HOY FUE UNO DE ESOS DÍAS EN LOS QUE PENSÉ: “YA NO QUIERO SER MÉDICO VETERINARIO” por Carlos A. Bastidas C.
HOY FUE UNO DE ESOS DÍAS EN LOS QUE PENSÉ: “YA NO QUIERO SER MÉDICO VETERINARIO” por Carlos A. Bastidas C.
Hoy fue uno de esos días.
Uno de esos días en los que, por unos minutos, me pregunté si realmente vale la pena seguir siendo médico veterinario.
Y quiero aclarar algo desde el principio: no fue por mis pacientes. Jamás por ellos.
Fue por sus tutores.
Por esos momentos en los que uno descubre que, además de atender enfermedades, diagnosticar, tratar, operar, hospitalizar y luchar por salvar vidas, también tiene que enfrentarse a algo mucho más difícil de manejar, la irresponsabilidad, la frustración y, algunas veces, el resentimiento social de quienes están detrás de nuestros pacientes.
Hoy me llamaron “clasista”.
Y debo confesar que la palabra me hizo pensar.
No porque me avergüence cobrar por mi trabajo.
No porque crea que todas las personas tienen que poder pagar absolutamente todo.
Y mucho menos porque considere que una mascota vale más que una persona.
Me hizo pensar porque vivimos en una época extraña en la que, aparentemente, poner límites, cobrar por un servicio profesional y exigir responsabilidad puede convertirse en “clasismo”.
Y no.
Cobrar por un servicio profesional no es clasismo.
Un médico veterinario estudió años. Invirtió dinero en su formación. Paga equipos, instalaciones, reactivos, medicamentos, servicios básicos, personal, mantenimiento, impuestos, capacitación y un interminable etcétera que muchas personas simplemente no ven.
Cuando alguien entra a una clínica veterinaria no está entrando a una institución de caridad por defecto.
Está entrando a un establecimiento donde profesionales ponen a disposición de su mascota conocimientos, tiempo, infraestructura, tecnología y responsabilidad profesional.
Y sí:
Eso tiene un costo.
LA HISTORIA EMPEZÓ ANTES DE LA CONSULTA
El caso de hoy comenzó de una manera que, retrospectivamente, ya decía bastante.
El tutor llegó a nuestra clínica acompañado de su perrita y prácticamente desde el primer momento comenzó a hablar de los médicos veterinarios que la habían atendido anteriormente.
Que uno cobraba demasiado.
Que otro hacía las cosas mal.
Que otro no sabía.
Que los precios eran exagerados.
Que nadie lo entendía.
Y uno escucha todo aquello y piensa:
“Bueno… quizá esta vez sea diferente.”
Pero existe una realidad que quienes trabajamos en esta profesión conocemos perfectamente:
Cuando una persona habla mal de absolutamente todos los profesionales que la atendieron antes, tarde o temprano existe la posibilidad de que nosotros terminemos siendo los siguientes.
Y así fue.
Se informó claramente el valor de la consulta.
No hubo engaño.
No hubo letra pequeña.
No hubo cobro sorpresa.
El precio estaba establecido antes de recibir el servicio.
Y aquí quiero detenerme en algo que parece obvio, pero aparentemente no lo es:
Si consideras que una consulta veterinaria es demasiado cara, tienes todo el derecho de buscar otra alternativa.
Nadie te obliga a entrar.
Nadie te apunta con un arma.
Nadie te obliga a contratar nuestros servicios.
Puedes preguntar el precio, comparar, buscar otra clínica, buscar otro profesional o decidir no realizar la consulta.
Y ENTONCES LLEGÓ EL PROBLEMA REAL
Se realizó la consulta.
Se estableció un diagnóstico presuntivo.
Se indicó un tratamiento.
Se explicó qué debía hacerse.
Se entregó una receta.
Se dijo que habría que realizar exámenes complementarios.
Y después ocurrió algo que, lamentablemente, quienes trabajamos en medicina veterinaria conocemos demasiado bien:
El medicamento no fue comprado porque el tutor no tenía dinero.
Y aquí quiero ser muy claro.
¿Puede una persona no tener dinero?
Por supuesto.
¿Puede una familia atravesar dificultades económicas?
Por supuesto.
¿Debemos tener empatía?
Absolutamente.
Pero existe una diferencia gigantesca entre:
“Doctor, no puedo comprar todo el tratamiento hoy. ¿Qué alternativas tengo?”
y
“No compré el tratamiento y mi mascota no mejora, por lo tanto usted es un mal médico.”
No son lo mismo.
Si el tratamiento indicado no se administra, el resultado clínico puede verse comprometido.
Si el medicamento no se compra, no puede administrarse.
Si no se administra, no podemos esperar que el organismo responda como si el tratamiento se hubiera cumplido.
La medicina no funciona por intención.
Funciona con diagnóstico, tratamiento, seguimiento, respuesta biológica y, en muchos casos, adherencia estricta por parte del tutor.
El médico puede indicar el tratamiento.
Pero no puede entrar a la casa del tutor y obligarlo a administrarlo.
¿QUIÉN ES RESPONSABLE ENTONCES?
Esta es quizá la pregunta que más deberíamos hacernos como profesión.
Porque estamos llegando a un punto peligroso:
se está confundiendo la responsabilidad del médico veterinario con la responsabilidad del tutor.
El médico veterinario tiene obligaciones.
Debe actuar con conocimiento.
Debe explicar.
Debe diagnosticar dentro de sus posibilidades.
Debe proponer alternativas.
Debe informar riesgos.
Debe realizar seguimiento cuando corresponda.
Debe actuar con ética.
Pero el tutor también tiene obligaciones.
Debe proporcionar información veraz.
Debe cumplir las indicaciones.
Debe administrar los medicamentos.
Debe regresar a controles cuando sean necesarios.
Debe comunicar cambios.
Debe tomar decisiones responsables.
Y, sobre todo:
Debe comprender que aceptar un tratamiento implica también asumir la responsabilidad de cumplirlo o comunicar honestamente que no puede hacerlo.
Y DESPUÉS… LA “FUNA”
Como el profesional no cedió ante las amenazas, apareció el recurso favorito de nuestra época:
las redes sociales.
“Son malos médicos.”
“Solo les interesa el dinero.”
“Son clasistas.”
“Lo único que quieren es cobrar.”
Pero hagamos una pregunta :
¿Realmente queremos vivir en una sociedad donde cualquier profesional puede ser públicamente destruido porque no accedió a una exigencia?
¿Dónde queda el derecho del profesional a decir NO?
¿Dónde queda el derecho de una clínica a establecer sus precios?
¿Dónde queda el derecho de un médico veterinario a no regalar su trabajo?
¿Dónde queda la responsabilidad del tutor?
Porque una cosa es denunciar una mala práctica profesional.
Y otra completamente diferente es utilizar una campaña de desprestigio porque un profesional no accedió a nuestras expectativas.
A MIS COLEGAS: TENEMOS QUE DESPERTAR
Creo que los médicos veterinarios tenemos parte de responsabilidad en este problema.
Durante demasiado tiempo hemos aceptado cosas que otras profesiones jamás aceptarían.
Consultas gratuitas.
Descuentos permanentes.
“Solo mírale rapidito.”
“Doctor, no tengo dinero, pero es rescatado.”
“Después le pago.”
“Solo necesito que me diga qué tiene.”
“Ya que estoy aquí, ¿puede revisarle esto?”
“En otra clínica me cobran menos.”
“Si realmente amas a los animales, deberías ayudarme.”
Y hemos permitido que la sociedad confunda vocación con obligación de regalar nuestro trabajo.
Ser médico veterinario implica amar a los animales.
Pero amar a los animales no significa despreciar el trabajo de quienes los atienden.
Una cosa no invalida la otra.
Podemos tener vocación y cobrar.
Podemos tener empatía y poner límites.
Podemos ayudar y decir que no.
Podemos hacer descuentos cuando nuestra realidad económica lo permite.
Podemos colaborar con casos sociales.
Podemos atender emergencias.
Podemos tener programas de ayuda.
Pero debe ser nuestra decisión, no una obligación impuesta mediante culpa, amenazas o exposición pública.
NO SOMOS CAJEROS AUTOMÁTICOS DE LA COMPASIÓN
Y quizá esta sea una de las frases que más incomode:
Los médicos veterinarios no somos cajeros automáticos de la compasión.
No podemos solucionar todos los problemas económicos de todos los tutores.
No podemos financiar tratamientos indefinidamente.
No podemos pagar de nuestro bolsillo medicamentos, hospitalizaciones, cirugías y diagnósticos porque alguien considera que “un buen médico debería hacerlo”.
Porque detrás de cada clínica existe una realidad:
Hay alquiler.
Hay equipos.
Hay empleados.
Hay proveedores.
Hay impuestos.
Hay mantenimiento.
Hay insumos.
Hay capacitación.
Hay años de estudio.
Y hay algo que muchas veces se olvida:
también tenemos una vida que pagar.
¿DEBERÍAMOS NEGAR LA ATENCIÓN?
Aquí está mi gran dilema.
Después de días como hoy, uno piensa:
“Quizás simplemente deberíamos dejar de atender a este tipo de personas.”
Y entiendo perfectamente de dónde nace ese pensamiento.
Nace del cansancio.
De la frustración.
De sentir que, hagas lo que hagas, nunca será suficiente.
Pero quizá la solución no sea negar atención por la condición económica de alguien.
Quizá la solución sea algo mucho más inteligente:
establecer límites claros.
Políticas transparentes.
Precios visibles.
Consentimientos informados.
Planes de tratamiento.
Alternativas terapéuticas cuando existan.
Programas sociales definidos.
Convenios.
Fondos de ayuda.
Y, sobre todo:
cero tolerancia al maltrato, las amenazas y la manipulación.
Porque una persona puede no tener dinero.
Eso merece comprensión.
Pero no tener dinero jamás otorga derecho a insultar, amenazar, difamar o humillar a quien está intentando ayudar.
Y SI EL PROTAGONISTA DE ESTA HISTORIA LLEGA A LEER ESTO…
Ojalá no se quede únicamente con la palabra “clasista”.
Ojalá lea todo.
Ojalá se pregunte algo muy sencillo:
¿Qué parte de la historia también me corresponde a mí?
Porque quizá el problema no fue que el médico quisiera cobrar.
Quizá el problema fue esperar que el médico asumiera una responsabilidad que también correspondía al tutor.
Quizá el problema no fue que la clínica no quisiera ayudar.
Quizá el problema fue interpretar un límite profesional como una ofensa personal.
Quizá el problema no fue el precio.
Quizá el problema fue aceptar un servicio cuyo costo no estaba dispuesto a asumir.
Y quizá, solamente quizá, antes de publicar una acusación contra alguien, deberíamos preguntarnos:
“¿Estoy contando toda la historia o solamente la versión que me hace quedar como víctima?”
Porque las redes sociales tienen una característica peligrosa:
pueden convertir una frustración personal en una sentencia pública.
Y muchas veces la gente juzga sin conocer lo que ocurrió detrás de la pantalla.
A MIS COLEGAS: NO RENUNCIEMOS POR ESTO
Hoy pensé que ya no quería ser médico veterinario.
Mañana probablemente volveré a entrar a mi clínica.
Volveré a escuchar un corazón.
Volveré a mirar una ecografía.
Volveré a recibir un cachorro.
Volveré a atender un paciente geriátrico.
Volveré a operar.
Volveré a preocuparme.
Volveré a intentar salvar una vida.
Porque al final, nuestros pacientes no tienen la culpa de las decisiones de sus tutores.
Y esa es precisamente la paradoja de nuestra profesión:
A veces quienes más nos hacen querer abandonar son los seres humanos que acompañan a nuestros pacientes.
Pero cuando miramos a los ojos de ese perro o ese gato que confía completamente en nosotros…
recordamos por qué empezamos.
Así que no, quizá no quiero dejar de ser médico veterinario.
Quiero dejar de aceptar que ser médico veterinario signifique aguantarlo todo.
Quiero una profesión donde podamos tener vocación sin ser explotados.
Donde podamos ayudar sin ser manipulados.
Donde podamos cobrar sin sentir culpa.
Donde podamos decir “no” sin ser destruidos públicamente.
Donde el tutor entienda que también tiene responsabilidades.
Y donde la sociedad finalmente comprenda algo que debería ser elemental:
La medicina veterinaria es una profesión.
No es un favor.
No es caridad obligatoria.
No es un servicio gratuito.
Y mucho menos es un derecho a maltratar al profesional cuando las cosas no salen como queremos.
Nuestros pacientes merecen médicos veterinarios comprometidos.
Pero los médicos veterinarios también merecemos tutores responsables, respetuosos y conscientes de que cuidar una vida implica asumir responsabilidades.
Porque al final…
el problema nunca fue amar demasiado a los animales.
El problema es que algunos pretenden que nosotros paguemos el precio de ese amor por ellos.
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