¿CUÁNTO CUESTA TU TRANQUILIDAD? Por Carlos A. Bastidas C.
Hay una conversación que los veterinarios de América Latina necesitamos tener, aunque nos incomode.
Tenemos que aprender a cobrar.
Y no me refiero simplemente a poner un precio en una factura. Me refiero a entender, de una vez por todas, que nuestros honorarios no son un favor que hacemos al propietario, ni una cifra que debemos esconder para evitar críticas, ni una estrategia improvisada para llenar la agenda.
Nuestros honorarios representan años de estudio, actualización permanente, responsabilidad profesional, infraestructura, equipos, insumos, personal, impuestos, riesgos, noches sin dormir, decisiones difíciles y, sobre todo, la responsabilidad de tener una vida en nuestras manos.
Pero parece que a muchos colegas todavía les da miedo cobrar lo que realmente vale su trabajo.
¿Por qué?
Porque tienen miedo de una mala reseña.
Porque temen que alguien diga: “Ese veterinario solo quiere dinero.”
Porque existe una presión social cada vez más fuerte de ciertos sectores animalistas que parecen olvidar que detrás de cada consulta, cada cirugía y cada diagnóstico hay un profesional que también tiene que vivir.
O simplemente porque algunos creen que cobrar barato es una brillante estrategia de marketing.
No.
Hay pocas cosas más peligrosas para nuestra profesión que no saber cobrar.
Porque cuando un veterinario cobra demasiado barato, no solamente está afectando su propio bolsillo.
Está deteriorando el mercado.
Está enseñando al propietario que nuestro trabajo vale poco.
Está obligando a otros colegas a competir bajando precios.
Y, finalmente, termina construyendo una profesión donde estudiar más, prepararse más y trabajar mejor no necesariamente significa vivir mejor.
Y aquí viene una pregunta que puede resultar incómoda:
¿Usted se arriesgaría a un linchamiento mediático por 20 dólares?
Porque esa es una realidad que existe en Ecuador y, probablemente, en muchos otros países de nuestra región.
Hay lugares donde una esterilización puede costar menos de lo que debería costar simplemente para atraer volumen.
¿Veinte dólares?
Pregunto seriamente:
¿Su tranquilidad vale 20 dólares?
¿Su estabilidad emocional?
¿Su reputación profesional?
¿El riesgo quirúrgico?
¿Los medicamentos?
¿La anestesia?
¿Los materiales?
¿El monitoreo?
¿El tiempo?
¿La responsabilidad?
¿La tranquilidad de su familia?
¿Todo eso vale 20 dólares?
Veinte dólares no cuestan ni una pizza en muchos lugares.
Y, sin embargo, hay colegas que utilizan precios extremadamente bajos como estrategia de marketing bajo el argumento de que “con volumen se compensa”.
¿Se compensa con qué?
¿Con qué materiales?
¿Con qué calidad de anestesia?
¿Con qué monitoreo?
¿Con qué tiempo quirúrgico?
¿Con qué personal?
¿Con qué seguimiento?
Porque si para que los números funcionen tenemos que sacrificar calidad, entonces ya no estamos hablando de una estrategia de marketing.
Estamos hablando de otra cosa.
Y aquí quiero hacer una aclaración importante:
Esto no es un llamado a cobrar caro por cobrar caro.
Es un llamado a cobrar bien.
A calcular nuestros costos.
A conocer nuestro punto de equilibrio.
A valorar nuestro tiempo.
A establecer honorarios coherentes con nuestra preparación, infraestructura, riesgo y calidad de servicio.
A dejar de sentir vergüenza por cobrar.
Porque cobrar justamente no nos convierte en malos veterinarios.
Nos convierte en profesionales que entienden el valor de su profesión.
Y pasando de coles a nabos…
Hoy vi una situación que también debería hacernos reflexionar.
Un hospital veterinario grande en Ecuador está enfrentando un problema tremendo relacionado con un servicio de estética. Un paciente falleció y, como suele suceder en estos casos, las redes sociales se convierten rápidamente en un tribunal.
No pretendo juzgar a nadie.
No conozco todos los detalles.
No estoy diciendo quién tiene o no tiene responsabilidad.
Pero sí quiero compartir algo desde la experiencia:
¿Realmente vale la pena que una clínica veterinaria se exponga innecesariamente a ofrecer servicios que no forman parte de su verdadero núcleo médico?
Y aquí hablo particularmente de la estética.
Porque pensemos por un momento en algo absurdo, pero perfectamente posible.
Usted puede haber diagnosticado correctamente a un paciente.
Puede haber realizado una cirugía compleja.
Puede haber salvado su vida.
Puede haber tratado una enfermedad durante meses.
Puede haber acompañado a esa familia en momentos difíciles.
Y un día…
una peluquería queda mal.
El corte no le gustó al propietario.
El perro quedó diferente a lo que esperaba.
El gato salió estresado.
El propietario se molesta.
Publica una fotografía.
Escribe una reseña.
Y de repente, todo el prestigio construido durante años queda mezclado en una discusión por un servicio que ni siquiera corresponde al verdadero núcleo de su actividad médica.
Y si además ocurre un evento adverso grave durante ese servicio, la situación puede convertirse en un verdadero infierno profesional, legal, emocional y mediático.
Entonces vuelvo a preguntar:
¿Cuánto cuesta su tranquilidad?
Porque a veces queremos ofrecerlo absolutamente todo.
Consulta.
Cirugía.
Hospitalización.
Laboratorio.
Ecografía.
Radiología.
Farmacia.
Estética.
Guardería.
Alimentación.
Accesorios.
Y cualquier cosa que pueda generar un ingreso adicional.
Pero no todo lo que puede generar dinero necesariamente conviene a una clínica veterinaria.
Hay negocios que generan ingresos y también generan riesgos.
Y debemos aprender a distinguirlos.
NO SE TRATA DE JUZGAR. SE TRATA DE ABRIR LOS OJOS.
Este texto no pretende señalar a ningún colega.
No pretende decirle a nadie cuánto debe cobrar.
Mucho menos pretende cuestionar a quienes trabajan con precios diferentes por razones sociales, económicas o estratégicas.
Pero sí quiero hacer un llamado.
Despertemos.
Porque nuestra profesión necesita médicos veterinarios mejor preparados, pero también necesita veterinarios que comprendan que su trabajo tiene un valor económico.
Tenemos que seguir estudiando.
Tenemos que capacitarnos.
Tenemos que invertir en equipos.
Tenemos que actualizar protocolos.
Tenemos que mejorar nuestros hospitales.
Tenemos que aprender anestesia, cirugía, medicina interna, diagnóstico por imagen, laboratorio, urgencias y tantas otras áreas.
Tenemos que leer.
Tenemos que asistir a congresos.
Tenemos que hacer posgrados.
Tenemos que equivocarnos, aprender y volver a estudiar.
Pero todo eso cuesta dinero.
Y no debería convertirse en una condena económica.
Nuestra preparación debería abrirnos mejores oportunidades de vida.
Porque detrás del médico veterinario también existe una persona.
Existe una familia.
Existen hijos.
Existen padres.
Existe una casa.
Existen sueños.
Existen responsabilidades.
Existe cansancio.
Existe salud mental.
Y también existe el derecho legítimo a vivir dignamente de nuestra profesión.
No tenemos que sentir culpa por eso.
VETERINARIO: DEJA DE REGALAR TU TRABAJO
Si usted cobra barato porque quiere ayudar a una persona que realmente lo necesita, lo respeto.
Eso es solidaridad.
Pero una cosa es ayudar y otra muy diferente es convertir la precarización de nuestra profesión en un modelo de negocio.
No confundamos solidaridad con autosabotaje.
Si quiere hacer campañas sociales, hágalas.
Si quiere ofrecer atención gratuita a quien realmente no puede pagar, hágalo.
Pero que sea una decisión consciente.
No una obligación.
No una estrategia desesperada.
Y mucho menos una forma de destruir sus propios honorarios.
Porque si usted regala permanentemente su trabajo, llegará un momento en que ya no podrá pagar la capacitación que necesita, el equipo que necesita, el personal que necesita y la infraestructura que necesita.
Y entonces todos perdemos.
Pierde usted.
Pierde su familia.
Pierde el paciente.
Y pierde la profesión.
Quizá llegó el momento de dejar de competir por quién cobra menos.
Competir por quién ofrece mejor medicina.
Por quién tiene mejores protocolos.
Por quién monitorea mejor.
Por quién diagnostica mejor.
Por quién se actualiza más.
Por quién tiene mejores instalaciones.
Por quién trata mejor al paciente.
Por quién comunica mejor.
Por quién acompaña mejor a la familia.
Y sí…
por quién sabe explicar correctamente por qué su servicio cuesta lo que cuesta.
Porque el propietario no siempre necesita el veterinario más barato.
Necesita entender por qué vale la pena confiarle la vida de su animal.
Ese debería ser nuestro verdadero marketing.
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Así que, colegas:
aprendamos a cobrar.
Aprendamos a administrar.
Aprendamos a decir NO.
Aprendamos a identificar qué servicios realmente queremos ofrecer.
Aprendamos a proteger nuestra reputación.
Aprendamos a proteger nuestra salud mental.
Aprendamos a proteger nuestras familias.
Y, sobre todo, aprendamos a respetar nuestro propio trabajo.
Porque si nosotros mismos no somos capaces de reconocer el valor de nuestra profesión…
no podemos esperar que los demás lo hagan por nosotros.
No se trata de hacerse rico.
Se trata de que después de tantos años de estudio, sacrificio y responsabilidad…
valga la pena ser veterinario.
Y si una cirugía, una consulta o un procedimiento tiene un costo real, tengamos el valor de cobrarlo.
Sin vergüenza.
Sin miedo.
Sin pedir disculpas.
Con ética.
Con transparencia.
Con calidad.
Y con la tranquilidad de saber que estamos cobrando lo necesario para poder seguir haciendo bien nuestro trabajo.
Porque al final, la pregunta no es solamente:
“¿Cuánto puedo cobrar?”
La verdadera pregunta es:
“¿Cuánto vale mi tranquilidad, mi profesión, mi familia y la responsabilidad de tener una vida en mis manos?”
Y quizá la respuesta sea mucho más grande que veinte dólares.
No regales nunca tu trabajo.
Porque algún día podrías descubrir, demasiado tarde, que mientras intentabas ser el veterinario más barato…
terminaste convirtiéndote en el profesional más barato de valorar.
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