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Cuando el mundo se sostiene sobre los hombros de una mujer por Carlos A. Bastidas C.

 Cuando el mundo se sostiene sobre los hombros de una mujer por Carlos A. Bastidas C.

Hay días que no son solo una fecha en el calendario. Hay días que son una pausa en el alma para recordar quiénes han sido los pilares de nuestra vida. El Día de la Mujer es uno de esos días.

No es una celebración superficial. Es un momento para mirar atrás y reconocer que, en casi todas las historias humanas que valen la pena ser contadas, siempre hay una mujer que sostuvo el mundo cuando parecía que todo se venía abajo.

Hoy quiero hablar de ellas.

De las mujeres de mi vida.

Y de todas las mujeres del mundo.

Porque si hoy soy algo, si he logrado levantarme cada vez que la vida me ha puesto de rodillas, es porque siempre hubo una mujer cerca recordándome que todavía valía la pena seguir.

Primero, mi esposa.

Mi compañera.

Mi refugio cuando las cosas no salen bien.

La mujer que ha visto mis mejores días y también mis días más duros.

Ella no solo comparte mi vida; comparte mis batallas.

Es la que pone el hombro cuando el cansancio pesa más que la esperanza.

La que sostiene nuestra familia con una mezcla de amor, paciencia y valentía que a veces parece sobrehumana.

Hay personas que creen que el amor es solo romanticismo.

Pero el verdadero amor se ve en los días difíciles.

En las noches largas.

En las preocupaciones compartidas.

En las decisiones que se toman pensando en el bienestar de los hijos antes que en uno mismo.

Ahí está ella.

No como un personaje secundario, sino como la columna vertebral de nuestro hogar.

Luego está mi madre.

Y cuando pienso en ella, inevitablemente aparece una verdad simple y poderosa, yo no sería absolutamente nada de lo que soy sin su ternura, su ejemplo y su amor incondicional.

Las madres son el milagro de la humanidad.

Son las que creen en nosotros cuando todavía no hemos aprendido a creer en nosotros mismos.

Las que nos levantan cuando caemos.

Las que nos enseñan a caminar y luego nos enseñan a no rendirnos cuando la vida empuja.

Las madres no solo nos dan la vida.

Nos enseñan a vivirla.

Y si algún mérito hay en lo que uno llega a ser, casi siempre empezó en las manos de una madre que nos sostuvo cuando éramos demasiado pequeños para sostenernos solos.

También está mi suegra.

Una mujer que representa algo que muchas veces se malinterpreta, lo que realmente significa el feminismo.

No desde el discurso.

Desde la vida.

Una mujer trabajadora.

Fuerte.

De carácter firme.

A veces severa.

Pero con un amor tan profundo que se siente incluso cuando no se dice con palabras.

Ella es de esas mujeres que no necesitan levantar la voz para demostrar su fortaleza.

Su historia habla por ella.

Y quienes tenemos la fortuna de conocerla sabemos que detrás de esa fuerza hay un corazón inmenso.

También están las mujeres de mi equipo de trabajo.

Las que día a día se ponen la bata conmigo.

Las que saben lo que significa luchar por la vida de un animal que no puede decir dónde le duele.

Las que enfrentan jornadas largas, emergencias inesperadas, decisiones difíciles y aun así siguen adelante.

Trabajamos hombro a hombro.

Y puedo decir algo con absoluta convicción ,la medicina veterinaria hoy es mejor gracias a ellas.

Porque traen consigo algo que esta profesión necesita profundamente sensibilidad, determinación, inteligencia y una enorme capacidad de empatía.

Cada cirugía, cada paciente salvado, cada familia que recupera a su mascota… también lleva la huella de su trabajo.

Y por supuesto, las veterinarias del mundo entero.

Durante décadas, esta profesión fue considerada un terreno masculino.

Pero las mujeres no llegaron a pedir permiso.

Llegaron a transformarlo todo.

Hoy lideran hospitales, laboratorios, investigaciones, universidades.

Hoy están redefiniendo lo que significa ser veterinario.

Y lo están haciendo con excelencia, con pasión y con una humanidad que eleva el nivel de toda la profesión.

Gracias a ellas, la medicina veterinaria no solo avanza científicamente.

Avanza también en sensibilidad, en ética y en compasión.

Y finalmente, las mujeres del mundo.

Las que trabajan en silencio.

Las que sostienen hogares.

Las que crían hijos.

Las que lideran empresas.

Las que luchan por justicia.

Las que cuidan.

Las que enseñan.

Las que transforman.

Las que cada día, sin buscar reconocimiento, hacen que este planeta sea un lugar un poco mejor.

Hoy algunos dirán que este no es un día para decir “feliz día”.

Que es un día para recordar luchas, injusticias y batallas pendientes.

Y tienen razón.

Pero también creo profundamente que la vida merece ser celebrada cuando hay grandeza en ella.

Por eso hoy digo, con el corazón abierto:

Feliz día.

Feliz día hoy.

Feliz día mañana.

Feliz día siempre.

A todas las mujeres que con su trabajo, su amor, su coraje y su ternura sostienen este mundo muchas veces sin que nadie se dé cuenta.

Si el planeta todavía tiene esperanza…

es porque las mujeres siguen empujándolo hacia algo mejor.

Y quienes tenemos la fortuna de caminar junto a ellas sabemos algo que nunca debemos olvidar:

El mundo podrá cambiar mil veces…

pero siempre habrá una mujer, en algún lugar,

haciendo que la vida valga la pena.


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