La verdadera grandeza de un médico veterinario no se demuestra humillando colegas por Carlos A. Bastidas C.
La verdadera grandeza de un médico veterinario no se demuestra humillando colegas por Carlos A. Bastidas C.
En los últimos años se ha vuelto cada vez más frecuente encontrar colegas que hablan desde un pedestal, como si hubieran sido nombrados guardianes absolutos de la verdad. Parecen olvidar que la medicina veterinaria no nació para alimentar egos, sino para aliviar el sufrimiento de los animales y servir a la sociedad.
Hay quienes creen que por tener una especialidad, un cargo universitario o una trayectoria determinada han adquirido el derecho de menospreciar a quienes piensan diferente. Se expresan con superioridad, descalifican públicamente a colegas y convierten el debate científico en un escenario para demostrar quién sabe más. Sin darse cuenta, terminan demostrando exactamente lo contrario de lo que significa ser un verdadero profesional.
La ciencia avanza gracias al intercambio de ideas, no gracias a la humillación. Un médico veterinario realmente grande no necesita recordar constantemente sus títulos; su conocimiento habla por él. Quien domina una disciplina enseña, corrige con respeto y construye puentes. Quien necesita humillar para imponer su opinión, probablemente está defendiendo más su ego que la ciencia.
Es necesario diferenciar dos conceptos que muchas veces se mezclan deliberadamente: ejercer una disciplina y ostentar un título.
Un médico veterinario general, legalmente habilitado para ejercer, puede desarrollar competencias en cirugía, ortopedia, medicina interna, dermatología, ecografía, cardiología y muchas otras áreas mediante formación continua, experiencia, mentoría y actualización permanente. Lo que no debe hacer es autodenominarse especialista si no ha obtenido una especialización formal reconocida. Esa diferencia es fundamental.
También es importante recordar que un diplomado, un curso o una certificación enriquecen el conocimiento, pero no convierten automáticamente a nadie en especialista. El respeto por los títulos debe ser para todos.
Sin embargo, centrar toda la discusión en atacar a médicos veterinarios generales mientras se ignora el verdadero problema resulta preocupante.
En muchos países de Latinoamérica existe un fenómeno mucho más grave: profesionales de otras áreas, como ingenieros zootecnistas, ingenieros agropecuarios, agrónomos y otras profesiones afines, realizan actos propios de la medicina veterinaria, prescriben medicamentos, diagnostican enfermedades e incluso practican procedimientos quirúrgicos para los cuales no fueron formados. Ese es el verdadero intrusismo profesional, porque implica que personas sin la formación médica correspondiente intervengan directamente sobre la salud y la vida de los animales.
Paradójicamente, algunos prefieren dedicar su energía a desacreditar colegas veterinarios antes que a enfrentar ese problema real. Es más fácil señalar desde las redes sociales que trabajar unidos para fortalecer la profesión.
La realidad latinoamericana tampoco puede analizarse con la misma perspectiva de países donde existe un especialista para cada disciplina y donde las referencias funcionan de manera ideal. En gran parte de nuestra región, el médico veterinario general debe resolver emergencias, practicar cesáreas, estabilizar pacientes críticos, realizar cirugías de tejidos blandos, atender traumatismos, interpretar ecografías y manejar enfermedades complejas porque simplemente no existe otro profesional disponible. Esa realidad no puede ignorarse desde la comodidad de un escritorio.
La diferencia entre un buen veterinario y uno irresponsable nunca ha sido el nombre de un diploma. La diferencia está en reconocer los propios límites, estudiar todos los días, actualizarse constantemente, trabajar con ética y saber cuándo un caso requiere ser referido.
La humildad intelectual es una de las mayores virtudes de la medicina. Mientras más aprende un profesional, más consciente es de todo lo que aún desconoce. Quien cree saberlo todo deja de aprender; quien cree estar por encima de sus colegas deja de crecer.
Los títulos merecen respeto, pero jamás deben convertirse en armas para humillar. La autoridad académica no se impone con arrogancia; se gana inspirando, enseñando y formando mejores profesionales.
Porque al final, los animales no necesitan médicos con complejos de dioses. Necesitan médicos veterinarios competentes, éticos, humanos y comprometidos con aprender durante toda la vida.
Y quizás esa sea la mayor lección de todas, el conocimiento engrandece, pero la soberbia empequeñece incluso al currículo más brillante.
Ojalá este post llegué a las personas que tiene que llegarle, acá en México hay una que se cree diosa y solo sabe de heridas jajaja excelente post Doc Carlos
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