NI UN VETERINARIO MENOS por Carlos A. Bastidas C.
La violencia ya cruzó las fronteras
Hay noticias que uno lee y puede continuar con su día.
Y hay otras que obligan a cerrar el teléfono, quedarse unos segundos en silencio y preguntarse:
¿En qué momento llegamos hasta aquí?
Hace tiempo que vengo observando con enorme preocupación las noticias sobre colegas veterinarios víctimas de amenazas, agresiones y asesinatos.
Primero fue México.
Y pensé:
“Esto no puede convertirse en una realidad para nuestro gremio.”
Pero hoy la preocupación es todavía mayor.
Porque la violencia no parece estar limitada a un solo país.
En julio de 2026, un médico veterinario fue asesinado a balazos dentro de su negocio en Matías Romero, Oaxaca. Su esposa también resultó herida.
Y apenas hace unas semanas, en Costa Rica, una médica veterinaria fue brutalmente atacada dentro de su propia clínica. El agresor habría ingresado armado con un martillo y la golpeó repetidamente, provocándole una fractura de cráneo y múltiples heridas. Según testimonios recogidos posteriormente, el hombre ya habría amenazado a otros profesionales veterinarios de la zona. El caso es investigado como tentativa de homicidio.
Entonces vuelvo a preguntarme:
¿QUÉ NOS ESTÁ PASANDO?
Porque esto ya no puede ser considerado simplemente como “un cliente molesto”.
No.
Cuando alguien amenaza.
Cuando alguien persigue.
Cuando alguien intimida.
Cuando alguien espera afuera de una clínica.
Cuando alguien destruye la reputación de un profesional.
Cuando alguien regresa armado.
Cuando alguien golpea.
Cuando alguien mata...
ya no estamos hablando de una inconformidad.
Estamos hablando de violencia.
Y la violencia contra un médico veterinario no puede convertirse en parte normal de nuestra profesión.
NO QUIERO ACOSTUMBRARME
Quizás lo que más me preocupa no sea únicamente que ocurran estos hechos.
Me preocupa que algún día terminemos acostumbrándonos a ellos.
Que aparezca una noticia sobre un veterinario agredido y simplemente digamos:
“Qué terrible.”
Compartamos la publicación.
Pongamos una bandera de solidaridad.
Y al día siguiente continuemos trabajando como si nada.
No podemos normalizarlo.
Porque cuando una sociedad comienza a acostumbrarse a la violencia, la violencia empieza a formar parte de su paisaje.
Y yo no quiero que la violencia forme parte del paisaje de nuestra medicina veterinaria.
No quiero que un colega tenga miedo de abrir su clínica.
No quiero que una veterinaria tenga que mirar constantemente hacia la puerta para comprobar quién entra.
No quiero que un médico veterinario tenga que preguntarse si una mala noticia médica puede convertirlo en objetivo de una agresión.
No quiero que nuestros estudiantes lleguen a la universidad pensando que, además de aprender medicina, tendrán que aprender a defenderse de sus propios clientes.
No quiero que eso sea nuestra profesión.
¿ESTÁ CAMBIANDO LA RELACIÓN ENTRE VETERINARIOS Y TUTORES?
Tenemos que hacernos esta pregunta sin miedo.
No para culpar a todos los tutores.
No para atacar a quienes aman profundamente a sus animales.
No para crear una guerra entre veterinarios y propietarios.
Todo lo contrario.
La mayoría de los tutores quiere a sus animales y busca lo mejor para ellos.
Pero también debemos reconocer que existe un problema cuando determinadas personas transforman el dolor, la frustración o la inconformidad en agresión contra el profesional.
Y aquí aparece algo que considero peligrosísimo:
la cultura de la sentencia inmediata.
Una mascota muere.
Alguien publica una versión.
Aparecen los comentarios.
Se comparte.
Se insulta.
Se acusa.
Se amenaza.
Y en cuestión de horas, una persona que ni siquiera conoce la historia clínica completa puede convertirse en juez, fiscal y verdugo.
¿Dónde quedaron la evidencia?
¿Dónde quedó la presunción de inocencia?
¿Dónde quedó la posibilidad de escuchar las dos versiones?
¿Dónde quedó la diferencia entre una denuncia legítima y un linchamiento digital?
UN ERROR MÉDICO NO SE COMBATE CON VIOLENCIA
Quiero ser absolutamente claro:
Si un veterinario comete una negligencia, debe investigarse.
Si existe mala práctica, debe denunciarse.
Si existe responsabilidad profesional, deben existir mecanismos para determinarla.
El tutor tiene derecho a preguntar.
Tiene derecho a reclamar.
Tiene derecho a solicitar una segunda opinión.
Tiene derecho a denunciar.
Pero no tiene derecho a golpear.
No tiene derecho a amenazar.
No tiene derecho a perseguir.
No tiene derecho a extorsionar.
Y mucho menos tiene derecho a matar.
La existencia de un posible error profesional jamás convierte la violencia en justicia.
Porque precisamente para eso existen las instituciones.
Para investigar.
Para juzgar.
Para sancionar.
Para reparar.
La violencia no es justicia.
Y ECUADOR DEBE ESCUCHAR
Hasta el momento, Ecuador no parece estar viviendo una situación con la misma magnitud de violencia contra veterinarios que la que hemos observado en algunos de estos casos.
Pero precisamente por eso debemos actuar antes.
No después.
La prevención no comienza cuando tenemos un cadáver.
La prevención comienza cuando identificamos las primeras señales.
Una amenaza.
Un mensaje intimidatorio.
Una persona que aparece repetidamente en la clínica.
Una campaña de acoso.
Un cliente que amenaza con “hacerte pagar”.
Una persona que publica tu dirección.
Amenazas contra tus hijos.
Amenazas contra tu pareja.
Amenazas contra tus trabajadores.
Eso no es normal.
Y tampoco debemos minimizarlo.
TENEMOS QUE DEJAR DE SER INGENUOS
Durante años muchos veterinarios hemos pensado:
“Es solo un cliente enojado.”
“Ya se le pasará.”
“No quiero problemas.”
“Mejor no denuncio.”
“Bloquéalo y listo.”
“Para qué hacer un escándalo.”
Hasta que un día el “cliente enojado” aparece con un arma.
O con un cuchillo.
O con un martillo.
Y entonces entendemos demasiado tarde que aquella primera amenaza no era una simple molestia.
Era una señal.
No significa que debamos vivir aterrorizados.
Significa que debemos aprender a gestionar el riesgo.
NUESTRA PROFESIÓN NECESITA PROTOCOLOS DE SEGURIDAD
Tenemos protocolos para anestesia.
Para cirugía.
Para emergencias.
Para bioseguridad.
Para residuos.
Para incendios.
Para mordeduras.
Pero muchas clínicas todavía no tienen un protocolo claro para responder ante una amenaza contra el personal.
Eso tiene que cambiar.
Cada clínica debería preguntarse:
¿Qué hacemos si un cliente amenaza a un veterinario?
¿Quién interviene?
¿Quién llama a la Policía?
¿Dónde se refugia el personal?
¿Quién acompaña al profesional?
¿Cómo se conserva la evidencia?
¿Cómo se restringe el acceso?
¿Qué hacemos si la persona regresa?
¿Qué hacemos si amenaza a través de redes sociales?
¿Qué hacemos si conoce nuestra dirección?
¿Quién acompaña jurídicamente al trabajador?
Estas preguntas no son exageradas.
Son prevención.
Y TENEMOS QUE DOCUMENTAR
Historia clínica.
Consentimiento informado.
Presupuestos.
Autorizaciones.
Explicación de riesgos.
Pronósticos.
Comunicaciones relevantes.
Mensajes amenazantes.
Capturas.
Videos.
Testigos.
Todo.
No porque queramos vivir enfrentados con nuestros clientes.
Sino porque vivimos en una época donde la memoria puede desaparecer, pero una captura de pantalla permanece.
La documentación clínica protege al paciente.
Y también puede proteger al profesional.
TENEMOS QUE APRENDER A DECIR: “HASTA AQUÍ”
Durante mucho tiempo confundimos servicio con sometimiento.
Y no son lo mismo.
Ser empático no significa permitir insultos.
Ser humano no significa aceptar amenazas.
Ser accesible no significa estar disponible para el abuso.
Ser médico veterinario no significa renunciar a nuestra dignidad.
Hay momentos en los que debemos decir:
“Entiendo su preocupación, pero no voy a permitir que me agreda o me amenace.”
Y si la situación continúa:
“La conversación termina aquí.”
Eso no es arrogancia.
Eso es un límite.
PERO TAMBIÉN TENEMOS UNA RESPONSABILIDAD
No podemos pedir respeto mientras nosotros mismos comunicamos mal.
Tenemos que mejorar.
Muchísimo.
Tenemos que explicar mejor los riesgos.
Tenemos que hablar de pronóstico.
Tenemos que explicar que ningún procedimiento médico tiene garantía absoluta.
Tenemos que explicar los costos antes de realizar procedimientos.
Tenemos que documentar las decisiones.
Tenemos que obtener consentimientos informados.
Tenemos que evitar promesas imposibles.
Tenemos que aprender comunicación de malas noticias.
Tenemos que aprender manejo de conflictos.
Y tenemos que enseñar estas habilidades desde la universidad.
Porque un excelente médico veterinario que no sabe comunicarse puede terminar enfrentándose a un conflicto que pudo prevenirse.
La medicina veterinaria también necesita comunicación clínica.
NO QUIERO UNA GUERRA CONTRA LOS TUTORES
Quiero dejar esto muy claro.
Los tutores no son nuestros enemigos.
Ellos necesitan de nosotros.
Nosotros necesitamos de ellos.
Tenemos un objetivo común:
el bienestar del animal.
Pero precisamente porque tenemos un objetivo común debemos construir una relación basada en confianza, transparencia y respeto.
Y el respeto debe funcionar en ambas direcciones.
Del veterinario hacia el tutor.
Y del tutor hacia el veterinario.
A MIS COLEGAS
No esperemos a que suceda en Ecuador.
No esperemos a que asesinen a un colega aquí.
No esperemos a que una veterinaria termine hospitalizada.
No esperemos a que una amenaza termine en tragedia.
Organizémonos ahora.
Colegios profesionales.
Asociaciones.
Universidades.
Hospitales.
Clínicas.
Gremios.
Autoridades.
Necesitamos hablar de seguridad.
Necesitamos protocolos.
Necesitamos capacitación.
Necesitamos canales de denuncia.
Necesitamos acompañamiento jurídico.
Necesitamos acompañamiento psicológico después de una agresión.
Necesitamos aprender a reconocer las señales de peligro.
Y necesitamos algo todavía más importante:
necesitamos dejar de guardar silencio.
PORQUE HOY ES UN COLEGA
Mañana puede ser otro.
Y pasado mañana, cualquiera de nosotros.
Ese es el verdadero motivo de mi indignación.
No conozco personalmente a todos los colegas que han sido víctimas.
Pero conozco perfectamente lo que significa ponerse una bata y entrar a una consulta con la intención de salvar una vida.
Sé lo que significa recibir un paciente grave.
Sé lo que significa intentar explicarle a una familia que quizá no podremos salvarlo.
Sé lo que significa luchar durante horas.
Sé lo que significa perder a un paciente.
Y sé que, muchas veces, el veterinario también se va a casa cargando con esa muerte.
Por eso me resulta insoportable pensar que, después de hacer todo lo posible por salvar una vida, alguien pueda decidir que ahora la vida del veterinario vale menos que la frustración que siente.
No.
No podemos aceptar eso.
QUE MÉXICO, COSTA RICA Y LOS DEMÁS CASOS NOS SIRVAN DE ADVERTENCIA
No quiero que estos casos se conviertan en estadísticas.
Quiero que se conviertan en aprendizaje.
Que cada ataque genere prevención.
Que cada amenaza genere un protocolo.
Que cada agresión genere una denuncia.
Que cada muerte genere una reforma.
Que cada colega atacado encuentre un gremio que lo acompañe.
Porque si algo debemos aprender de lo que está ocurriendo es esto:
la violencia no avisa dos veces.
A veces avisa una sola.
Y cuando no escuchamos...
puede ser demasiado tarde.
NI UN VETERINARIO MENOS
Hoy quiero expresar mi solidaridad con los colegas que han sido víctimas de violencia.
Con sus familias.
Con sus equipos de trabajo.
Con sus comunidades.
Y especialmente con quienes han tenido que continuar ejerciendo su profesión después de haber sido agredidos.
Pero también quiero convertir esta indignación en algo útil.
No quiero solamente compartir una noticia.
Quiero que discutamos.
Que nos preparemos.
Que capacitemos a nuestros equipos.
Que revisemos nuestros protocolos.
Que eduquemos a nuestros estudiantes.
Que enseñemos a nuestros tutores.
Que denunciemos.
Que acompañemos.
Que prevengamos.
Porque la medicina veterinaria no puede convertirse en una profesión donde salvar vidas implique poner en riesgo la propia.
Y porque hay una frase que hoy debería recorrer todas nuestras facultades, clínicas, hospitales, colegios y asociaciones veterinarias de Latinoamérica:
NINGÚN ANIMAL JUSTIFICA LA VIOLENCIA CONTRA UN SER HUMANO.
NINGÚN DESACUERDO MÉDICO JUSTIFICA UNA AMENAZA.
NINGUNA RED SOCIAL DEBE CONVERTIRSE EN UN TRIBUNAL DE LINCHAMIENTO.
Y NINGÚN VETERINARIO DEBERÍA MORIR POR INTENTAR SALVAR UNA VIDA.
NI UNO MÁS.
NI UN VETERINARIO MENOS.
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