Entre Radiografías, Mordidas y Preguntas Imposibles: las anécdotas que solo entiende un médico veterinario por C.A.B.C.
Entre Radiografías, Mordidas y Preguntas Imposibles: las anécdotas que solo entiende un médico veterinario por C.A.B.C.
Hay algo que nadie nos enseñó en la facultad de Medicina Veterinaria.
No hablo de cirugía.
No hablo de farmacología.
No hablo de interpretar una ecografía mientras el tutor pregunta si “eso negro es el alma del perro”.
Hablo de sobrevivir sin morirnos de la risa.
Porque sí… detrás del cansancio, de las emergencias a las tres de la mañana, de los turnos eternos y de las despedidas difíciles, los médicos veterinarios hemos desarrollado un mecanismo de defensa maravilloso: reírnos de las cosas absurdamente increíbles que vivimos todos los días.
Y honestamente…
¿qué sería de nosotros si no existieran esas conversaciones en los congresos, en los almuerzos de clínica o a medianoche entre colegas diciendo:
“Brother… no vas a creer lo que me pasó hoy”?
Porque la veterinaria no solo está hecha de ciencia.
También está hecha de historias tan insólitas que parecen inventadas.
Por ejemplo, casi todos hemos vivido ese momento donde llega un cachorrito con agenesia de una extremidad… y el tutor, completamente serio y esperanzado, pregunta:
—“Doctor… ¿y a qué edad le va a crecer la patita?”
Y ahí estás tú…
tratando de buscar en tu cerebro una forma elegante, profesional y humana de explicar que… la patita no está “retrasada”.
Que no es como cuando salen los dientes.
O aquella inolvidable consulta donde alguien pregunta:
—“Doctor, si castro a mi perro… ¿se va a volver gay?”
Y uno respira profundo.
Cuenta hasta diez.
Mira al infinito.
Recuerda el juramento profesional.
Y responde con la dignidad que puede, mientras por dentro el cerebro ya se fue a llorar de risa a otro plano astral.
Pero las recetas…
¡LAS RECETAS!
Porque hay tutores tan comprometidos con el tratamiento que terminan automedicándose ellos mismos.
—“Doctor, la pastilla le cayó muy bien.”
—“¿Y el perrito?”
—“No, no… a mí.”
Y tú descubres que el antibiótico veterinario ahora también fue probado por el dueño, la abuela y posiblemente un vecino.
Y claro, nunca falta la persona que llega convencida de que puede hablar con los animales.
—“Doctor, él me dijo que le duele el hígado.”
Y el perro mientras tanto:
mirando una mosca contra la pared sin entender absolutamente nada de lo que está pasando.
O cuando nos llega un paciente co características particulares de intoxicación por consumo de cierta planta cuyo nombre el tutor no quiere que se lo digamos a sus padres...
Pero seamos honestos…
esas historias son oro puro.
Porque en medio del estrés, de las cuentas, de los casos complejos y de la presión emocional que significa cuidar vidas, estas anécdotas nos recuerdan algo importante:
seguimos siendo humanos.
Nos recuerdan que reír también cura.
Que compartir experiencias nos une.
Que ningún veterinario sobrevive solo en esta profesión.
Y es hermoso cuando un grupo de colegas empieza a contar historias.
Porque automáticamente aparece esa carcajada colectiva que solo entiende quien ha trabajado un domingo mientras un gato poseído intentaba arrancarle el alma en una vacunación.
O cuando alguien dice:
“Me trajeron una tortuga porque no comía… y era de plástico.”
Y lo peor…
es que todos creemos la historia.
Porque en veterinaria TODO es posible.
Nos pasan cosas tan absurdas que ya nada sorprende.
Un perro que “se desmayó por envidia”.
Un gato “estresado porque el dueño terminó con la novia”.
Una gallina con “depresión existencial”.
Un hámster que “necesita terapia emocional”.
Los estudiantes y tutores que se desmayan cuando ven sangre.
Los tutores que hacen yoga y espantan a otros en plena sala de recepción.
Los tutores que huelen más feo y parece que se bañan menos que sus mascotas.
Y aunque desde afuera parezca ridículo…
estas historias terminan convirtiéndose en abrazos disfrazados de humor.
Porque el veterinario ríe fuerte…
precisamente porque muchas veces también ha llorado fuerte.
Y quizá por eso estas anécdotas son tan importantes.
Porque son pequeñas luces en medio del agotamiento.
Son la prueba de que, pese al caos, seguimos amando esta profesión profundamente.
Porque después de todo…
¿qué otra carrera te permite vivir en el mismo día una cirugía complicada, una emergencia real y una conversación donde debes explicar por qué el perro no necesita ir al psicólogo por “problemas de autoestima”?
La Medicina Veterinaria podrá quitarnos sueño, energía y estabilidad emocional por momentos…
pero jamás nos quitará esas historias que terminan en:
“NO ME VAS A CREER LO QUE ME PASÓ HOY.”
Y quizás ahí está la magia de ser veterinario.
En entender que, incluso en los días más duros, siempre aparecerá algo —o alguien— capaz de sacarnos una sonrisa.
Aunque sea un tutor preguntando si al cachorro todavía “le falta descargar la actualización de la patita”.
Este post está dedicado a mis queridos amigos y colegas Dr. Roy Alvarez, Dr.Joe Melchiade Muñoz y Dra.Pamela Tapia.
Gracias por esas largas tertulias que terminan siendo terapia para el corazón y el alma. Porque entre café,"vasos rotos", carcajadas, casos imposibles y anécdotas que nadie más entendería, uno vuelve a encontrar fuerzas para seguir.
¿Qué sería de los veterinarios sin esos espacios donde sanamos riéndonos juntos de esta profesión tan dura… pero tan hermosa?
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