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Cuando la desesperación se convierte en ruina, el precio indigno de la medicina veterinaria por Carlos A. Bastidas C.

 Cuando la desesperación se convierte en ruina, el precio indigno de la medicina veterinaria por Carlos A. Bastidas C.

Hay momentos en los que una profesión se enfrenta a enemigos externos, la ignorancia, la desinformación, las leyes débiles o el irrespeto social. Pero hay otros momentos quizá los más dolorosos en los que el enemigo está dentro de casa.

Hoy quiero hablar de uno de esos momentos incómodos.

Cada vez es más frecuente ver anuncios de cirugías veterinarias por 20 dólares (equivale al 4% de una remuneración básica en Ecuador). Sí, veinte. El precio de un pollo asado o de una pizza compartida un sábado por la noche. Y entonces surge una pregunta inevitable, incómoda y brutalmente necesaria ¿en qué momento el acto más sagrado de la medicina se convirtió en una oferta de supermercado?

Porque una cirugía no es un corte y una sutura.

Una cirugía es conocimiento acumulado durante años.

Es diagnóstico.

Es anestesia segura.

Es monitoreo.

Es asepsia.

Es instrumental adecuado.

Es medicamentos de calidad.

Es responsabilidad ética.

Es la vida de un paciente confiada a nuestras manos.

Reducir todo eso a 20 dólares no es una oferta.

Es una renuncia.

Una renuncia al valor de la profesión.

Una renuncia al respeto por el paciente.

Y, lo más grave, una renuncia al respeto por uno mismo.

La tragedia es que esto no ocurre por maldad, sino por desesperación. Clínicas vacías, competencia feroz, saturación del mercado, presión económica. Todo eso es real y golpea fuerte. Pero la desesperación no puede ser la excusa para dinamitar la dignidad de la medicina veterinaria.

Porque cuando un tutor ve una cirugía a 20 dólares, el mensaje que recibe no es “qué generoso es este veterinario”.

El mensaje que recibe es otro:

“Esto debe ser fácil.”

“Cualquiera lo hace.”

“No debe tener mayor valor.”

Y así, poco a poco, la profesión entera paga el precio de esa rebaja.

Si alguien quiere hacer caridad, que la haga con dignidad.

Hágalo gratis.

Hágalo como un acto solidario, transparente, humano.

Pero vender una cirugía por 20 dólares no es caridad.

Es precarización.

Porque con 20 dólares no se puede garantizar anestesia segura, ni materiales adecuados, ni monitoreo apropiado, ni tiempo quirúrgico responsable. Con 20 dólares apenas se cubre el costo de abrir una bandeja de instrumental.

Entonces surge otra pregunta incómoda ¿De qué viven esos colegas?

¿Del aire?

¿De la improvisación?

¿De trabajar con lo mínimo indispensable, esperando que todo salga bien?

La medicina no puede funcionar bajo la lógica de “ojalá no pase nada”.

Una cirugía exige rigor, preparación y respeto. Respeto por el paciente, por el tutor y por la profesión.

Porque cada vez que alguien convierte una cirugía en una ganga, no solo se está devaluando a sí mismo. Está arrastrando consigo a todos los demás.

La medicina veterinaria necesita competencia, sí.

Necesita más pacientes, sí.

Necesita oportunidades, sin duda.

Pero no necesita una guerra de precios que termine destruyendo el valor de todo lo que somos.

Las profesiones no se destruyen únicamente por los ataques externos.

Muchas veces se derrumban cuando sus propios miembros olvidan cuánto vale realmente su trabajo.

Y quizá ha llegado el momento de recordar algo fundamental:

La medicina veterinaria no es un producto barato.

No es un servicio improvisado.

Y mucho menos una liquidación de fin de temporada.

Es una profesión que trabaja con vidas.

Y las vidas jamás deberían valer 20 dólares.

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