Therians, colas imaginarias… y la peligrosa especie que ya conocíamos: el Homo humanizans canis por Carlos A. Bastidas C.
De pronto el mundo descubrió a los therians, personas que se identifican espiritualmente con un animal, que sienten que su alma es lobo, zorro o felino cósmico de galaxia emocional. Las redes explotan, los debates arden y los opinólogos desempolvan su diploma en psicología de WhatsApp.
Y mientras tanto, en la sala de espera de cualquier clínica veterinaria del planeta, un colega bosteza y susurra:
—Tarde. Nosotros ya vimos algo más intenso.
Porque antes de que la palabra “therian” fuera tendencia, los médicos veterinarios ya lidiábamos con una subespecie fascinante, entrañable y, a veces, clínicamente riesgosa, los que humanizan a sus mascotas.
No hablo del amor. El amor es hermoso. Ojalá todos los animales del mundo fueran amados. Hablo de esa frontera donde el perro deja de ser perro… y pasa a ser “mi hijo mayor, el más sensible de la casa, que no come croquetas porque tiene carácter fuerte como su papá”.
Bienvenidos al maravilloso universo del Homo humanizans canis.
El perro tiene vómito, diarrea y dolor abdominal.
—Doctor, ¿no será estrés? Es que discutimos frente a él.
Sí, claro. También puede ser que haya comido media funda de basura y una media deportiva. Pero sigamos con Freud.
La humanización empieza suave, ropita en invierno, cama cómoda, cumpleaños con gorrito. Hasta ahí, todo bien. El problema comienza cuando se proyectan emociones, procesos cognitivos y códigos morales humanos sobre un organismo que, aunque maravilloso, es biológicamente distinto.
El perro no “te manipula con culpa”. El gato no “te castiga por llegar tarde”. Y no, no están “haciendo dieta keto consciente”.
Están siendo perros. Y gatos. Y eso ya es suficientemente complejo.
—Doctor, él no come balanceado. Solo come pechuga orgánica desmenuzada con un toque de quinoa.
Hermoso. ¿Balance nutricional? ¿Relación calcio-fósforo? ¿Requerimientos energéticos según etapa fisiológica? No importa. Porque el amor, aparentemente, reemplaza la bioquímica.
Después llegan con un cuadro metabólico digno de examen final de medicina interna.
Y ahí uno respira profundo y recuerda que el problema no es la intención. Es la confusión: amar no es igual a humanizar.
Humanizar es imponer nuestra lógica emocional sobre su fisiología. Amar es respetar su naturaleza.
—Doctor, no lo podemos operar porque él no entiende lo que pasa.
Tiene ocho años, un tumor mamario avanzado y un pronóstico que no mejora con canciones de cuna.
Aquí es donde la humanización se vuelve peligrosa. Porque proyectamos en ellos nuestro miedo, nuestra negación y nuestro apego, y dejamos de tomar decisiones médicas racionales.
Se retrasa una cirugía. Se posterga un tratamiento. Se evita una eutanasia compasiva cuando ya no hay calidad de vida.
Y el paciente, que no tiene redes sociales ni discurso emocional elaborado, simplemente sufre.
El tutor decidió que toda la familia es vegana. El perro, por coherencia espiritual, también.
El perro, ese descendiente del lobo, ahora reflexiona sobre el impacto ambiental de la proteína animal mientras su sistema digestivo intenta entender qué está pasando.
No, no es persecución. No es burla. Es biología.
Y la biología no cancela en X, pero sí pasa factura clínica.
Lo irónico del asunto
Los therians al menos saben que están explorando una identidad simbólica.
Pero el Homo humanizans canis está convencido de que su mascota comparte exactamente su misma estructura emocional, moral y existencial.
El perro no necesita terapia de pareja. No necesita aprender límites con su “hermanito humano”. No necesita sentirse productivo.
Necesita ejercicio. Necesita disciplina coherente. Necesita una dieta adecuada. Necesita medicina basada en evidencia. Y necesita un tutor que lo ame… como perro.
La humanización extrema no solo genera cuadros clínicos evitables. También genera frustración.
Porque cuando el perro muerde, el tutor dice—¡No entiendo! ¡Si lo criamos como a un hijo!
Exacto.
Y el perro no es un hijo humano. Es un canino con lenguaje corporal, jerarquías, instintos y límites propios.
Cuando ignoramos su etología, no lo estamos elevando a humano. Lo estamos despojando de su identidad animal.
Y eso, paradójicamente, es menos respeto.
El punto medio (sí, existe)
No se trata de volver al perro de patio con cadena oxidada. No se trata de minimizar el vínculo.
Se trata de equilibrio.
El amor responsable implica entender que las especies son distintas. Que la medicina veterinaria no compite con la psicología humana. Que la ciencia no arruina el cariño; lo protege.
Un perro puede dormir en tu cama. Puede tener cumpleaños. Puede tener nombre compuesto y cuenta de Instagram.
Pero también debe tener chequeos, vacunación, desparasitación, ejercicio estructurado y límites claros.
Y, sobre todo, decisiones clínicas tomadas con la cabeza fría cuando el corazón grita.
Todos los veterinarios hemos salido de consulta pensando“Si este paciente tuviera un tutor un poco menos humano… estaría mejor.”
Y lo pensamos con cariño. Con cansancio. Con humor. Porque sabemos que detrás de cada exceso hay amor mal canalizado.
El problema no es quererlos demasiado. El problema es quererlos como algo que no son.
Los therians pueden seguir aullando a la luna si eso les da sentido.
Pero nosotros, los veterinarios, seguiremos recordándoles algo básico
La mejor forma de honrar a un animal no es convertirlo en humano.
Es permitirle ser plenamente animal.
Y si después de leer esto alguien se sintió un poquito identificado… tranquilo. No es ataque. Es invitación.
Invitación a amar mejor. A informarse más. A escuchar al veterinario antes que al algoritmo.
Porque créanme, la especie más peligrosa no es la que cree que es lobo.
Es la que cree que su perro es un adulto humano con cuatro patas… y tarjeta emocional de crédito ilimitado.
Y esa, colegas, la vemos todos los días en consulta.
Con moño rosa.
Muy buena reflexión!
ResponderEliminarTengo miedo de saber que más sigue, cada vez se torna con más obstáculos saludos desde cd Juárez chihuahua.
Esperemos que todo cambio sea para mejorar! Y ánimo que esta profesión es la más linda de todas! Gracias por leer y comentar.
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