Los Amigos que Sobrevivieron al Veterinario por Carlos A. Bastidas C.
Hay algo que quienes no estudian Medicina Veterinaria jamás van a entender del todo… y es que nosotros nunca dejamos de ser veterinarios. Nunca.
Podemos jurar que vamos a salir “sin hablar de trabajo”. Podemos prometer que esta vez la reunión será normal, que no vamos a mencionar pacientes, cirugías, vómitos, diarreas explosivas, tumores rarísimos o tutores imposibles. Podemos intentarlo con todas nuestras fuerzas.
Pero basta una cerveza, una pizza o un “¿y cómo estuvo el día?” para que todo se vaya al demonio.
Y ahí estamos otra vez…
“Brother, no sabes lo que me llegó hoy.”
“Compadre, casi me muerde un pastor alemán.”
“Loco, saqué algo del intestino que parecía una bufanda.”
“Ñaño… hoy lloré con una eutanasia.”
Y mientras nosotros contamos la historia como si fuera la cosa más normal del planeta, nuestros amigos no veterinarios nos miran entre fascinados, traumados y confundidos.
Porque sí… ellos no estudiaron esto. Ellos no escogieron esta locura. Pero aun así, decidieron acompañarnos.
Y qué paciencia nos tienen.
Porque seamos honestos, tener un amigo veterinario es una experiencia extrema.
Uno nunca sabe en qué momento el paseo termina convirtiéndose en rescate animal.
Nunca saben cuándo una salida familiar acabará en
“Solo acompáñame cinco minutos a la clínica.”
Mentira.
Jamás son cinco minutos.
Y ellos ahí… esperando.
Esperando mientras nosotros atendemos una emergencia.
Esperando mientras intentamos canalizar una vena imposible.
Esperando mientras discutimos con un tutor que buscó en internet y cree saber más que uno.
Esperando mientras peleamos contra el cansancio, el hambre y la frustración.
Y aun así… se quedan.
Muchos incluso terminaron involucrados más de lo que hubieran querido.
Todos tenemos ese amigo que sostuvo una linterna durante una cirugía porque “solo era un ratito”.
Ese amigo que terminó agarrando un perro de 40 kilos mientras gritaba:
“¡APÚRATE QUE ME VA A MORDER!”
O el legendario amigo que entró muy valiente al procedimiento… y terminó blanco como papel.
Porque sí… más de uno se desmayó.
Más de uno vomitó.
Más de uno salió corriendo diciendo:
“¡¿Cómo puedes comer después de ver eso?!”
Y nosotros riéndonos como si fuera normal.
Porque nuestra normalidad es absurda.
Nosotros hablamos de sangre mientras almorzamos.
Discutimos abscesos viendo una hamburguesa.
Mandamos fotos médicas a cualquier hora.
Nos emocionamos viendo una buena ecografía.
Celebramos cuando un paciente vuelve a caminar.
Y lloramos en silencio cuando no pudimos salvarlo.
Y nuestros amigos… aunque no entiendan del todo este mundo… estuvieron ahí.
Estuvieron cuando llegamos destruidos después de perder un paciente.
Cuando dudamos de nosotros mismos.
Cuando sentimos que el cansancio podía más.
Cuando pensamos en renunciar.
Cuando el odio en redes sociales nos golpeó.
Cuando un tutor injusto nos hizo sentir miserables.
Cuando el burnout nos estaba consumiendo.
Ahí estuvieron.
Sin juzgar.
Sin entender completamente.
Pero sosteniendo el corazón de alguien que vive intentando salvar otros corazones.
Y quizá nunca se los hemos dicho lo suficiente.
Gracias.
Gracias por escuchar historias médicas a horas absurdas.
Gracias por fingir interés en radiografías incomprensibles.
Gracias por acompañarnos aunque siempre terminemos hablando de animales.
Gracias por entender que muchas veces cancelamos planes porque apareció una emergencia.
Gracias por soportar el olor a clínica impregnado en nuestra ropa.
Gracias por no molestarse cuando respondemos mensajes mientras estamos comiendo porque “es un paciente delicado”.
Gracias por abrazarnos cuando un caso nos rompió el alma.
Porque aunque el título diga “Médico Veterinario”, esta profesión jamás se construye solo.
Detrás de cada veterinario cansado, frustrado y aún así apasionado… hay personas que ayudaron a sostenerlo cuando quería caer.
Padres que hicieron sacrificios gigantes.
Hermanos que escucharon nuestras crisis existenciales.
Amigos que estuvieron en los peores días.
Amigos que celebraron los pequeños triunfos como si fueran propios.
Este ensayo está dedicado a esas personas que también forman parte de nuestra historia.
A mis padres.
A mi hermano Santiago.
Y de forma muy especial a mis amigos.
Porque ustedes también son parte de cada paciente salvado.
De cada noche sin dormir.
De cada meta alcanzada.
De cada sueño cumplido.
Y estoy seguro de que miles de veterinarios leerán esto pensando inmediatamente en ese amigo que, sin ser veterinario… terminó viviendo esta profesión junto a nosotros.
Ese amigo que probablemente hoy sabe más de piometras, parvovirus y suturas de lo que jamás quiso aprender.
Ese amigo que vio cosas que lo dejaron traumado de por vida.
Pero que aun así…
se quedó.
Y eso, queridos amigos…
vale más de lo que imaginan.
Me encanta como escribes, gracias por hacerlo y compartirlo. 🧡
ResponderEliminarMe hace inmensamente feliz y además es un honor saber que lee mi blog, mi estimada Doctora! Abrazos
Eliminar