“El diablo sabe más por viejo, que por diablo” por C.A.B.C.
Vivimos en una época maravillosa para la Medicina Veterinaria. Nunca antes el conocimiento había estado tan al alcance de todos. Hoy un estudiante puede entrar a una clase magistral dictada desde Europa mientras desayuna en Quito. Existen maestrías online, especialidades, diplomados, congresos virtuales, inteligencia artificial, plataformas educativas y miles de artículos científicos disponibles con apenas un clic. La información corre a velocidades impresionantes y eso, sin duda, ha hecho crecer enormemente nuestra profesión.
Pero en medio de esta revolución del conocimiento, hay algo que muchos están olvidando el valor de las canas.
“El diablo sabe más por viejo, que por diablo”, decía mi abuelo. Y qué razón tenía.
Porque la Medicina Veterinaria no solamente se aprende en libros, congresos o videos de YouTube. Se aprende también en las madrugadas eternas tratando de salvar un paciente. En los errores que jamás se olvidan. En las cirugías que salieron mal cuando no existía Google para preguntar. En los diagnósticos difíciles hechos únicamente con experiencia clínica, intuición y observación. Se aprende viendo morir pacientes, llorando con tutores y levantándose al día siguiente para seguir luchando.
Hoy existen jóvenes extremadamente preparados académicamente. Y eso es fantástico. Hay chicos con maestrías antes de los treinta años, especialistas muy talentosos, veterinarios que manejan tecnología impresionante y conocimientos actualizados. Qué bueno que existan. La profesión los necesita.
Pero también debemos hacernos una pregunta incómoda:
¿Qué clase de educación estamos formando si empezamos a despreciar la experiencia?
Porque una cosa es tener información.
Y otra muy distinta es saber usarla.
Hay una enorme diferencia entre haber leído cien casos… y haber vivido cien casos.
La práctica clínica tiene un lenguaje que no aparece en los libros. El paciente real no siempre se comporta como el artículo científico. La medicina cotidiana es imperfecta, emocional, impredecible y humana. Ahí es donde las canas pesan. Ahí es donde el veterinario viejo muchas veces ve lo que el joven todavía no logra entender.
Y no hablo desde la nostalgia ni desde el miedo al cambio. La Medicina Veterinaria debe evolucionar, actualizarse y modernizarse. Claro que sí. Pero una profesión que pierde el respeto por sus maestros está condenada a repetir errores que ya otros aprendieron a evitar hace décadas.
Me preocupa profundamente ver cómo algunos jóvenes creen que un diploma los convierte automáticamente en referentes. Peor aún, cómo las redes sociales han alimentado la soberbia disfrazada de éxito profesional. Hoy muchos quieren parecer expertos antes de haberse ensuciado realmente las manos en la práctica diaria.
La experiencia no se descarga.
La experiencia se vive.
Y hay algo todavía más importante: los grandes maestros no solamente enseñaban medicina. Enseñaban humanidad. Enseñaban ética. Enseñaban humildad. Enseñaban a escuchar. Enseñaban a respetar la profesión.
Yo agradezco profundamente a todos mis maestros de la carrera y de la vida. A esos doctores que tal vez no tenían Instagram ni miles de seguidores, pero tenían algo muchísimo más valioso: criterio clínico, temple y sabiduría.
Agradezco a quienes nos enseñaron cuando no existían tantas facilidades. A quienes abrieron caminos. A quienes hicieron posible que hoy la Medicina Veterinaria sea este fenómeno hermoso de crecimiento y conocimiento.
Porque si hoy podemos acceder a tanta información, es gracias a generaciones enteras que construyeron esta profesión con sacrificio, noches sin dormir y amor por los animales.
Por eso yo sí respeto las canas.
Las respeto porque detrás de ellas hay historias.
Hay cicatrices.
Hay derrotas.
Hay aciertos.
Hay conocimiento ganado a pulso.
Y ojalá las nuevas generaciones entiendan que actualizarse es obligatorio, pero ser humildes también.
Porque el verdadero maestro no es el que más presume lo que sabe.
Es el que entiende cuánto le falta todavía por aprender.
Y en Medicina Veterinaria, mientras más años pasan, uno descubre algo maravilloso:
que los mejores doctores casi siempre son también los más humildes.
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