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Una cirugía no puede costar lo mismo que una pizza por C.A.B.C.

 Hay que ponerle freno a una idea que le está haciendo daño a la profesión, competir bajando precios hasta lo absurdo no es “ser solidario”, es devaluar un trabajo altamente especializado. Ayudar es una decisión ética y voluntaria; rematar procedimientos complejos para captar clientes es otra cosa.

Una cirugía no puede costar lo mismo que una pizza

Hay algo profundamente roto cuando una familia paga sin pestañear treinta dólares por una pizza grande un viernes por la noche, pero se escandaliza cuando un médico veterinario cobra lo justo por una cirugía que puede significar la diferencia entre la vida y la muerte de un paciente.

Y más roto todavía cuando somos nosotros mismos, los colegas, quienes alimentamos esa distorsión.

Sí, hay que decirlo sin rodeos, una cirugía no puede costar igual o menos que una pizza.

Porque una pizza, por exquisita que sea, no requiere años de estudio universitario, noches enteras sin dormir, actualización científica constante, inversión en equipos, medicamentos, anestesia, monitorización, esterilización, infraestructura, personal capacitado, responsabilidad legal ni el peso emocional de tener una vida en tus manos.

Una pizza no exige que alguien haya pasado años aprendiendo anatomía, farmacología, fisiología, cirugía, anestesiología y manejo de complicaciones.

Una pizza no implica el riesgo de tomar decisiones en segundos para evitar que un paciente muera.

Entonces, ¿en qué momento normalizamos cobrar por una cirugía como si estuviéramos vendiendo comida rápida?

La respuesta es incómoda, cuando algunos colegas, empujados por el miedo, la desesperación o la necesidad de captar clientes a cualquier costo, entraron en la guerra más destructiva que puede librar una profesión: la guerra del precio.

Esa carrera miserable donde siempre habrá alguien dispuesto a cobrar menos.

Menos de lo justo.

Menos de lo digno.

Menos de lo sostenible.

Y lo peor es que esa falsa “competitividad” se disfraza de nobleza.

“Es que quiero ayudar.”

No.

Seamos honestos.

Si de verdad quieres ayudar, hazlo gratis.

Sí, gratis.

Asume el caso como obra social, míralo a los ojos, explícale al tutor que lo haces por solidaridad y siéntete orgulloso de ello.

Eso sí es loable.

Eso sí honra la vocación.

Pero cobrar migajas por procedimientos complejos, aparentando altruismo mientras destruyes la referencia económica de toda una profesión, no es ayudar.

Eso es dinamitar el piso donde todos estamos parados.

Cada cirugía regalada le dice al cliente que el valor real de nuestro trabajo es insignificante.

Cada descuento absurdo educa al tutor a desconfiar del colega que cobra correctamente.

Cada precio miserable obliga a otros veterinarios a bajar también, aunque sepan que están perdiendo.

Y así comienza una espiral tóxica donde nadie gana.

Ni el veterinario.

Ni la clínica.

Ni la profesión.

Ni, muchas veces, el paciente.

Porque cuando una cirugía se cobra por debajo de lo necesario, alguien paga la diferencia.

La paga el profesional agotado.

La paga el equipo mal remunerado.

La paga la clínica que deja de invertir.

La paga la calidad del servicio.

Y tarde o temprano, la paga el paciente.

Colegas! valorarse no es avaricia.

Cobrar justamente no es abuso.

Defender el valor de nuestro conocimiento no es soberbia.

Es respeto.

Respeto por los años invertidos.

Respeto por el sacrificio.

Respeto por la ciencia.

Respeto por quienes vienen detrás.

La medicina veterinaria no necesita más mártires financieros.

No necesita colegas sobreviviendo.

No necesita profesionales exhaustos, endeudados y frustrados.

Necesita médicos veterinarios que entiendan que dignificar la profesión también pasa por ponerle precio justo al conocimiento.

Porque cuando tú te regalas, no solo te perjudicas a ti.

Nos perjudicas a todos.

La próxima vez que alguien te diga:

“Pero si es solo una cirugía…”

Respira hondo y recuerda esto:

No estás cobrando por una hora en quirófano.

Estás cobrando por todos los años que te tomó estar listo para entrar ahí y salvar una vida.

Y eso, colega, jamás podrá costar menos que una pizza.





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