

Comiendo. Caminando. Normal.

—Se está yendo —dijo Doña Mechita.

—¿Qué?

—El demonio.

—No era demonio.

—No importa. Se va.

Una semana después me llamó otra vez.

—Doctor.

—¿Qué pasó ahora?

—El demonio se fue… pero dejó el carácter.

—¿Cómo?

—Ahora me ignora.

—Es un gato.

—Antes no era así.

 

Esa noche escribí:

“La gente no quiere que cures al animal. Quiere que cures lo que no entiende.”

Desde entonces me empezaron a llamar por casos raros.

—Doctor, mi gallina está embrujada.
—Doctor, mi perro ve cosas.
—Doctor, mi chancho no quiere a mi suegra.

Y yo iba.

Porque en el fondo no era por los animales.

Era por miedo.

Y el miedo siempre quiere cara humana.

Un día le pregunté a un señor por qué no iba al médico.

—Porque allá me dicen que estoy enfermo.

—¿Y aquí?

—Aquí me dicen que estoy embrujado.

—¿Y eso es mejor?

—Más bonito.

Yo empecé a entender que mi trabajo no era solo dar medicinas.

Era traducir la realidad.

 

CAPÍTULO 6

El perro presidencial

Yo no sabía que un perro podía tener más poder que yo.

Pero ese día lo aprendí.

Me llamaron de una casa grande, con rejas grandes y gente que hablaba bajito. Eso ya era sospechoso.

—Doctor, necesitamos que venga urgente.

—¿Qué pasó?

—Es… delicado.

—Todos dicen eso.

Cuando llegué, el perro estaba mejor vestido que yo.

No es metáfora.

Tenía una manta limpia, comida especial, y una señora abanicándolo.

—¿Qué tiene? —pregunté.

—Está decaído —me dijo un hombre con camisa planchada.

—¿Desde cuándo?

—Desde ayer.

—¿Comió?

—Sí.

—¿Bebió?

—Sí.

—¿defecó, orinó?

—Sí.

—Entonces no está decaído, está aburrido.

No les gustó.

—Doctor —dijo el hombre—, este perro es importante.

—Todos los perros son importantes, le respondí.

—Este más.

—¿Por qué?

—Porque es para un evento.

—¿Qué evento?

—Político.

Ahí entendí todo.

Era un perro ceremonial.

No preguntes.

En este país hay cosas que uno no pregunta.

—Tiene una leve infección —dije—. Nada grave.

—¿Se va a morir?

—No.

—¿Está seguro?

—Más que de muchas cosas en mi vida.

—¿Puede garantizarlo?

—No soy candidato.

Le puse tratamiento.

—Doctor —me dijo el señor—, usted es una persona discreta.

—Depende.

—Esto no debe saberse.

—¿Qué?

—Que el perro estuvo enfermo.

—¿Por qué?

—Porque representa prosperidad.

—Está representando fiebre.

Antes de irme, me ofrecieron “algo”.

—Para su molestia.

Yo miré.

Era más plata de la que había visto en meses.

La acepté.

No con orgullo.

Con necesidad.

 

Dos días después me llamaron.

—Doctor, el perro está mejor.

—Me alegra.

—El evento fue un éxito.

—Qué bueno.

—Queremos agradecerle.

—Ya me agradecieron.

—No, más.

Ahí empezó mi problema.

Desde ese día, me empezaron a llamar para cosas raras:

• “Revise este perro, es de un concejal.”
• “Este caballo es de alguien importante.”
• “No le diga a nadie.”
• “Hágalo rápido.”
• “No cobre.”
• “Luego lo llamamos.”

Nunca llamaban.

Empecé a entender cómo funcionaba el poder.

No gritaba.

Susurraba.

Una tarde me encontré con don Efraín, el de las gallinas.

—Doctor, dicen que ahora usted trabaja con los grandes.

—Yo trabajo con animales.

—Pero con animales caros.

No supe qué responder.

Esa noche escribí:

“En este país, hasta los animales tienen clase social.”

Y también escribí otra cosa:

“Si aceptas favores, te conviertes en deuda.”

Yo ya debía demasiado.

 

CAPÍTULO 7

Emergencias a las 3 a.m.

Las verdaderas tragedias ocurren a las tres de la mañana.

No a las doce.
No a las cinco.
A las tres.

A esa hora en que tu cerebro está apagado, tu cuerpo no sabe si sueña o vive, y cualquier ruido suena como sentencia.

Mi teléfono empezó a sonar.

No vibrar.

Sonar.

Como si quisiera despertarme por odio.

—Doctor —dijo una voz desesperada—, puedo ir a su clínica.

—¿Qué pasó?

—Es una emergencia.

—¿Qué tipo?

—Urgente.

Eso no responde nada.

—¿Qué tiene el animal?

—No sé.

—¿Cómo que no sabe?

—estoy ahí en 10 minutos respondió.

Me puse el pantalón al revés, la camiseta al revés, y salí. No me importó. A esa hora, la dignidad no existe.

Cuando llegué , la paciente era un perrita joven no mayor de3 años.

—¿Qué tiene?. Le pregunté

—No duerme.

Miré el reloj.

—Son las tres de la mañana.

—Sí.

—¿Y?

—Siempre duerme.

—Tal vez hoy no.

—Nunca ha pasado.

—Bueno, hoy pasó.

—Entonces está enferma.

Yo respiré lento.

—¿Qué más hace?

—Nada.

—¿Nada malo?

—Nada.

—Entonces no está enferma.

—Pero usted es doctor.

—No soy mago.

 

Volví a mi hogar a las cuatro de la mañana.

A las cinco me llamaron otra vez.

—Doctor.

—¿Qué pasó ahora?

La perra está triste.

—¿Desde cuándo?

—Desde ayer.

—¿Por qué me llama ahora?

—Porque ahora lo siento más triste.

Dormía dos horas por noche.

A veces ninguna.

La clínica no tiene horarios.

Tiene problemas.

 

Una noche me llamaron por un parto distócico de una bulldog francés.

Llegué.

Todo bien.

Los cachorros nacieron bien.

Todos felices.

Yo feliz.

Cuando estaba regresando, sonó el teléfono.

—Doctor, mi gallo está raro.

—Son las cuatro.

—Sí, pero está raro.

—¿Qué hace?

—Canta.

—Es un gallo.

—Pero triste.

Colgué.

Empecé a soñar con animales.

No sueños lindos.

Sueños donde me reclamaban.

—No llegaste a tiempo.
—No hiciste suficiente.
—No sabías.

Yo despertaba sudando.

Una madrugada, después de una emergencia real, me senté en la vereda, con frío, cansado, solo.

Pensé:

“Yo no elegí este horario. Este horario me eligió a mí.”

La gente empezó a decir:

—El doctor nunca duerme.

Eso no era un halago.

Era una condena.

Un día una señora me llamó.

—Doctor, disculpe la hora.

—No se preocupe, ya estaba despierto.

—¿Por qué?

—Porque siempre lo estoy.

Silencio.

—Doctor —dijo—, ¿usted está bien?

Nadie me había preguntado eso.

Nadie.

—Sí —mentí.

Esa noche escribí:

“No estoy cansado. Estoy agotado.”

Y también:

“Si sigo así, un día no voy a despertar.”

Me reí.

No era chiste.

 

CAPÍTULO 8

El día que quise renunciar

No fue un día especial.

Eso fue lo peor.

No pasó nada extraordinario. No hubo tragedias enormes. No murió ningún animal frente a mí. No me insultaron más de lo normal.

Simplemente… ya no podía.

Me desperté cansado.
No físicamente.
Cansado de existir.

Me puse mi pijama quirúrgica con lentitud. Como si cada movimiento fuera una negociación con mi cuerpo.

—Un día más —me dije—. Solo un día más.

Eso me decía todos los días.

El primer paciente  fue a las siete.

—Doctor, mi perro no quiere comer.

—¿Desde cuándo?

—Desde hoy.

—¿Qué hora es?

—Siete.

—¿Le dio tiempo?

—No.

 

La segunda llamada fue por una gata.

—Está rara.

Esa palabra me perseguía.

Raro.
Diferente.
No es como antes.

Nadie es como antes.

 

La tercera llamada fue por un loro.

—No habla.

—¿Desde cuándo?

—Desde que murió mi esposo.

Eso ya no era veterinaria.

Era duelo.

Cuando regresé a mi cuarto, me senté en la cama y me quedé ahí. Sin moverme. Sin pensar.

Solo ahí.

El techo tenía una mancha con forma de perro.

Eso me pareció cruel.

Esa tarde me llamaron otra vez.

—Doctor.

—No.

—¿Cómo que no?

—No voy.

—Pero es una emergencia.

—Todo es emergencia.

Silencio.

—Doctor… si no viene, se muere.

—Todos se mueren.

Colgué.

 

Me quedé mirando mis manos.

Manos que habían sostenido animales vivos.
Manos que habían sostenido animales muertos.
Manos que habían prometido cosas que no podía cumplir.

Pensé:

“Yo no pedí ser imprescindible.”

Pero lo era.

Y eso pesa más que cualquier saco de papas.

Agarré mi maletín.

Lo abrí.

Estaba desordenado.
Sucio.
Cansado como yo.

Había medicamentos vencidos.

Eso me pareció simbólico.

Salí.

Caminé sin rumbo.

Un perro me siguió.

—No me mires así —le dije—. No tengo nada para darte.

Me siguió igual.

Llegué a un puente.

Me apoyé en la baranda.

No estaba pensando nada peligroso.
Solo estaba cansado de pensar.

Pensé en mi mamá.
En mis profesores.
En todo lo que había querido ser.

Y en lo que era.

 

Una voz me sacó del trance.

—Doctor.

Era un niño.

Tenía un hamster en las manos.

—Se está muriendo.

Lo miré.

El hamster estaba helado.

Respiraba lento.

Muy lento.

—¿Desde cuándo está así? —pregunté.

—Desde hoy.

—¿Qué le pasó?

—Nada.

Eso otra vez.

Lo llevé a la clínica.

Lo revisé.

No había mucho que hacer.

El niño me miraba como si yo fuera Dios.

Yo no podía serlo.

—Va a morir —le dije.

—¿Usted no puede salvarlo?

—No siempre.

—¿Por qué?

No supe qué decir.

El hamster murió en silencio.

El niño no lloró.

Solo lo abrazó.

—Gracias por intentarlo —me dijo.

Eso fue todo.

Cuando se fue, yo me senté.

Y lloré.

No por el hamster.

Por mí.

Esa noche escribí:

“No quiero salvar al mundo. Solo quiero que me dejen descansar.”

Pero al día siguiente teníamos que abrir la clínica otra vez.

Y fui.

 

 

CAPÍTULO 9

El niño que me enseñó a ser veterinario

El niño se llamaba Mateo.

Tenía ocho años, las rodillas peladas, los zapatos rotos y una seriedad que no le correspondía a su edad.

Vino a la clínica con su conejo.

—No se mueve —dijo.

—¿Desde cuándo?

—Desde hoy.

—¿Qué le pasó?

—Nada.

Siempre nada.

El conejo estaba en una caja de zapatos, envuelto en una camiseta vieja. Mateo lo miraba como si fuera un tesoro.

—¿Es tuyo? —pregunté.

—No —dijo—. Es de mi mamá.

—¿Y por qué lo traes tú?

—Porque ella está trabajando.

—¿Dónde?

—Lejos.

Eso significaba todo.

Revisé al conejo.

Estaba muy mal. Desnutrido, débil, con una infección que llevaba días.

—¿Lo alimentan? —pregunté.

—Yo sí.

—¿Y tu mamá?

—Cuando puede.

Mateo no preguntaba si iba a vivir.

Preguntaba cómo.

—¿Eso es su corazón?
—¿Eso es su pulmón?
—¿Eso duele?

Yo le respondía todo.

No por obligación.

Por respeto.

—Doctor —me dijo—, ¿usted siempre ha sido veterinario?

—No.

—¿Y qué era antes?

—Un niño como tú.

—¿Con conejos?

—Con perros.

—¿Y se le morían?

—Sí.

—¿Y qué hacía?

—Lloraba.

—¿Y ya no llora?

Mentí.

—No.

Le puse tratamiento al conejo.

No sabía si iba a funcionar.

Pero lo intenté.

—Tienes que darle esto cada ocho horas —le dije.

—¿Aunque esté en la escuela?

—Sí.

—¿Aunque esté lloviendo?

—Sí.

—¿Aunque no tenga plata?

—Sí.

Me miró serio.

—Entonces sí se va a salvar.

No supe qué responder.

Mateo venía todos los días.

Todos.

A contarme cómo iba el conejo.

A contarme cosas.

A enseñarme su mundo.

—Mi papá se fue.
—Mi mamá trabaja mucho.
—Yo quiero ser veterinario.

Yo no sabía si sentir orgullo o miedo.

Una tarde llegó corriendo.

—¡Doctor, ya se mueve!

Yo fui con él.

El conejo estaba comiendo.

No mucho.

Pero algo.

Mateo lo miraba como si hubiera resucitado.

—Usted lo salvó.

—No —le dije—. Tú lo salvaste.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

Se rió.

Esa noche pensé en por qué había querido ser veterinario.

No por dinero.
No por estatus.
No por vocación divina.

Porque cuando era niño, un perro me hizo sentir menos solo.

Y yo quise devolver eso.

Una semana después, el conejo murió.

Mateo vino.

No lloró.

—Gracias —me dijo.

—Perdón —le dije.

—No.

—No se salvó.

—Sí.

—¿Cómo?

—Vivió mejor.

Yo no supe qué decir.

Cuando se fue, me quedé sentado mucho rato.

Pensando.

Ese niño entendía más de la vida que yo.

Esa noche escribí:

“Ser veterinario no es salvar animales. Es acompañarlos.”

Y también:

“A veces, acompañar es lo único que puedes hacer.”

 

 

CAPÍTULO 10

Crisis, billetes y cadáveres

En una época que prefiero no recordar el país no se cayó.

Se desarmó.

Como un animal viejo que ya no se puede levantar.

Primero fue el dinero.

Después fueron los bancos.

Después fueron las familias.

Después fueron los perros.

Y al final, fuimos nosotros.

Yo tenía la clínica recién abierta.

Un cuartito alquilado, una camilla coja, una balanza que mentía y un estetoscopio que había comprado en cuotas.

Me sentía médico.

Hasta que empezó la crisis.

Un día una señora llegó con su gato.

—Doctor, no come.

—¿Desde cuándo?

—Desde que no hay comida.

El gato estaba flaco.

La señora también.

—¿Qué le da de comer?

—Lo que hay.

—¿Qué hay?

—Nada.

La gente empezó a elegir.

Y cuando hay que elegir, los animales pierden.

No por maldad.

Por hambre.

Llegaban perros atropellados.

No porque los atropellaran.

Porque ya no tenían fuerzas para esquivar.

Llegaban animales enfermos.

No porque estuvieran mal.

Porque ya no valía la pena cuidarlos.

 

—Doctor, ¿cuánto cuesta?

—Veinte dólares.

—Tengo diez.

—Está bien.

—¿Y si no tengo nada?

Yo respiraba hondo.

—También está bien.

Me endeudé.

Mucho.

Con proveedores.

Con amigos.

Con la vida.

 

Un día llegó Don Esperidión con su Gran Danés.

El perro estaba viejo.

Muy viejo.

—Doctor, ya no camina.

—¿Y qué quiere que haga?

—Que lo duerma.

—¿Está sufriendo?

—No.

—Entonces no.

Me miró raro.

—Pero ya no sirve.

—No es una licuadora —le dije.

Se quedó callado.

—Yo tampoco sirvo ya —me dijo.

Eso me rompió más que cualquier diagnóstico.

En esa época la gente se fue.

España.
Italia.
Estados Unidos.

Se iban los dueños.

Se quedaban los animales.

Llegaban a la clínica con cartas amarradas al cuello:

“Cuídelo, doctor.”

“No tengo con quién dejarlo.”

“Volveré.”

No volvían.

Un día encontré un perro amarrado a la puerta.

Con una funda de comida vacía.

Y una nota que decía

“No puedo más.”

Yo tampoco podía más.

Dormía poco.

Comía mal.

Reía menos.

Pensaba en irme.

 

Una noche, después de cerrar, me quedé sentado en la camilla.

Con la luz apagada.

Pensando.

—¿Qué haces aquí, Carlos?

No supe.

Afuera se escuchaban sirenas.

Gente gritando.

Televisores prendidos.

El país desangrándose en cuotas.

Al día siguiente, entró una niña.

Con un perro anciano.

—Mi mamá dice que ya no hay plata para él.

—¿Y tú qué dices?

—Que él estuvo cuando mi papá se fue.

Eso fue todo.

Lo atendí.

Gratis.

Como siempre.

Me quedé sin dinero.

Pero con algo raro en el pecho.

Algo que no era tristeza.

Era convicción.

Ese año aprendí que:

La crisis no mata de golpe.
Te va quitando cosas.
Primero la seguridad.
Luego la dignidad.
Luego la ternura.

Y los veterinarios, sin querer, nos volvemos guardianes de lo último.

De lo poco que queda.

Esa noche escribí:

“Cuando todo se cae, los animales nos recuerdan que todavía somos humanos.”

 

CAPÍTULO 11

El amor, el sexo y las cicatrices

Ser veterinario no me volvió sabio.

Me volvió cansado.

Y cuando uno está cansado, ama mal.

Yo creía que el amor era como las películas,
miradas intensas, besos bajo la lluvia, promesas eternas.

La realidad era más parecida a esto:

—Carlos, ¿vas a llegar hoy?

—No sé.

—¿Por qué nunca sabes?

—Porque siempre hay alguien muriéndose.

—Yo también me estoy muriendo aquí.

Se llamaba Agustina.

Estudiaba comunicación social.

Le gustaban los hombres sensibles.

Hasta que se cansó de que yo siempre oliera a perro.

Una vez salimos a cenar.

Yo llegué tarde.

Muy tarde.

—¿Qué pasó ahora? —me preguntó.

—Una perra.

—¿Una perra?

—Prolapso uterino.

—¿Eso qué es?

—Algo horrible.

—Siempre es algo horrible.

Tenía razón.

 

Yo hablaba de animales.

Ella hablaba de sus sueños.

Yo hablaba de enfermedades.

Ella hablaba de viajes.

Yo hablaba de eutanasias.

Ella hablaba de bodas.

No coincidíamos ni en el menú.

Una vez me dijo:

—Tú amas más a los animales que a las personas.

Le respondí sin pensar:

—Los animales no mienten.

Eso fue el principio del fin.

No es que yo no quisiera amar.

Es que no sabía cómo hacerlo sin anestesia.

 

Con el tiempo, mi corazón se volvió como una cicatriz mal cerrada,
duro por fuera, sensible por dentro.

Una noche atendí un parto complicado de una perra.

Murieron dos cachorros.

Sobrevivieron cuatro.

La madre estaba exhausta.

Yo también.

Salí de la clínica a las 3 a.m.

No tenía a quién llamar.

Eso dolió más que cualquier ruptura.

 

Ahí entendí algo horrible:

Yo estaba acostumbrado a despedirme.

De animales.

De personas.

De ilusiones.

Un día llegó a consulta una mujer mayor con un perro ciego.

—¿Todavía puede ser feliz? —me preguntó.

—Sí.

—¿Cómo sabe?

—Porque sigue moviendo la cola.

Se quedó pensando.

—Ojalá los humanos fuéramos tan simples.

Yo también lo deseaba.

Agustina se fue.

No con drama.

Con cansancio.

—No puedo competir con la muerte —me dijo.

No supe cómo responderle.

Esa noche escribí:

“Los veterinarios aprendemos a perder bien… pero no a amar bien.”

Empecé a salir menos.

A reír menos.

A sentir menos.

No por tristeza.

Por defensa.

Porque cuando sientes demasiado, este trabajo te destruye.

Un día llegó un perro atropellado.

Muy mal.

El dueño lloraba.

Yo hacía lo que podía.

—¿Va a vivir? —preguntó.

—No sé.

—¿Usted no sabe todo?

—No.

—Entonces ¿para qué estudió?

Me dolió.

Pero tenía razón.

Yo no estudié para ser dios.

Estudié para acompañar.

Y acompañar duele.

Esa noche, solo, con una cerveza barata, pensé:

Quizá el amor no es prometer quedarse.

Quizá es acompañar mientras se pueda.

Y yo sabía hacer eso.

 

CAPÍTULO 12

Cuando el veterinario se quiebra

Nadie te dice que este trabajo también te enferma.

No el cuerpo.

El alma.

No fue de golpe.

Fue lento.

Como una gotera en la cabeza.

Primero fue el cansancio.
Luego la irritación.
Después el vacío.

Me molestaba todo.

Los clientes.
Los proveedores.
Los estudiantes.
Los colegas.
Los perros que ladraban.
Los gatos que no cooperaban.
El ruido.

Yo.

Un día, mientras operaba un gato, me temblaron las manos.

Nunca me había pasado.

Respiré.

Se me pasó.

Pero algo quedó.

Empecé a olvidarme cosas.

Medicaciones.
Llamadas.
Nombres.

Yo, que siempre me acordaba de todo.

Una tarde llegó una señora con su perro agonizando.

—Doctor, sálvelo.

—No puedo.

—¡Para eso estudió!

Yo me quedé callado.

Ella gritaba.

El perro moría.

Y yo sentía… nada.

Y eso fue lo que más miedo me dio.

Esa noche no dormí.

No porque estuviera triste.

Sino porque mi cabeza no se callaba.

Pensamientos como mosquitos.

—No sirves.
—Ya no puedes.
—Esto te superó.

Un día cerré la clínica y me quedé sentado en el piso.

Apoyado contra la pared.

No lloré.

No pensé.

No sentí.

Solo me quedé ahí.

Como un mueble.

Empecé a llegar tarde.

A cancelar citas.

A pensar en dejarlo todo.

Una mañana me levanté y no quise ir.

No estaba enfermo.

Estaba vacío.

Me miré al espejo.

Ojeras.
Barba descuidada.
Mirada apagada.

Parecía un paciente mío.

Ese día atendí a un perro con cáncer.

El dueño me dijo:

—Doctor, ¿vale la pena seguir luchando?

Yo pensé en mí.

Y no supe qué responder.

Esa noche llamé a un viejo profesor.

—Estoy cansado —le dije.

—¿Cansado de qué?

—De todo.

—Entonces estás vivo.

Me contó que él también había querido dejarlo.

Dos veces.

—¿Y por qué no lo hizo?

—Porque un día entendí que no tenía que ser fuerte todo el tiempo.

Nadie nos enseña eso.

Nos enseñan a aguantar.

No a pedir ayuda.

Yo empecé a hablar.

Con amigos.

Con colegas.

Con gente que también estaba rota.

Y descubrí algo:

Todos lo estábamos.

Solo que fingíamos distinto.

Un día llegó Mateo.

El niño del conejo.

Ya estaba más grande.

—Doctor, ¿se acuerda de mí?

Claro que me acordaba.

—Yo quiero ser veterinario —me dijo.

Yo tragué saliva.

—¿Estás seguro?

—Sí.

—Es duro.

—Usted también es duro.

Eso me hizo sonreír por primera vez en semanas.

Ese día atendí con ganas.

No con energía.

Con ganas.

Y eso fue suficiente.

Aprendí algo:

No siempre tienes que ser fuerte.
A veces solo tienes que seguir.
Mal.
Lento.
Roto.

Pero seguir.

Esa noche escribí:

"No me quiebro porque sea débil. Me quiebro porque he sido fuerte demasiado tiempo."

 

CAPÍTULO 13

La muerte también enseña (y a veces se burla de ti)

Si hay algo que te vuelve humilde en esta profesión, es la muerte.

Si hay algo que te vuelve cínico, también.

La gente cree que los veterinarios estamos acostumbrados a ver morir.

Mentira.

Nunca te acostumbras.

Solo aprendes a disimular mejor.

Una vez llegó un señor con su perro ya muerto.

Literalmente muerto.

Duro.

Frío.

Inerte.

—Doctor, ¿todavía hay esperanza?

Yo lo miré.

Miré al perro.

Volví a mirarlo.

—Señor… ¿usted cree en milagros?

—Sí.

—Entonces ore.

Otra vez me trajeron una cacatúa.

—No habla —dijo la dueña.

—¿Desde cuándo?

—Desde ayer.

—¿Qué decía antes?

—Groserías.

Le hice pruebas.

El loro estaba perfectamente sano.

Solo estaba resentido.

Hay muertes tristes.

Hay muertes injustas.

Y hay muertes tan absurdas que parecen chiste.

 

Una vez un gato murió porque se tragó una media.

Una media.

¿Quién muere por una media?

Ese gato.

Un perro murió por comerse una funda de basura entera.

No lo juzgo.

Yo también he comido cosas peores en crisis.

Pero no todo es humor.

Hay despedidas que te rompen.

Una señora trajo a su perra de 16 años.

Ciega.

Sorda.

Con artritis.

Pero feliz.

—Doctor, ya es hora.

—¿Por qué?

—Porque ya no es la misma.

La perra movía la cola.

Yo la miré.

—Señora… usted tampoco es la misma.

No me volvió a hablar por un mes.

Un niño una vez me preguntó:

—Doctor, ¿los perros van al cielo?

—Claro.

—¿Y los veterinarios?

—Depende.

—¿De qué?

—De si fuimos buenos.

—¿Usted fue bueno?

—A veces.

—Entonces sí entra.

Eso fue más reconfortante que cualquier religión.

Aprendí que la gente no viene solo a que le mate al animal.

Viene a que le confirme que está bien sentir culpa.

Que está bien dudar.

Que está bien llorar.

Una vez una señora me dijo:

—Gracias por no juzgarme.

—¿Por qué la juzgaría?

—Porque estoy cansada.

Eso me dolió.

Porque yo también.

La eutanasia no es matar.

Es decidir que ya no hay que luchar.

Y eso pesa.

 

Pero también pasan cosas absurdas.

Una vez un perro se murió justo cuando el dueño estaba pagando.

El señor gritó:

—¡Ni para morirse pudo esperar!

Yo me tuve que morder la lengua.

Una vez un gato resucitó.

No es metáfora.

Lo habíamos dado por muerto.

La dueña estaba llorando.

De pronto el gato estornudó.

La señora gritó:

—¡MILAGRO!

Yo dije:

—No, reflejo.

Yo he visto más muertes que un noticiero.

Pero también he visto más amor que muchos matrimonios.

Una señora besó a su perro muerto en la frente.

Un señor le pidió perdón a su caballo.

Una niña le cantó a su gato mientras se iba.

Eso no te lo enseñan en la universidad.

Esa noche escribí:

"La muerte no es el problema. El problema es todo el amor que queda sin dónde ir."

 

CAPÍTULO 14

Dueños, locos, genios y especímenes humanos

Si tú quieres entender a un país, no leas periódicos.

Abre una veterinaria.

He visto perros educados.

Gatos nobles.

Loros educados.

Y humanos… humanos de todo tipo.

Una vez llegó una señora con un chihuahua envuelto en una manta.

—Doctor, mi hijo no come.

—¿Desde cuándo?

—Desde que se peleó con mi otro hijo.

—¿Cuál?

—Mi esposo.

El perro estaba perfecto.

La familia, no.

Otra vez un señor entró gritando:

—¡MI PERRO SE ESTÁ MURIENDO!

Yo salí corriendo.

Era un poodle.

Con hipo.

—Doctor, ¿es normal que mi gato me juzgue?

—Sí.

—¿Todo el tiempo?

—Más aún.

Había una señora que me traía a su perro cada semana.

—Está triste.

—¿Por qué?

—Porque lo dejé solo tres horas.

—Señora… yo también estaría triste si fuera usted.

No se rió.

Yo sí.

Por dentro.

Una vez me preguntaron:

—Doctor, ¿usted puede operarle para que ya no sea gay?

—¿Perdón?

—Mi perro se monta a otros machos.

—Señora… déjelo ser.

 

Un tipo vino con su pitbull.

—Es agresivo.

—¿Con quién?

—Con todos.

—¿Y usted?

—Yo también.

Tenían química.

Había clientes que creían que yo era veterinario, psicólogo, sacerdote y brujo.

—Doctor, ¿usted cree que mi gato me odia?

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Y por qué me mira así?

—Porque puede.

Una señora me dijo:

—Usted no entiende, él es como mi hijo.

—Entonces está bien malcriado —le respondí.

No volvió.

Una vez un señor me preguntó:

—Doctor, ¿mi perro es virgen?

Yo respiré.

—¿Por qué quiere saber eso?

—Para saber si lo dejo salir.

No supe qué responder.

Había dueños que no querían que el animal sufriera.

Y había dueños que no querían sufrir ellos.

No es lo mismo.

Una señora gritaba:

—¡HAGA ALGO!

—Estoy haciendo.

—¡HAGA MÁS!

—No soy Dios.

—¡Entonces para qué estudió!

Yo pensaba, para no ser Dios.

Una vez una clienta me dijo:

—Usted me entiende más que mi marido.

—Yo no la interrumpo.

—Por eso.

Me regalaban cosas raras:

Huevos.
Queso.
Plátanos.
Santos.
Oraciones.

Dinero casi nunca.

Un señor una vez me dijo:

—Doctor, usted tiene cara de buena persona.

—Eso es lo más peligroso que me han dicho hoy.

Yo aprendí algo:

El animal siempre dice la verdad.

El humano no.

Un perro no miente.

No finge.

No manipula, solo esos pequñines que pasan en brazos del amo.

No dramatiza.

No te escribe por WhatsApp a las 3 a.m. diciendo:

"Doctor, creo que ya se va a morir."

Y luego es gases.

Yo amaba a mis pacientes.

Pero mis historias favoritas siempre eran de los dueños.

Porque eran más raros.

Esa noche escribí:

"Los animales vienen enfermos. Los humanos vienen rotos."

 

CAPÍTULO 15

Los animales que me salvaron a mí

Uno cree que se hace veterinario para salvar animales.

Mentira.

Te haces veterinario para que ellos te salven a ti.

Yo llegué a esta profesión creyendo que iba a ser héroe.

Spoiler, nadie me aplaudió.

Pero sí me lamieron la cara.

Y eso fue mejor.

Hubo un perro llamado Tito.

Era feo.

Pero feo de verdad.

Tenía una oreja caída, la otra levantada, un ojo más grande que el otro y parecía que alguien lo había armado sin leer las instrucciones.

Lo iban a sacrificar.

—No es adoptable —dijo el rescatista.

—¿Por qué?

—Mírelo.

Yo lo miré.

Y me identifiqué.

Me lo llevé a casa.

No por compasión.

Por egoísmo.

Yo también necesitaba a alguien que no me juzgara.

Tito no sabía sentarse.

No sabía dar la pata.

No sabía nada.

Pero sabía acompañar.

Se sentaba a mi lado cuando yo no hablaba.

Se acostaba conmigo cuando yo no quería levantarme.

Me miraba cuando yo pensaba demasiado.

 

No intentaba arreglarme.

Solo estaba.

Y eso era suficiente.

Un día llegué borracho.

Muy borracho.

Me senté en el piso.

Tito se sentó conmigo.

Le dije:

—No sirvo para nada.

Me lamió la cara.

No me contradijo.

Pero tampoco se fue.

Eso fue más terapia que cualquier cosa.

Hubo un gato llamada Wacho.

Rescatado.

Arisco.

Malo.

Malo de verdad.

Me arañó.

Me mordió.

Me odió.

Yo también la odié.

Nos llevábamos bien.

Con el tiempo empezó a dormir cerca.

No conmigo.

Cerca.

Como diciendo,  no te quiero, pero no te mueras.

Un día me senté a llorar.

Wacho vino.

Se sentó frente a mí.

Me miró.

Y se fue.

Pero volvió.

Y se sentó.

Eso fue todo.

Pero fue suficiente.

 

Un loro me enseñó a reír.

Un caballo me enseñó a tener paciencia.

Una vaca me enseñó que hay días en los que no hay que pensar tanto.

Un perro viejo me enseñó a envejecer sin pedir disculpas.

Un gato ciego me enseñó que no necesitas verlo todo para confiar.

Yo no los salvé.

Ellos me sostuvieron.

 

Una vez un niño me dijo:

—Doctor, ¿usted es feliz?

Yo pensé.

—A veces.

—¿Cuándo?

—Cuando me esperan.

—¿Quiénes?

—Ellos.

Y tenía razón.

Cuando estás cansado, nadie te espera.

Excepto ellos.

Cuando fracasas, nadie te juzga.

Excepto ellos.

(pero con cariño)

Cuando te equivocas, nadie te abandona.

Excepto los gatos.

Pero eso ya es su personalidad.

Esa noche escribí:

"No soy veterinario porque amo a los animales. Soy veterinario porque ellos me enseñaron a amarme a mí."

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