Les propongo algo, a este libro quiero que lo vayamos contruyendo juntos, desde sus historias, entornos, lean como va la historia, y en los comentarios pueden poner de que temas tratar ...
PRÓLOGO
Nadie sueña con ser veterinario pensando en la gente.
Uno piensa en animales agradecidos, colas que se mueven, vidas salvadas.
Nadie te explica que vas a tratar más con el miedo humano que con enfermedades,
ni que vas a aprender más de pérdidas que de anatomía.
Este libro no es sobre héroes.
Es sobre estar.
Sobre intentar.
Sobre no irse.
Aquí hay humor, porque sin humor no se sobrevive.
Aquí hay verdad, porque mentir cansa más.
Si sigues leyendo, no es porque haya respuestas.
Es porque ya conoces estas preguntas.
CAPÍTULO
1
La vaca, el shaman y yo
Me gradué creyendo que
iba a salvar vidas.
Lo que nadie me dijo fue que primero tenía que aprender a no perder la mía.
La Universidad Central
me entregó un título, un apretón de manos y una palmada en la espalda que
decía: “Suerte, muchacho.”
Eso fue todo.
No hubo manual para lidiar con gente que no cree en antibióticos pero sí en
rezos, no hubo clase sobre cómo cobrar cuando no hay plata, y nadie me explicó
cómo decirle a alguien que su animal se va a morir… sin que intenten matarte a
ti primero.
Mi primera paciente
fue en un pueblo donde el bus llegaba cuando quería, la luz se iba por
costumbre y el veterinario anterior había desaparecido sin despedirse. Nadie
sabía por qué. Yo tampoco pregunté. Tenía demasiadas ganas de trabajar como
para ser precavido.
La primera llamada
llegó a las seis de la mañana.
—Doctor, se nos está
muriendo una vaca.
No dijo hola.
No dijo buenos días.
No dijo por favor.
Dijo se nos está muriendo una vaca, como si fuera mi culpa.
Me puse mi overol
cargado de ilusiones, agarré mi maletín nuevo, ese que todavía olía a plástico
y esperanza, y salí.
Cuando llegué, había
siete personas alrededor del animal,
el dueño, la esposa, la suegra, dos primos, un niño descalzo y un señor que nadie
sabía quién era, pero que opinaba con autoridad.
La vaca estaba echada,
respirando lento, mirándome como si yo fuera su última mala decisión.
—¿Usted es el
veterinario? —me preguntó el dueño.
—Sí, le respondí.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Graduado?
—Sí.
—¿De la Central?
—Sí.
Se miraron entre
todos.
—Ah… ya —dijo la
suegra—. Ojalá no se nos muera.
Yo también lo
esperaba.
—¿Qué le han hecho?
—pregunté.
—De todo, doctor.
Eso nunca es buena
noticia.
Le habían pasado un
huevo por el lomo, le habían rezado tres padres nuestros, le habían dado hasta
un poco de trago, le habían puesto ruda en las orejas y, según el señor
misterioso, la vaca estaba así porque la habían mirado con envidia.
Yo revisaba signos
vitales mientras ellos discutían cuál de todos había sido el mal de ojo
oficial.
Pensé:
Cinco años de universidad para esto.
La vaca me miraba con
esos ojos grandes, húmedos, resignados, como diciendo: “Este man no tiene idea
de lo que está haciendo.”
Y tenía razón.
Me arrodillé a su lado
con mi maletín nuevo, ese que todavía cerraba bien, que todavía no había sido
maldecido por el polvo, la sangre y la desesperación. Saqué mi estetoscopio
como quien desenfunda un arma… sin saber usarla.
—¿Desde cuándo está
así? —pregunté.
—Tres días.
—¿Y antes qué tenía?
—Nada.
Eso también era mala
noticia. En el campo, “nada” suele significar todo.
—Comía normal.
—¿Tomaba agua?
—Creo.
—¿Parió hace poco?
—No.
—¿La golpearon?
—No.
—¿Se cayó?
—No.
—¿Se peleó con otra
vaca?
—No.
—¿Entonces?
Se encogieron de
hombros.
—Se nos enfermó.
El señor misterioso
carraspeó.
—Yo le dije que era
envidia.
Nadie lo contradijo.
Yo revisé mucosas,
temperatura, pulso. Estaba débil. Muy débil. Probablemente una infección. Tal
vez un problema metabólico. Algo tratable… si no hubiera pasado tres días sin
atención real.
—Necesito que se
levante —dije.
—No puede —dijo la
suegra.
—Necesito que lo
intente.
—No va a poder.
—Vamos a ver.
Le di estímulos, le
hablé como si me entendiera. La vaca hizo el esfuerzo de levantarse, tembló… y
volvió a caer.
El niño se tapó los
ojos.
—Ya ve —dijo la
suegra—. Eso es porque no le han pasado el huevo hoy.
Respiré hondo. Primer
día de trabajo. No podía pelear con todo el pueblo.
—Voy a ponerle
medicamento —dije.
—¿Inyección? —preguntó
el dueño.
—Sí.
—Eso duele.
—Morirse duele más, le
respondí con la ceja levantada.
Nadie se rió. Yo sí,
por dentro.
Mientras preparaba la
dosis, el señor misterioso se acercó.
—Doctor, yo conozco de
estas cosas.
—Qué bien.
—A mí se me murió una
vaca igualita.
—Eso no ayuda.
—No, pero después supe
que era brujería.
Ahí supe que este
trabajo iba a ser más complicado de lo que imaginé.
Le puse el
tratamiento. Les expliqué lo que tenía. Les expliqué qué hacer. Les dejé
instrucciones claras.
Me miraron como si les
hubiera hablado en ruso.
—¿Entonces se salva?
—preguntó el dueño.
—Depende de cómo
responda.
—¿Sí o no?
—Depende.
—Pero dígame.
—No lo sé.
No les gustó esa
respuesta.
Volví a mi hogar con
una mezcla de orgullo y miedo. Orgullo porque había atendido mi primer caso.
Miedo porque no sabía si había hecho lo suficiente.
Esa noche no pude
dormir.
A las tres de la
mañana sonó mi celular.
—Doctor.
Ya me estaban diciendo
“doctor”. Eso era peligroso.
—Se murió la vaca.
Me vestí en silencio.
Cuando llegué, la vaca
estaba ahí, quieta, con esa quietud que no deja dudas.
Nadie lloraba.
Nadie gritaba.
Solo me miraban.
—Usted dijo que se
podía salvar.
—Dije que dependía.
—Se murió.
—Sí.
—Entonces no dependía.
Ahí entendí algo
fundamental de mi nueva vida,
Yo siempre iba a ser el culpable.
Me acerqué al animal.
Le cerré los ojos. No por protocolo, sino por respeto.
—¿Y ahora qué hacemos?
—preguntó alguien.
No sabía si hablaban
del cuerpo… o de mí.
Ese día entendí que
ser veterinario en el campo no era solo curar animales.
Era cargar con
expectativas irreales, ignorancia honesta, desesperación, creencias, y
pérdidas.
Era ser médico,
sacerdote, psicólogo y chivo expiatorio.
Y apenas era el primer
día.
CAPÍTULO 2
Se murió, pero no era mi culpa (creo)
La primera muerte
profesional siempre te persigue.
No importa cuántos años
pasen, cuántos animales salves después, cuántos títulos cuelgues en la pared.
Esa primera vez se queda ahí, sentada en tu conciencia, mirándote como
diciendo: “¿Seguro que sirves para esto?”
Yo volví a mi cuarto
esa madrugada con olor a vaca muerta en la ropa y una sensación rara en el
estómago. No era hambre. Era algo entre culpa, miedo y ganas de llorar… pero no
lloré. Porque en el campo nadie llora por una vaca. Se la reemplaza. Se la
come. Se la olvida.
O eso dicen.
A las ocho de la
mañana, cuando todavía estaba tratando de convencerme de que no había sido mi
culpa, alguien me llamaba otra vez al teléfono.
—Doctor.
Ya me estaban diciendo
“doctor” como si fuera una maldición.
Era el dueño de la
vaca.
—Tenemos que hablar.
Eso tampoco era buena
señal.
Me llevó donde el
animal estaba tapado con una lona. Alrededor había gente, como si se hubiera
muerto una persona importante. Tal vez lo era.
—¿Cuánto nos va a
devolver? —me preguntó.
—¿Devolver?
—Sí, pues. Usted vino,
le puso inyección, se murió. Eso no funcionó.
—La revisé cuando ya
estaba muy mal.
—Pero usted es el
doctor.
—Sí.
—Entonces tiene que
responder.
Yo tenía 24 años y ya
me estaban pidiendo cuentas como si fuera el ministro de Agricultura.
—No todo se puede
salvar —dije.
—Eso no es lo que uno
espera de un doctor —respondió la suegra, que había aparecido como invocada.
Ahí entendí que el
problema no era la vaca.
Era yo.
Esa semana se me
murieron dos gallinas, un cuy viejo y un perro que ya venía muerto desde hace
rato.
Y adivina qué tenían
en común.
Yo.
—Doctor, desde que
usted llegó, todo se muere.
Eso me dijo una señora
sin ironía.
Yo quería responder:
“No, señora, todo se muere desde siempre, solo que ahora yo doy la cara.”
Pero no lo dije.
Sonreí.
Porque eso hacen los
que quieren sobrevivir.
Empecé a notar
patrones.
La gente llamaba
cuando ya no había nada que hacer.
Me pedían milagros.
Yo ofrecía ciencia.
Ellos querían magia.
Un día me llevaron un
perro con fiebre.
—Ocho días así —dijo
el dueño.
—¿Y por qué no llamó
antes?
—Pensamos que se le pasaba.
—¿Con qué?
—Con fe.
Le salvé la vida.
Y aún así se quejó
porque el perro quedó flaco.
Empecé a entender que
el problema no era la ignorancia.
Era la pobreza.
Era no tener plata
para llamar antes.
Era no tener cómo transportarse.
Era no querer aceptar que algo se estaba muriendo porque no había cómo
reemplazarlo.
En la universidad
nadie te enseña eso.
Te enseñan anatomía.
No te enseñan desesperación.
Esa noche escribí en
una libreta que me había regalado mi mamá:
“No todo lo que se
muere es culpa mía. Pero todo lo que se muere me va a doler como si lo fuera.”
Luego cerré el
cuaderno.
Y seguí.
A la semana siguiente
me llamaron por un perro.
—Está raro —me
dijeron.
Eso puede significar
cualquier cosa.
Cuando llegué, el
perro estaba perfectamente bien.
—¿Entonces? —pregunté.
—Es que no se mueve.
—Está durmiendo.
—Ah.
—¿Desde cuándo?
—Desde anoche.
—¿Y qué hora es?
—Siete de la mañana.
Respiré lento.
—Doctor —dijo la
señora—, es que uno nunca sabe.
Ahí entendí otra
cosa!.
No me llamaban solo
por los animales.
Me llamaban por miedo.
Y así, entre muertes
que no podía evitar, vidas que lograba salvar y gente que no sabía cómo pedir
ayuda sin disfrazarla de reclamo, empecé a convertirme en veterinario de
verdad.
No el de los libros.
El de la vida.
CAPÍTULO 3
El perro que valía más que el matrimonio
Yo no sabía que un
perro podía salvar un matrimonio.
Tampoco sabía que
podía destruirlo.
Un día me llamaron de
una casa que parecía tener más grietas que afecto. La señora me recibió con una
sonrisa tensa, de esas que no son sonrisa sino amenaza.
—Doctor, mi perrito
está muy mal.
El perrito era un
chihuahua con más juguetes que dignidad.
—¿Qué tiene?
—pregunté.
—No come.
—¿Desde cuándo?
—Desde que mi esposo
se fue.
Ahí ya no estaba
seguro de ser el profesional adecuado.
El perro estaba
perfectamente sano. Temperatura normal, pulso normal, mirada normal… lo único
raro era que me observaba como si entendiera todo.
—El perro no está
enfermo —dije.
—¿Cómo que no?
¡Mírelo! Está triste.
—Sí, pero triste no es
diagnóstico.
—¿Y usted qué sabe? Si
es doctor.
Yo respiré hondo.
—Sé de animales,
señora.
—Entonces arréglelo me
respondió
—No es un televisor.
Mientras hablábamos,
entró el esposo.
Ni se miraron.
—¿Ese es el
veterinario? —dijo él.
—Sí —respondió ella—.
Dice que el perro no está enfermo.
—Claro que está
enfermo —dijo él—. Desde que usted se puso loca.
Yo quería desaparecer.
—Señores —intervine—,
el perro no tiene nada físico. Pero los animales sienten el ambiente. Si hay
estrés, tristeza, gritos…
—¿Vio? —dijo ella—.
¡Usted lo estresa!
—¿Yo? ¡Si usted llora
todo el día!
—¡Porque usted me
engañó! Respondió la señora.
Silencio.
El perro bostezó.
Yo miré al perro.
El perro me miró.
Éramos los únicos
adultos ahí.
Me senté.
—No necesitan un
veterinario —dije—. Necesitan terapia.
—¿Usted también hace
eso? —preguntó ella.
—No, pero puedo
cobrarles igual.
Nadie se rió.
Les expliqué que el
perro estaba absorbiendo la tensión de la casa. Que no era magia. Que no era
enfermedad. Que era convivencia.
—¿Y qué hacemos?
—preguntó él.
—O se arreglan… o se
separan —dije—. Pero dejen de usar al perro como excusa.
Eso fue imprudente.
Pero honesto.
Me echaron de su
hogar.
Sin embargo, la señora
regresó y volví a ver al perro dos semanas después.
Comiendo. Moviendo la
cola. Feliz.
—Se mejoró —dijo ella.
—¿Y ustedes? Le
pregunté.
—Nos separamos.
—Ah.
—Pero ahora él duerme
conmigo.
El perro me miró.
Yo asentí.
No todo final feliz es
el que uno espera.
Esa noche escribí en
mi cuaderno:
“Los animales no se
enferman de amor. Se enferman de humanos.”
A partir de ese día,
empecé a recibir llamadas que no eran realmente por animales.
—Doctor, mi gato ya no
me quiere.
—Doctor, mi pato me
ignora.
—Doctor, mi caballo me
mira raro.
Yo ya sabía.
No querían
diagnósticos.
Querían a alguien que
les diga que no estaban solos.
Y yo… sin querer… me
estaba convirtiendo en eso.
CAPÍTULO 4
Pago en gallinas, fiado en fe
En la universidad no
me enseñaron a cobrar.
El ejercicio de la
profesión me enseñó a sobrevivir.
Mi primera factura fue
una ilusión. La imprimí bonita, con mi nombre completo, número de cédula,
dirección, todo. Me sentí profesional. Importante. Como si eso fuera a cambiar
algo.
La llevé a la casa de
don Efraín, un señor que tenía más arrugas que dientes y más gallinas que
paciencia.
—Son cién dólares —le dije.
Me miró.
—¿En serio?
—Sí.
Se rascó la cabeza.
—Doctor… yo no tengo
eso.
—Entonces, ¿por qué me
llamó?
—Porque el perro se
estaba muriendo.
—Y ahora ya no, le
respondí.
—Ajá.
—Entonces hay que
pagar.
Me miró como si yo
fuera un animal más raro que los que atendía.
—Le puedo dar tres
gallinas.
—No vendo pollos
—dije.
—No, pero come, ¿no?
Y así empezó todo.
Esa semana me pagaron
con:
• Dos gallinas
• Un saco de papas
• Queso
• Huevos
• Un reloj que no funcionaba
• Una radio que solo agarraba una emisora
• Y una promesa de pago que jamás se cumplió
Yo no estaba quebrado.
Estaba alimentado.
Un día le salvé la
vida a una ternera.
La dueña lloraba de
emoción.
—Doctor, usted es un
ángel.
—No —dije—, soy
veterinario.
—Le debo la vida.
—No, me debe dinero.
Ahí se acabó el
romanticismo.
—No tengo —me dijo.
—Entonces, ¿cómo
hacemos?
Pensó un rato.
—¿Acepta una
bendición?
—No.
—¿Un almuerzo?
—Sí.
Me empecé a dar cuenta
de que nadie quería deberme.
Pero nadie podía
pagarme.
Así que me debían.
Y eso es peor.
Porque cuando alguien
te debe plata, te quiere lejos.
Un día una señora me
llamó desesperada.
—Doctor, mi chancho
está muriendo.
—¿Qué tiene?
—No se levanta.
—¿Desde cuándo?
—Desde ayer.
—Voy.
El chancho estaba
echado, gordo, respirando lento. Estaba viejo. Muy viejo.
—Está muriendo de edad
—dije.
—¿Y no puede hacer
nada?
—No.
—Pero usted es doctor.
—No soy Dios.
No le gustó esa
respuesta.
—¿Cuánto es?
—preguntó.
—30 dólares.
—Le puedo dar medio
chancho.
—¿Está vivo o muerto?
—Todavía vivo.
—Entonces no.
Cuando finalmente
murió, me llamó.
—Venga.
—¿Para qué?
—Para que vea.
—¿Ver qué?
—Que sí se murió.
Gracias.
Al final me dio un
pedazo de carne.
Yo lo acepté.
Porque ese día no
había comido.
Ahí entendí otra cosa:
La ética no se come.
Una tarde estaba
contando mis “ingresos”:
dos gallinas amarradas en el patio, un saco de arroz, una caja de huevos y tres
billetes arrugados.
Yo no era pobre.
Yo era rural.
Un día mi mamá me
llamó.
—¿Cómo estás?
—Bien.
Mentí.
—¿Estás ganando plata?
—Sí.
Mentí mejor.
—¿Estás comiendo?
—Sí.
Eso sí era verdad.
Me pregunté muchas
veces si había tomado la decisión correcta.
Si no debía volver a
la ciudad.
Si no debía buscar
algo más cómodo.
Si no debía dejar
todo.
Pero luego me llamaban
por un animal.
Y yo iba.
Siempre iba.
No sé por qué.
Esa noche escribí:
“No me pagan con
dinero. Me pagan con necesidad.”
CAPÍTULO 5
Doña Mechita y el gato
poseído
Doña Mechita me llamó
un martes, martes trece para ser exactos.
Los martes trece
siempre traen problemas.
—Doctor, mi gato está
endemoniado.
—¿Cómo?
—Poseído.
—¿Por quién?
—No sé… pero ya no es
el mismo.
Suspiré.
—¿Qué hace?
—Me mira raro.
—¿Algo más?
—Camina de noche.
—Es un gato.
—Antes no era así.
Cuando llegué, el gato
estaba sentado en una silla, como una persona. Eso fue lo primero que me inquietó.
No porque fuera
extraño, sino porque parecía cómodo.
—Ese no es mi gato —me
dijo.
—¿Cómo que no?
—El mío era bueno.
—¿Y este?
—Este me juzga.
El gato me miró.
Yo también me sentí
juzgado.
—¿Qué ha comido
últimamente? —pregunté.
—Nada raro.
—¿Nada raro según
quién?
—Según Dios.
Lo revisé. Estaba
flaco, deshidratado, con fiebre.
—Tiene infección
—dije.
—No, doctor —me
interrumpió—. Tiene demonio.
—Tiene bacterias.
—No, señor. Tiene un
espíritu.
—Las bacterias son
espíritus científicos.
No se rió.
Me contó que había
llevado al gato donde un curandero.
—Le soplaron
aguardiente.
—¿Al gato?
—Y a mí también.
—¿Eso ayudó?
—No.
—Entonces no era
demonio.
—O era uno fuerte.
Le puse tratamiento.
—Esto se le da cada
ocho horas —le expliqué—. Y tiene que comer.
—¿Y si el demonio no
quiere?
—Le obliga.
—¿Y si me hace algo?
—¿El gato?
—El demonio.
—Yo le tengo más miedo
a la pobreza que al demonio.
No entendió.
Volví dos días
después.
El gato estaba mejor.
Comiendo. Caminando.
Normal.
—Se está yendo —dijo
Doña Mechita.
—¿Qué?
—El demonio.
—No era demonio.
—No importa. Se va.
Una semana después me
llamó otra vez.
—Doctor.
—¿Qué pasó ahora?
—El demonio se fue…
pero dejó el carácter.
—¿Cómo?
—Ahora me ignora.
—Es un gato.
—Antes no era así.
Esa noche escribí:
“La gente no quiere
que cures al animal. Quiere que cures lo que no entiende.”
Desde entonces me
empezaron a llamar por casos raros.
—Doctor, mi gallina
está embrujada.
—Doctor, mi perro ve cosas.
—Doctor, mi chancho no quiere a mi suegra.
Y yo iba.
Porque en el fondo no
era por los animales.
Era por miedo.
Y el miedo siempre
quiere cara humana.
Un día le pregunté a
un señor por qué no iba al médico.
—Porque allá me dicen
que estoy enfermo.
—¿Y aquí?
—Aquí me dicen que
estoy embrujado.
—¿Y eso es mejor?
—Más bonito.
Yo empecé a entender
que mi trabajo no era solo dar medicinas.
Era traducir la
realidad.
CAPÍTULO 6
El perro presidencial
Yo no sabía que un
perro podía tener más poder que yo.
Pero ese día lo
aprendí.
Me llamaron de una
casa grande, con rejas grandes y gente que hablaba bajito. Eso ya era
sospechoso.
—Doctor, necesitamos
que venga urgente.
—¿Qué pasó?
—Es… delicado.
—Todos dicen eso.
Cuando llegué, el
perro estaba mejor vestido que yo.
No es metáfora.
Tenía una manta
limpia, comida especial, y una señora abanicándolo.
—¿Qué tiene?
—pregunté.
—Está decaído —me dijo
un hombre con camisa planchada.
—¿Desde cuándo?
—Desde ayer.
—¿Comió?
—Sí.
—¿Bebió?
—Sí.
—¿defecó, orinó?
—Sí.
—Entonces no está
decaído, está aburrido.
No les gustó.
—Doctor —dijo el
hombre—, este perro es importante.
—Todos los perros son
importantes, le respondí.
—Este más.
—¿Por qué?
—Porque es para un
evento.
—¿Qué evento?
—Político.
Ahí entendí todo.
Era un perro
ceremonial.
No preguntes.
En este país hay cosas
que uno no pregunta.
—Tiene una leve
infección —dije—. Nada grave.
—¿Se va a morir?
—No.
—¿Está seguro?
—Más que de muchas
cosas en mi vida.
—¿Puede garantizarlo?
—No soy candidato.
Le puse tratamiento.
—Doctor —me dijo el
señor—, usted es una persona discreta.
—Depende.
—Esto no debe saberse.
—¿Qué?
—Que el perro estuvo
enfermo.
—¿Por qué?
—Porque representa
prosperidad.
—Está representando
fiebre.
Antes de irme, me
ofrecieron “algo”.
—Para su molestia.
Yo miré.
Era más plata de la
que había visto en meses.
La acepté.
No con orgullo.
Con necesidad.
Dos días después me
llamaron.
—Doctor, el perro está
mejor.
—Me alegra.
—El evento fue un
éxito.
—Qué bueno.
—Queremos agradecerle.
—Ya me agradecieron.
—No, más.
Ahí empezó mi
problema.
Desde ese día, me
empezaron a llamar para cosas raras:
• “Revise este perro,
es de un concejal.”
• “Este caballo es de alguien importante.”
• “No le diga a nadie.”
• “Hágalo rápido.”
• “No cobre.”
• “Luego lo llamamos.”
Nunca llamaban.
Empecé a entender cómo
funcionaba el poder.
No gritaba.
Susurraba.
Una tarde me encontré
con don Efraín, el de las gallinas.
—Doctor, dicen que
ahora usted trabaja con los grandes.
—Yo trabajo con
animales.
—Pero con animales
caros.
No supe qué responder.
Esa noche escribí:
“En este país, hasta
los animales tienen clase social.”
Y también escribí otra
cosa:
“Si aceptas favores,
te conviertes en deuda.”
Yo ya debía demasiado.
CAPÍTULO 7
Emergencias a las 3 a.m.
Las verdaderas
tragedias ocurren a las tres de la mañana.
No a las doce.
No a las cinco.
A las tres.
A esa hora en que tu
cerebro está apagado, tu cuerpo no sabe si sueña o vive, y cualquier ruido
suena como sentencia.
Mi teléfono empezó a
sonar.
No vibrar.
Sonar.
Como si quisiera
despertarme por odio.
—Doctor —dijo una voz
desesperada—, puedo ir a su clínica.
—¿Qué pasó?
—Es una emergencia.
—¿Qué tipo?
—Urgente.
Eso no responde nada.
—¿Qué tiene el animal?
—No sé.
—¿Cómo que no sabe?
—estoy ahí en 10
minutos respondió.
Me puse el pantalón al
revés, la camiseta al revés, y salí. No me importó. A esa hora, la dignidad no
existe.
Cuando llegué , la
paciente era un perrita joven no mayor de3 años.
—¿Qué tiene?. Le
pregunté
—No duerme.
Miré el reloj.
—Son las tres de la
mañana.
—Sí.
—¿Y?
—Siempre duerme.
—Tal vez hoy no.
—Nunca ha pasado.
—Bueno, hoy pasó.
—Entonces está enferma.
Yo respiré lento.
—¿Qué más hace?
—Nada.
—¿Nada malo?
—Nada.
—Entonces no está
enferma.
—Pero usted es doctor.
—No soy mago.
Volví a mi hogar a las
cuatro de la mañana.
A las cinco me
llamaron otra vez.
—Doctor.
—¿Qué pasó ahora?
La perra está triste.
—¿Desde cuándo?
—Desde ayer.
—¿Por qué me llama
ahora?
—Porque ahora lo
siento más triste.
Dormía dos horas por
noche.
A veces ninguna.
La clínica no tiene
horarios.
Tiene problemas.
Una noche me llamaron
por un parto distócico de una bulldog francés.
Llegué.
Todo bien.
Los cachorros nacieron
bien.
Todos felices.
Yo feliz.
Cuando estaba
regresando, sonó el teléfono.
—Doctor, mi gallo está
raro.
—Son las cuatro.
—Sí, pero está raro.
—¿Qué hace?
—Canta.
—Es un gallo.
—Pero triste.
Colgué.
Empecé a soñar con
animales.
No sueños lindos.
Sueños donde me
reclamaban.
—No llegaste a tiempo.
—No hiciste suficiente.
—No sabías.
Yo despertaba sudando.
Una madrugada, después
de una emergencia real, me senté en la vereda, con frío, cansado, solo.
Pensé:
“Yo no elegí este
horario. Este horario me eligió a mí.”
La gente empezó a
decir:
—El doctor nunca
duerme.
Eso no era un halago.
Era una condena.
Un día una señora me
llamó.
—Doctor, disculpe la
hora.
—No se preocupe, ya
estaba despierto.
—¿Por qué?
—Porque siempre lo estoy.
Silencio.
—Doctor —dijo—, ¿usted
está bien?
Nadie me había
preguntado eso.
Nadie.
—Sí —mentí.
Esa noche escribí:
“No estoy cansado.
Estoy agotado.”
Y también:
“Si sigo así, un día
no voy a despertar.”
Me reí.
No era chiste.
CAPÍTULO 8
El día que quise renunciar
No fue un día
especial.
Eso fue lo peor.
No pasó nada
extraordinario. No hubo tragedias enormes. No murió ningún animal frente a mí.
No me insultaron más de lo normal.
Simplemente… ya no
podía.
Me desperté cansado.
No físicamente.
Cansado de existir.
Me puse mi pijama
quirúrgica con lentitud. Como si cada movimiento fuera una negociación con mi
cuerpo.
—Un día más —me dije—.
Solo un día más.
Eso me decía todos los
días.
El primer
paciente fue a las siete.
—Doctor, mi perro no
quiere comer.
—¿Desde cuándo?
—Desde hoy.
—¿Qué hora es?
—Siete.
—¿Le dio tiempo?
—No.
La segunda llamada fue
por una gata.
—Está rara.
Esa palabra me
perseguía.
Raro.
Diferente.
No es como antes.
Nadie es como antes.
La tercera llamada fue
por un loro.
—No habla.
—¿Desde cuándo?
—Desde que murió mi
esposo.
Eso ya no era
veterinaria.
Era duelo.
Cuando regresé a mi
cuarto, me senté en la cama y me quedé ahí. Sin moverme. Sin pensar.
Solo ahí.
El techo tenía una
mancha con forma de perro.
Eso me pareció cruel.
Esa tarde me llamaron
otra vez.
—Doctor.
—No.
—¿Cómo que no?
—No voy.
—Pero es una
emergencia.
—Todo es emergencia.
Silencio.
—Doctor… si no viene,
se muere.
—Todos se mueren.
Colgué.
Me quedé mirando mis
manos.
Manos que habían
sostenido animales vivos.
Manos que habían sostenido animales muertos.
Manos que habían prometido cosas que no podía cumplir.
Pensé:
“Yo no pedí ser
imprescindible.”
Pero lo era.
Y eso pesa más que
cualquier saco de papas.
Agarré mi maletín.
Lo abrí.
Estaba desordenado.
Sucio.
Cansado como yo.
Había medicamentos
vencidos.
Eso me pareció
simbólico.
Salí.
Caminé sin rumbo.
Un perro me siguió.
—No me mires así —le
dije—. No tengo nada para darte.
Me siguió igual.
Llegué a un puente.
Me apoyé en la
baranda.
No estaba pensando
nada peligroso.
Solo estaba cansado de pensar.
Pensé en mi mamá.
En mis profesores.
En todo lo que había querido ser.
Y en lo que era.
Una voz me sacó del
trance.
—Doctor.
Era un niño.
Tenía un hamster en
las manos.
—Se está muriendo.
Lo miré.
El hamster estaba
helado.
Respiraba lento.
Muy lento.
—¿Desde cuándo está
así? —pregunté.
—Desde hoy.
—¿Qué le pasó?
—Nada.
Eso otra vez.
Lo llevé a la clínica.
Lo revisé.
No había mucho que
hacer.
El niño me miraba como
si yo fuera Dios.
Yo no podía serlo.
—Va a morir —le dije.
—¿Usted no puede
salvarlo?
—No siempre.
—¿Por qué?
No supe qué decir.
El hamster murió en
silencio.
El niño no lloró.
Solo lo abrazó.
—Gracias por
intentarlo —me dijo.
Eso fue todo.
Cuando se fue, yo me
senté.
Y lloré.
No por el hamster.
Por mí.
Esa noche escribí:
“No quiero salvar al
mundo. Solo quiero que me dejen descansar.”
Pero al día siguiente
teníamos que abrir la clínica otra vez.
Y fui.
CAPÍTULO 9
El niño que me enseñó a ser veterinario
El niño se llamaba
Mateo.
Tenía ocho años, las
rodillas peladas, los zapatos rotos y una seriedad que no le correspondía a su
edad.
Vino a la clínica con
su conejo.
—No se mueve —dijo.
—¿Desde cuándo?
—Desde hoy.
—¿Qué le pasó?
—Nada.
Siempre nada.
El conejo estaba en
una caja de zapatos, envuelto en una camiseta vieja. Mateo lo miraba como si
fuera un tesoro.
—¿Es tuyo? —pregunté.
—No —dijo—. Es de mi
mamá.
—¿Y por qué lo traes
tú?
—Porque ella está
trabajando.
—¿Dónde?
—Lejos.
Eso significaba todo.
Revisé al conejo.
Estaba muy mal.
Desnutrido, débil, con una infección que llevaba días.
—¿Lo alimentan?
—pregunté.
—Yo sí.
—¿Y tu mamá?
—Cuando puede.
Mateo no preguntaba si
iba a vivir.
Preguntaba cómo.
—¿Eso es su corazón?
—¿Eso es su pulmón?
—¿Eso duele?
Yo le respondía todo.
No por obligación.
Por respeto.
—Doctor —me dijo—, ¿usted
siempre ha sido veterinario?
—No.
—¿Y qué era antes?
—Un niño como tú.
—¿Con conejos?
—Con perros.
—¿Y se le morían?
—Sí.
—¿Y qué hacía?
—Lloraba.
—¿Y ya no llora?
Mentí.
—No.
Le puse tratamiento al
conejo.
No sabía si iba a
funcionar.
Pero lo intenté.
—Tienes que darle esto
cada ocho horas —le dije.
—¿Aunque esté en la
escuela?
—Sí.
—¿Aunque esté
lloviendo?
—Sí.
—¿Aunque no tenga
plata?
—Sí.
Me miró serio.
—Entonces sí se va a
salvar.
No supe qué responder.
Mateo venía todos los
días.
Todos.
A contarme cómo iba el
conejo.
A contarme cosas.
A enseñarme su mundo.
—Mi papá se fue.
—Mi mamá trabaja mucho.
—Yo quiero ser veterinario.
Yo no sabía si sentir
orgullo o miedo.
Una tarde llegó
corriendo.
—¡Doctor, ya se mueve!
Yo fui con él.
El conejo estaba comiendo.
No mucho.
Pero algo.
Mateo lo miraba como
si hubiera resucitado.
—Usted lo salvó.
—No —le dije—. Tú lo
salvaste.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Se rió.
Esa noche pensé en por
qué había querido ser veterinario.
No por dinero.
No por estatus.
No por vocación divina.
Porque cuando era
niño, un perro me hizo sentir menos solo.
Y yo quise devolver
eso.
Una semana después, el
conejo murió.
Mateo vino.
No lloró.
—Gracias —me dijo.
—Perdón —le dije.
—No.
—No se salvó.
—Sí.
—¿Cómo?
—Vivió mejor.
Yo no supe qué decir.
Cuando se fue, me
quedé sentado mucho rato.
Pensando.
Ese niño entendía más
de la vida que yo.
Esa noche escribí:
“Ser veterinario no es
salvar animales. Es acompañarlos.”
Y también:
“A veces, acompañar es
lo único que puedes hacer.”
CAPÍTULO 10
Crisis, billetes y cadáveres
En una época que
prefiero no recordar el país no se cayó.
Se desarmó.
Como un animal viejo
que ya no se puede levantar.
Primero fue el dinero.
Después fueron los
bancos.
Después fueron las
familias.
Después fueron los
perros.
Y al final, fuimos
nosotros.
Yo tenía la clínica
recién abierta.
Un cuartito alquilado,
una camilla coja, una balanza que mentía y un estetoscopio que había comprado
en cuotas.
Me sentía médico.
Hasta que empezó la
crisis.
Un día una señora
llegó con su gato.
—Doctor, no come.
—¿Desde cuándo?
—Desde que no hay
comida.
El gato estaba flaco.
La señora también.
—¿Qué le da de comer?
—Lo que hay.
—¿Qué hay?
—Nada.
La gente empezó a
elegir.
Y cuando hay que
elegir, los animales pierden.
No por maldad.
Por hambre.
Llegaban perros
atropellados.
No porque los
atropellaran.
Porque ya no tenían
fuerzas para esquivar.
Llegaban animales
enfermos.
No porque estuvieran
mal.
Porque ya no valía la
pena cuidarlos.
—Doctor, ¿cuánto
cuesta?
—Veinte dólares.
—Tengo diez.
—Está bien.
—¿Y si no tengo nada?
Yo respiraba hondo.
—También está bien.
Me endeudé.
Mucho.
Con proveedores.
Con amigos.
Con la vida.
Un día llegó Don
Esperidión con su Gran Danés.
El perro estaba viejo.
Muy viejo.
—Doctor, ya no camina.
—¿Y qué quiere que
haga?
—Que lo duerma.
—¿Está sufriendo?
—No.
—Entonces no.
Me miró raro.
—Pero ya no sirve.
—No es una licuadora
—le dije.
Se quedó callado.
—Yo tampoco sirvo ya
—me dijo.
Eso me rompió más que
cualquier diagnóstico.
En esa época la gente
se fue.
España.
Italia.
Estados Unidos.
Se iban los dueños.
Se quedaban los
animales.
Llegaban a la clínica
con cartas amarradas al cuello:
“Cuídelo, doctor.”
“No tengo con quién
dejarlo.”
“Volveré.”
No volvían.
Un día encontré un
perro amarrado a la puerta.
Con una funda de
comida vacía.
Y una nota que decía
“No puedo más.”
Yo tampoco podía más.
Dormía poco.
Comía mal.
Reía menos.
Pensaba en irme.
Una noche, después de
cerrar, me quedé sentado en la camilla.
Con la luz apagada.
Pensando.
—¿Qué haces aquí,
Carlos?
No supe.
Afuera se escuchaban
sirenas.
Gente gritando.
Televisores prendidos.
El país desangrándose
en cuotas.
Al día siguiente,
entró una niña.
Con un perro anciano.
—Mi mamá dice que ya
no hay plata para él.
—¿Y tú qué dices?
—Que él estuvo cuando
mi papá se fue.
Eso fue todo.
Lo atendí.
Gratis.
Como siempre.
Me quedé sin dinero.
Pero con algo raro en
el pecho.
Algo que no era
tristeza.
Era convicción.
Ese año aprendí que:
La crisis no mata de
golpe.
Te va quitando cosas.
Primero la seguridad.
Luego la dignidad.
Luego la ternura.
Y los veterinarios,
sin querer, nos volvemos guardianes de lo último.
De lo poco que queda.
Esa noche escribí:
“Cuando todo se cae,
los animales nos recuerdan que todavía somos humanos.”
CAPÍTULO 11
El amor, el sexo y las cicatrices
Ser veterinario no me
volvió sabio.
Me volvió cansado.
Y cuando uno está
cansado, ama mal.
Yo creía que el amor
era como las películas,
miradas intensas, besos bajo la lluvia, promesas eternas.
La realidad era más
parecida a esto:
—Carlos, ¿vas a llegar
hoy?
—No sé.
—¿Por qué nunca sabes?
—Porque siempre hay
alguien muriéndose.
—Yo también me estoy
muriendo aquí.
Se llamaba Agustina.
Estudiaba comunicación
social.
Le gustaban los
hombres sensibles.
Hasta que se cansó de
que yo siempre oliera a perro.
Una vez salimos a
cenar.
Yo llegué tarde.
Muy tarde.
—¿Qué pasó ahora? —me
preguntó.
—Una perra.
—¿Una perra?
—Prolapso uterino.
—¿Eso qué es?
—Algo horrible.
—Siempre es algo
horrible.
Tenía razón.
Yo hablaba de
animales.
Ella hablaba de sus
sueños.
Yo hablaba de
enfermedades.
Ella hablaba de
viajes.
Yo hablaba de
eutanasias.
Ella hablaba de bodas.
No coincidíamos ni en
el menú.
Una vez me dijo:
—Tú amas más a los
animales que a las personas.
Le respondí sin
pensar:
—Los animales no
mienten.
Eso fue el principio
del fin.
No es que yo no
quisiera amar.
Es que no sabía cómo
hacerlo sin anestesia.
Con el tiempo, mi
corazón se volvió como una cicatriz mal cerrada,
duro por fuera, sensible por dentro.
Una noche atendí un
parto complicado de una perra.
Murieron dos
cachorros.
Sobrevivieron cuatro.
La madre estaba
exhausta.
Yo también.
Salí de la clínica a
las 3 a.m.
No tenía a quién
llamar.
Eso dolió más que
cualquier ruptura.
Ahí entendí algo
horrible:
Yo estaba acostumbrado
a despedirme.
De animales.
De personas.
De ilusiones.
Un día llegó a
consulta una mujer mayor con un perro ciego.
—¿Todavía puede ser
feliz? —me preguntó.
—Sí.
—¿Cómo sabe?
—Porque sigue moviendo
la cola.
Se quedó pensando.
—Ojalá los humanos
fuéramos tan simples.
Yo también lo deseaba.
Agustina se fue.
No con drama.
Con cansancio.
—No puedo competir con
la muerte —me dijo.
No supe cómo
responderle.
Esa noche escribí:
“Los veterinarios
aprendemos a perder bien… pero no a amar bien.”
Empecé a salir menos.
A reír menos.
A sentir menos.
No por tristeza.
Por defensa.
Porque cuando sientes
demasiado, este trabajo te destruye.
Un día llegó un perro
atropellado.
Muy mal.
El dueño lloraba.
Yo hacía lo que podía.
—¿Va a vivir?
—preguntó.
—No sé.
—¿Usted no sabe todo?
—No.
—Entonces ¿para qué
estudió?
Me dolió.
Pero tenía razón.
Yo no estudié para ser
dios.
Estudié para
acompañar.
Y acompañar duele.
Esa noche, solo, con
una cerveza barata, pensé:
Quizá el amor no es
prometer quedarse.
Quizá es acompañar
mientras se pueda.
Y yo sabía hacer eso.
CAPÍTULO 12
Cuando el veterinario se quiebra
Nadie te dice que este
trabajo también te enferma.
No el cuerpo.
El alma.
No fue de golpe.
Fue lento.
Como una gotera en la
cabeza.
Primero fue el
cansancio.
Luego la irritación.
Después el vacío.
Me molestaba todo.
Los clientes.
Los proveedores.
Los estudiantes.
Los colegas.
Los perros que ladraban.
Los gatos que no cooperaban.
El ruido.
Yo.
Un día, mientras
operaba un gato, me temblaron las manos.
Nunca me había pasado.
Respiré.
Se me pasó.
Pero algo quedó.
Empecé a olvidarme
cosas.
Medicaciones.
Llamadas.
Nombres.
Yo, que siempre me
acordaba de todo.
Una tarde llegó una
señora con su perro agonizando.
—Doctor, sálvelo.
—No puedo.
—¡Para eso estudió!
Yo me quedé callado.
Ella gritaba.
El perro moría.
Y yo sentía… nada.
Y eso fue lo que más
miedo me dio.
Esa noche no dormí.
No porque estuviera
triste.
Sino porque mi cabeza
no se callaba.
Pensamientos como
mosquitos.
—No sirves.
—Ya no puedes.
—Esto te superó.
Un día cerré la
clínica y me quedé sentado en el piso.
Apoyado contra la
pared.
No lloré.
No pensé.
No sentí.
Solo me quedé ahí.
Como un mueble.
Empecé a llegar tarde.
A cancelar citas.
A pensar en dejarlo
todo.
Una mañana me levanté
y no quise ir.
No estaba enfermo.
Estaba vacío.
Me miré al espejo.
Ojeras.
Barba descuidada.
Mirada apagada.
Parecía un paciente
mío.
Ese día atendí a un
perro con cáncer.
El dueño me dijo:
—Doctor, ¿vale la pena
seguir luchando?
Yo pensé en mí.
Y no supe qué
responder.
Esa noche llamé a un
viejo profesor.
—Estoy cansado —le
dije.
—¿Cansado de qué?
—De todo.
—Entonces estás vivo.
Me contó que él
también había querido dejarlo.
Dos veces.
—¿Y por qué no lo
hizo?
—Porque un día entendí
que no tenía que ser fuerte todo el tiempo.
Nadie nos enseña eso.
Nos enseñan a
aguantar.
No a pedir ayuda.
Yo empecé a hablar.
Con amigos.
Con colegas.
Con gente que también
estaba rota.
Y descubrí algo:
Todos lo estábamos.
Solo que fingíamos
distinto.
Un día llegó Mateo.
El niño del conejo.
Ya estaba más grande.
—Doctor, ¿se acuerda
de mí?
Claro que me acordaba.
—Yo quiero ser veterinario
—me dijo.
Yo tragué saliva.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—Es duro.
—Usted también es
duro.
Eso me hizo sonreír
por primera vez en semanas.
Ese día atendí con
ganas.
No con energía.
Con ganas.
Y eso fue suficiente.
Aprendí algo:
No siempre tienes que
ser fuerte.
A veces solo tienes que seguir.
Mal.
Lento.
Roto.
Pero seguir.
Esa noche escribí:
"No me quiebro
porque sea débil. Me quiebro porque he sido fuerte demasiado tiempo."
CAPÍTULO 13
La muerte también enseña (y a veces se burla de
ti)
Si hay algo que te vuelve
humilde en esta profesión, es la muerte.
Si hay algo que te
vuelve cínico, también.
La gente cree que los
veterinarios estamos acostumbrados a ver morir.
Mentira.
Nunca te acostumbras.
Solo aprendes a
disimular mejor.
Una vez llegó un señor
con su perro ya muerto.
Literalmente muerto.
Duro.
Frío.
Inerte.
—Doctor, ¿todavía hay
esperanza?
Yo lo miré.
Miré al perro.
Volví a mirarlo.
—Señor… ¿usted cree en
milagros?
—Sí.
—Entonces ore.
Otra vez me trajeron
una cacatúa.
—No habla —dijo la
dueña.
—¿Desde cuándo?
—Desde ayer.
—¿Qué decía antes?
—Groserías.
Le hice pruebas.
El loro estaba
perfectamente sano.
Solo estaba resentido.
Hay muertes tristes.
Hay muertes injustas.
Y hay muertes tan
absurdas que parecen chiste.
Una vez un gato murió
porque se tragó una media.
Una media.
¿Quién muere por una
media?
Ese gato.
Un perro murió por
comerse una funda de basura entera.
No lo juzgo.
Yo también he comido
cosas peores en crisis.
Pero no todo es humor.
Hay despedidas que te
rompen.
Una señora trajo a su
perra de 16 años.
Ciega.
Sorda.
Con artritis.
Pero feliz.
—Doctor, ya es hora.
—¿Por qué?
—Porque ya no es la
misma.
La perra movía la
cola.
Yo la miré.
—Señora… usted tampoco
es la misma.
No me volvió a hablar
por un mes.
Un niño una vez me
preguntó:
—Doctor, ¿los perros
van al cielo?
—Claro.
—¿Y los veterinarios?
—Depende.
—¿De qué?
—De si fuimos buenos.
—¿Usted fue bueno?
—A veces.
—Entonces sí entra.
Eso fue más
reconfortante que cualquier religión.
Aprendí que la gente
no viene solo a que le mate al animal.
Viene a que le
confirme que está bien sentir culpa.
Que está bien dudar.
Que está bien llorar.
Una vez una señora me
dijo:
—Gracias por no
juzgarme.
—¿Por qué la juzgaría?
—Porque estoy cansada.
Eso me dolió.
Porque yo también.
La eutanasia no es
matar.
Es decidir que ya no
hay que luchar.
Y eso pesa.
Pero también pasan
cosas absurdas.
Una vez un perro se
murió justo cuando el dueño estaba pagando.
El señor gritó:
—¡Ni para morirse pudo
esperar!
Yo me tuve que morder
la lengua.
Una vez un gato
resucitó.
No es metáfora.
Lo habíamos dado por
muerto.
La dueña estaba
llorando.
De pronto el gato
estornudó.
La señora gritó:
—¡MILAGRO!
Yo dije:
—No, reflejo.
Yo he visto más
muertes que un noticiero.
Pero también he visto
más amor que muchos matrimonios.
Una señora besó a su
perro muerto en la frente.
Un señor le pidió
perdón a su caballo.
Una niña le cantó a su
gato mientras se iba.
Eso no te lo enseñan
en la universidad.
Esa noche escribí:
"La muerte no es
el problema. El problema es todo el amor que queda sin dónde ir."
CAPÍTULO 14
Dueños, locos, genios y especímenes humanos
Si tú quieres entender
a un país, no leas periódicos.
Abre una veterinaria.
He visto perros
educados.
Gatos nobles.
Loros educados.
Y humanos… humanos de
todo tipo.
Una vez llegó una
señora con un chihuahua envuelto en una manta.
—Doctor, mi hijo no
come.
—¿Desde cuándo?
—Desde que se peleó
con mi otro hijo.
—¿Cuál?
—Mi esposo.
El perro estaba
perfecto.
La familia, no.
Otra vez un señor
entró gritando:
—¡MI PERRO SE ESTÁ
MURIENDO!
Yo salí corriendo.
Era un poodle.
Con hipo.
—Doctor, ¿es normal
que mi gato me juzgue?
—Sí.
—¿Todo el tiempo?
—Más aún.
Había una señora que
me traía a su perro cada semana.
—Está triste.
—¿Por qué?
—Porque lo dejé solo
tres horas.
—Señora… yo también
estaría triste si fuera usted.
No se rió.
Yo sí.
Por dentro.
Una vez me
preguntaron:
—Doctor, ¿usted puede
operarle para que ya no sea gay?
—¿Perdón?
—Mi perro se monta a
otros machos.
—Señora… déjelo ser.
Un tipo vino con su
pitbull.
—Es agresivo.
—¿Con quién?
—Con todos.
—¿Y usted?
—Yo también.
Tenían química.
Había clientes que
creían que yo era veterinario, psicólogo, sacerdote y brujo.
—Doctor, ¿usted cree
que mi gato me odia?
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Y por qué me mira
así?
—Porque puede.
Una señora me dijo:
—Usted no entiende, él
es como mi hijo.
—Entonces está bien
malcriado —le respondí.
No volvió.
Una vez un señor me
preguntó:
—Doctor, ¿mi perro es
virgen?
Yo respiré.
—¿Por qué quiere saber
eso?
—Para saber si lo dejo
salir.
No supe qué responder.
Había dueños que no
querían que el animal sufriera.
Y había dueños que no
querían sufrir ellos.
No es lo mismo.
Una señora gritaba:
—¡HAGA ALGO!
—Estoy haciendo.
—¡HAGA MÁS!
—No soy Dios.
—¡Entonces para qué
estudió!
Yo pensaba, para no
ser Dios.
Una vez una clienta me
dijo:
—Usted me entiende más
que mi marido.
—Yo no la interrumpo.
—Por eso.
Me regalaban cosas
raras:
Huevos.
Queso.
Plátanos.
Santos.
Oraciones.
Dinero casi nunca.
Un señor una vez me
dijo:
—Doctor, usted tiene
cara de buena persona.
—Eso es lo más
peligroso que me han dicho hoy.
Yo aprendí algo:
El animal siempre dice
la verdad.
El humano no.
Un perro no miente.
No finge.
No manipula, solo esos
pequñines que pasan en brazos del amo.
No dramatiza.
No te escribe por
WhatsApp a las 3 a.m. diciendo:
"Doctor, creo que
ya se va a morir."
Y luego es gases.
Yo amaba a mis
pacientes.
Pero mis historias
favoritas siempre eran de los dueños.
Porque eran más raros.
Esa noche escribí:
"Los animales
vienen enfermos. Los humanos vienen rotos."
CAPÍTULO 15
Los animales que me salvaron a mí
Uno cree que se hace
veterinario para salvar animales.
Mentira.
Te haces veterinario
para que ellos te salven a ti.
Yo llegué a esta
profesión creyendo que iba a ser héroe.
Spoiler, nadie me
aplaudió.
Pero sí me lamieron la
cara.
Y eso fue mejor.
Hubo un perro llamado
Tito.
Era feo.
Pero feo de verdad.
Tenía una oreja caída,
la otra levantada, un ojo más grande que el otro y parecía que alguien lo había
armado sin leer las instrucciones.
Lo iban a sacrificar.
—No es adoptable —dijo
el rescatista.
—¿Por qué?
—Mírelo.
Yo lo miré.
Y me identifiqué.
Me lo llevé a casa.
No por compasión.
Por egoísmo.
Yo también necesitaba
a alguien que no me juzgara.
Tito no sabía
sentarse.
No sabía dar la pata.
No sabía nada.
Pero sabía acompañar.
Se sentaba a mi lado
cuando yo no hablaba.
Se acostaba conmigo
cuando yo no quería levantarme.
Me miraba cuando yo
pensaba demasiado.
No intentaba
arreglarme.
Solo estaba.
Y eso era suficiente.
Un día llegué
borracho.
Muy borracho.
Me senté en el piso.
Tito se sentó conmigo.
Le dije:
—No sirvo para nada.
Me lamió la cara.
No me contradijo.
Pero tampoco se fue.
Eso fue más terapia
que cualquier cosa.
Hubo un gato llamada
Wacho.
Rescatado.
Arisco.
Malo.
Malo de verdad.
Me arañó.
Me mordió.
Me odió.
Yo también la odié.
Nos llevábamos bien.
Con el tiempo empezó a
dormir cerca.
No conmigo.
Cerca.
Como diciendo, no te quiero, pero no te mueras.
Un día me senté a
llorar.
Wacho vino.
Se sentó frente a mí.
Me miró.
Y se fue.
Pero volvió.
Y se sentó.
Eso fue todo.
Pero fue suficiente.
Un loro me enseñó a
reír.
Un caballo me enseñó a
tener paciencia.
Una vaca me enseñó que
hay días en los que no hay que pensar tanto.
Un perro viejo me
enseñó a envejecer sin pedir disculpas.
Un gato ciego me
enseñó que no necesitas verlo todo para confiar.
Yo no los salvé.
Ellos me sostuvieron.
Una vez un niño me
dijo:
—Doctor, ¿usted es
feliz?
Yo pensé.
—A veces.
—¿Cuándo?
—Cuando me esperan.
—¿Quiénes?
—Ellos.
Y tenía razón.
Cuando estás cansado,
nadie te espera.
Excepto ellos.
Cuando fracasas, nadie
te juzga.
Excepto ellos.
(pero con cariño)
Cuando te equivocas,
nadie te abandona.
Excepto los gatos.
Pero eso ya es su
personalidad.
Esa noche escribí:
"No soy
veterinario porque amo a los animales. Soy veterinario porque ellos me
enseñaron a amarme a mí."
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