El derrotado, muchas veces, es el primero en aprender. por Carlos A. Bastidas C.
Para ser inmortal, primero hay que morirse.
Porque, al final, todo bicho vivo que se vuelve indestructible pierde el atractivo. La perfección es aburrida, y la invulnerabilidad es una mentira que tarde o temprano termina pasándonos factura.
Yo, en más de una oportunidad, utilicé mi propia vulnerabilidad para afilar mis esquinas y mis puntas. No porque me guste caer, sino porque aprendí que hay golpes que, si uno tiene la inteligencia suficiente para soportarlos, terminan convirtiéndose en herramientas.
El derrotado, muchas veces, es el primero en aprender.
Hablo mucho de la cima, sí. Pero hablo todavía más de los pisos. Porque conozco los dos. Y solamente a quienes quiero de verdad les hablo de las caídas, de los golpes, de los pacientes que no salen bien, de los postoperatorios que se complican, de esas noches en las que uno se pregunta qué más pudo haber hecho.
Ahí está la verdadera escuela.
Y cuando hablo con alguien que empieza, me gusta hacerlo como quien comparte un secreto de abuelo,despacio, sin hacer demasiado ruido, enseñándole los trucos, las mañas, las pequeñas cosas que nadie escribe en los libros, pero que la vida profesional termina cobrándote con intereses si no las aprendes a tiempo.
Porque para algo me tocó recorrer este camino.
Para algo me equivoqué.
Para algo perdí.
Para algo me levanté.
Y después de tantos años entendí algo que quizá sea una de las pocas certezas que tengo, en los pozos más profundos, pararse de manos es tocar el techo.
Así que no le tengan tanto miedo a caer.
A veces, desde el piso, es desde donde mejor se aprende a mirar hacia arriba.
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