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"Recomendaciones para Vivir Plenamente Ejerciendo la Medicina Veterinaria: Lo Que Yo Te Diría"

 "Recomendaciones para Vivir Plenamente Ejerciendo la Medicina Veterinaria: Lo Que Yo Te Diría"

Por Carlos A. Bastidas C.


Si la medicina veterinaria te ha elegido —porque sí, a veces no es uno quien elige— entonces vale la pena vivirla con plenitud. Pero no te voy a mentir: no es fácil. Esta profesión, que se pinta de ternura en redes sociales y de gloria en graduaciones, muchas veces se siente como una carrera de resistencia emocional, financiera y espiritual. Por eso, hoy te voy a dar las recomendaciones que yo mismo quisiera haber recibido al comenzar, las que ahora, con cicatrices y sonrisas, me salen del alma.


Primero: ama con locura, pero con límites.

Sí, esta profesión se nutre de amor por los animales, por la ciencia y por la gente que confía en ti. Pero amar no significa inmolarse. Aprende a decir no cuando sea necesario. Tu tiempo, tu salud mental y tu familia no son negociables. Si no estás bien tú, no vas a poder ayudar a nadie más.


Segundo: nunca dejes de estudiar, pero tampoco te olvides de vivir.

Podrías pasar toda la vida atrapado entre congresos, papers y cursos de actualización, y aun así sentir que no sabes nada. Es parte del juego. Pero no permitas que la búsqueda del conocimiento te aleje de tus hijos, de tu pareja, de ti mismo. Que cada diplomado te acerque, no te aleje. Que el sacrificio de estudiar tenga sentido también en tu corazón, no solo en tu currículo.


Tercero: rodéate de buena gente.

La veterinaria puede ser un campo hostil si te dejas atrapar por la competencia desleal o el chisme de pasillo. Pero también puede ser una red hermosa si aprendes a identificar a los colegas que te inspiran, que te apoyan y que celebran tus logros sin envidia. Cuídalos como a tus pacientes más queridos. Los vas a necesitar cuando todo pese.


Cuarto: hazte amigo del fracaso.

Te va a pasar. Vas a perder pacientes, vas a equivocarte en diagnósticos, vas a llorar con familias desconsoladas. No huyas de eso. Cada error es una cicatriz que enseña. Cada pérdida, una oportunidad para crecer en empatía. La plenitud no está en hacerlo perfecto, sino en hacerlo con humanidad.


Quinto: celebra cada pequeño logro.

Una mascota que come después de días, un tutor que te agradece con sinceridad, un estudiante que te dice que le cambiaste la vida. Eso es oro puro. Guárdalo en el corazón para los días grises. La plenitud se construye con esas migajas de gratitud que, cuando se suman, te alimentan el alma.


Y por último: recuerda siempre por qué empezaste.

Vuelve al niño o niña que soñaba con salvar animales. Recuérdalo cuando estés exhausto, cuando sientas que no puedes más, cuando creas que nadie valora tu trabajo. Porque ese sueño, que tal vez empezó con un peluche o con una visita al veterinario del barrio, sigue ahí. Y mientras esté, todo vale la pena.


Vivir plenamente la medicina veterinaria no es una utopía. Es una decisión diaria. Yo no tengo todas las respuestas, pero sí tengo esta certeza: si se hace con pasión, ética y amor, esta profesión te devuelve mucho más de lo que te quita. Y ese es el verdadero éxito.







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