El día que Dios quiso enseñarle al ser humano cómo se ama... creó un perro por Carlos Arturo Bastidas Collantes
El día que Dios quiso enseñarle al ser humano cómo se ama... creó un perro por Carlos Arturo Bastidas Collantes
Dicen que los perros no hablan.
Qué equivocación tan inmensa.
Hablan cada vez que esperan horas enteras detrás de una puerta.
Hablan cuando sienten nuestros pasos mucho antes de que la llave gire en la cerradura.
Hablan cuando apoyan su cabeza sobre nuestras piernas, justo el día en que el mundo se nos vino abajo y no queremos que nadie nos pregunte qué nos pasa.
Hablan con la mirada.
Y hay miradas que dicen mucho más que cualquier idioma.
Hoy es el Día Internacional del Perro.
Pero la verdad es que no existe un solo día suficiente para agradecer a esos seres que nacieron con una misión, enseñarnos a amar como nosotros casi nunca sabemos hacerlo.
Ellos llegan a nuestra vida sin hacer ruido.
Un pequeño cuerpo lleno de curiosidad.
Un corazón gigantesco.
Una promesa invisible.
Y, sin darnos cuenta, un día ya no imaginamos la casa sin el sonido de sus pasos, sin el golpeteo de su cola contra los muebles, sin esos ojos que parecen preguntarnos cada mañana:
"¿Hoy también iremos juntos?"
Los seres humanos somos expertos en poner condiciones.
"Te amaré si..."
"Estaré contigo mientras..."
"Te perdono, pero..."
Ellos no conocen esas palabras.
Ellos simplemente aman.
Aunque llegues tarde.
Aunque estés de mal humor.
Aunque los hayas regañado hace cinco minutos.
Aunque el mundo entero piense que eres un fracaso.
Para tu perro...
sigues siendo la persona más extraordinaria que existe.
Y eso debería hacernos llorar de humildad.
Porque muchas veces no hemos sido para ellos ni la mitad de buenos de lo que ellos han sido para nosotros.
Ellos celebran migajas de tiempo como si fueran tesoros.
Cinco minutos de juego.
Un paseo.
Una caricia.
Dormir a tus pies.
Escuchar tu voz.
Eso les basta para sentirse inmensamente felices.
Mientras nosotros seguimos buscando la felicidad en lugares donde nunca estuvo.
Los perros ya habían descubierto el secreto hace miles de años.
La felicidad siempre fue compartir la vida con quien amas.
Después llega el tiempo.
Ese enemigo que nunca perdona.
El hocico comienza a cubrirse de blanco.
Las patas tiemblan.
Las escaleras se vuelven montañas.
El juguete favorito permanece intacto durante días.
Y, sin embargo, cada vez que pronuncian su nombre...
hacen el esfuerzo más grande de toda su vida para levantarse.
No porque ya no les duela.
Sino porque siguen creyendo que tú eres lo mejor que les ha pasado.
¿Existe una demostración de amor más grande que esa?
Y entonces llega el día que nadie quiere vivir.
El veterinario baja la mirada.
Las palabras pesan toneladas.
Sabemos cuál es la decisión correcta.
Pero nunca será la decisión fácil.
Tomamos esa cabeza entre nuestras manos.
Acariciamos esas orejas que conocíamos de memoria.
Sentimos un último suspiro.
Y en ese instante no se rompe solamente un corazón.
Se rompe una parte de nuestra historia.
La casa queda exactamente igual.
Los muebles siguen donde estaban.
Su cama permanece en el mismo rincón.
Su plato continúa esperando.
Pero el hogar...
ya nunca vuelve a sonar igual.
Entonces comprendemos algo que duele hasta el alma.
Los perros jamás viven lo suficiente.
Nunca.
Porque diez, quince o veinte años no alcanzan para devolverles todo lo que nos regalaron.
Ellos merecían quedarse toda una vida.
La nuestra.
Y quizá Dios lo hizo así porque sabía que un corazón humano no podría soportar recibir durante cincuenta años un amor tan perfecto sin aprender nada de él.
Por eso su misión termina antes.
Porque ya nos enseñaron todo.
A perdonar.
A esperar.
A ser leales.
A disfrutar un amanecer.
A emocionarnos por cosas pequeñas.
A permanecer junto a quien amamos incluso cuando las palabras ya no sirven.
Si hoy tu perro duerme a tu lado...
haz una pausa.
Deja el teléfono.
Arrodíllate.
Abrázalo fuerte.
Muy fuerte.
No porque él lo necesite.
Sino porque un día darías cualquier cosa por volver a sentir el calor de ese abrazo durante un minuto más.
Y si hoy tu compañero ya no está...
no mires al cielo preguntando por qué se fue tan pronto.
Mira tu vida.
Mira en quién te convertiste gracias a él.
Cada acto de bondad.
Cada rescate.
Cada caricia que hoy das a otro animal.
Cada lágrima que todavía aparece cuando escuchas su nombre...
es la prueba de que nunca se fue del todo.
Porque los perros no mueren cuando deja de latir su corazón.
Mueren únicamente el día en que dejamos de recordarlos.
Y eso...
eso nunca sucede.
Tal vez, cuando llegue nuestro último día sobre la Tierra, no encontremos un gran portón de oro esperándonos.
Tal vez escuchemos algo mucho más hermoso.
El sonido de unas patas corriendo desesperadamente hacia nosotros.
Una cola moviéndose con la misma alegría de siempre.
Un ladrido que llevamos años extrañando.
Y entonces comprenderemos que, mientras nosotros llorábamos su ausencia...
ellos nunca dejaron de esperarnos.
Porque si existe un lugar llamado cielo...
estoy seguro de que los perros llegaron primero.
No para ocuparlo.
Sino para recibirnos moviendo la cola una vez más.
Feliz Día Internacional del Perro.
Si hoy tienes la inmensa fortuna de compartir tu vida con uno, no esperes a mañana para decirle cuánto lo amas.
Ellos no entienden nuestro idioma...
pero siempre han entendido nuestro corazón.
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