Hay una epidemia que no se diagnostica con ecografía, ni con rayos X, ni con laboratorio.
Se llama la queja constante.
Y lo más peligroso… es que muchos de nosotros ya vivimos con ella como si fuera normal.
Nos levantamos y empezamos:
Que hoy no hubo pacientes.
Que el tutor fue grosero.
Que no valoran nuestro trabajo.
Que el caso no salió como queríamos.
Que nuestros hijos no sacaron la nota que soñábamos.
Que el tráfico.
Que el cansancio.
Que la vida no es como esperábamos.
Y así, sin darnos cuenta, vamos llenando el día de peso, de ruido, de frustración.
Pero hay una verdad que pocos quieren aceptar:
No es la vida la que nos está robando la paz, somos nosotros, con nuestra forma de interpretarla.
Porque sí, hay cosas que duelen.
Sí, hay días difíciles.
Sí, hay injusticias.
Pero también es cierto que nos estamos “amargando” y con ganas por cosas que:
No podemos controlar.
No van a cambiar.
O peor aún, sí dependen de nosotros, pero no queremos asumirlo.
Y ahí es donde perdemos.
Perdemos energía.
Perdemos enfoque.
Perdemos la alegría de ejercer una profesión que, aunque dura, es un privilegio.
Porque se nos olvida algo fundamental…
Estamos vivos.
Así de simple.
Así de poderoso.
Respiramos.
Nos movemos.
Tenemos la oportunidad de volver a intentarlo.
Y en medio de todo esto, vale la pena recordar algo tan sencillo como profundo.
En la película Kung Fu Panda, la sabia tortuga Maestro Oogway deja una frase que debería tatuarse en la conciencia:
"El ayer es historia, el mañana es un misterio, pero el hoy es un regalo… por eso se llama presente."
Y nosotros… teniendo ese regalo en las manos… lo llenamos de quejas.
¿Cuántas personas hoy darían lo que fuera por estar en nuestro lugar?
¿Cuántos quisieran tener un día más para corregir, para abrazar, para decir “lo intento otra vez”?
Y nosotros… que sí tenemos ese día… lo desperdiciamos.
Nos acostamos frustrados, como si el mañana estuviera garantizado.
Como si despertar fuera un derecho… y no un privilegio.
Pero no lo es.
Cada día que abrimos los ojos, es una segunda oportunidad.
Cada paciente que llega, es una historia nueva.
Cada error es una lección disfrazada.
Cada dificultad es una oportunidad de crecer, aunque incomode.
Y aquí viene el punto que puede cambiarlo todo:
No necesitas que la vida sea perfecta para empezar a vivir mejor.
Necesitas dejar de quejarte por todo.
No se trata de ignorar los problemas.
Se trata de dejar de hacerlos más grandes de lo que son.
No se trata de que todo salga bien.
Se trata de no rendirte cuando no sale perfecto.
No se trata de tener el día ideal.
Se trata de tener la actitud correcta, incluso en los días difíciles.
Porque al final del día… la diferencia no está en lo que te pasa,
sino en cómo decides enfrentarlo.
Hoy puedes seguir quejándote…
o puedes hacer algo distinto.
Hoy puedes enfocarte en lo que falta…
o agradecer lo que tienes.
Hoy puedes quedarte atrapado en lo que salió mal…
o usarlo como impulso para hacerlo mejor mañana.
La vida no te debe nada.
Pero te está dando todo lo que necesitas para intentarlo otra vez.
Así que hazte un favor…
Respira hondo.
Suelta la queja.
Recupera tu enfoque.
Y recuerda quién eres y por qué empezaste.
Porque mientras tengas un latido…
mientras puedas levantarte…
mientras puedas volver a intentar…
todavía estás a tiempo de hacerlo mejor.
Menos excusas.
Menos quejas.
Más acción.
Más gratitud.
Más vida.
Respira hondo…
y pa’lante siempre.
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