Cuando el ego entra por la puerta, la medicina veterinaria sale por la ventana por CABC.
Hay algo que me preocupa profundamente de nuestra profesión, y no tiene nada que ver con la falta de equipos, de medicamentos o de tecnología. Tiene que ver con nosotros.
Con nuestros egos.
Con esa absurda necesidad de demostrar quién sabe más, quién tiene más experiencia, quién posee el último diplomado, la especialidad más prestigiosa o la publicación más reciente. Como si la medicina veterinaria fuera una competencia entre colegas y no una misión compartida.
Y mientras discutimos por quién tiene la razón, olvidamos una verdad que debería avergonzarnos, ninguno de nosotros llegó hasta aquí solo.
Antes de que existieran los ecógrafos de alta resolución, la tomografía, la inteligencia artificial o la medicina basada en evidencia como la conocemos hoy, hubo médicos veterinarios que aprendieron cuando casi todo dependía de la observación clínica, del razonamiento y de la experiencia. Muchos trabajaron con recursos limitados, cometieron errores, enfrentaron frustraciones y dedicaron su vida a construir el camino que hoy recorremos con mucha más facilidad.
Esas canas no son un símbolo de antigüedad.
Son una biblioteca viviente.
Son miles de historias clínicas, miles de decisiones difíciles, miles de vidas que pasaron por sus manos.
¿Cómo no respetarlas?
Pero el respeto jamás debe convertirse en un argumento para rechazar el cambio.
Las nuevas generaciones tampoco llegaron por casualidad. Han sido formadas en un mundo completamente distinto. Acceden en segundos a información científica que antes tardaba meses en llegar. Se entrenan con tecnologías impensables hace pocos años, aprenden a cuestionar, a investigar y a tomar decisiones sustentadas en evidencia.
Eso tampoco debe asustarnos.
Debe llenarnos de esperanza.
Porque cada generación tiene algo que la otra necesita.
La experiencia enseña aquello que los libros nunca escribirán.
La ciencia actualizada corrige aquello que durante años creímos incuestionable.
No son enemigos.
Nunca debieron serlo.
Sin embargo, seguimos cayendo en el mismo error.
Algunos colegas mayores descalifican a los jóvenes únicamente porque "todavía les falta vivir". Algunos colegas jóvenes desprecian a quienes tienen décadas ejerciendo porque consideran que "están desactualizados".
Qué tragedia tan innecesaria.
Porque mientras unos creen que ya lo saben todo gracias a los años, otros creen que ya lo saben todo gracias a internet.
Y ambos se equivocan.
La medicina veterinaria no necesita héroes individuales.
Necesita equipos.
Necesita humildad.
Necesita profesionales capaces de decir: "Enséñame cómo lo haces", sin importar si quien está al frente tiene treinta años más... o treinta años menos.
El ego es un enemigo silencioso. No hace ruido cuando aparece. Se disfraza de prestigio, de autoridad, de títulos, de experiencia o de juventud. Nos convence de que escuchar al otro nos hace menos valiosos, cuando ocurre exactamente lo contrario.
Los mejores médicos veterinarios que he conocido nunca fueron quienes presumían saberlo todo.
Fueron quienes nunca dejaron de aprender.
Quienes preguntaban.
Quienes compartían.
Quienes corregían con respeto.
Quienes aceptaban que incluso después de treinta años de profesión todavía podían sorprenderse.
Porque la verdadera grandeza profesional no consiste en tener siempre la razón.
Consiste en seguir buscando la verdad.
Si alguna vez un médico con más experiencia te corrige, escucha antes de responder.
Si alguna vez un colega joven te muestra una nueva evidencia científica, léela antes de descartarla.
Nadie pierde prestigio por aprender.
Todos perdemos cuando dejamos de hacerlo.
Quizá ha llegado el momento de hacer algo que parece sencillo, pero que exige un enorme acto de humildad: dejar de competir entre generaciones y empezar a admirarnos mutuamente.
Que las canas sean sinónimo de sabiduría, no de soberbia.
Que la juventud sea sinónimo de innovación, no de arrogancia.
Que la experiencia abrace al conocimiento.
Y que el conocimiento honre a la experiencia.
Porque el día en que entendamos que el verdadero adversario no es el colega que piensa distinto, sino nuestro propio ego, ese día la medicina veterinaria dará un paso gigantesco.
Los animales nunca nos preguntarán cuántos años llevamos ejerciendo, cuántos títulos tenemos colgados en la pared o cuántos seguidores acumulamos en redes sociales.
Solo esperan que hagamos lo correcto.
Y quizá sea hora de preguntarnos, con absoluta honestidad:
¿Estamos dedicando más energía a demostrar que somos mejores que nuestros colegas... o a convertirnos en mejores médicos veterinarios para nuestros pacientes?
La respuesta a esa pregunta definirá el futuro de nuestra profesión mucho más que cualquier avance tecnológico.
Y ese futuro comienza cuando aprendemos a mirar con respeto las canas de quienes nos abrieron el camino y con esperanza los ojos de quienes hoy llegan para recorrerlo junto a nosotros.
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