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¿Por qué la medicina veterinaria debería costar menos? Por Carlos A. Bastidas C

 ¿Por qué la medicina veterinaria debería costar menos? Por Carlos A. Bastidas C.


Hay reportajes que informan. Hay otros que, quizá sin proponérselo, terminan construyendo una percepción equivocada sobre una profesión completa. El reciente reportaje difundido por Ecuavisa sobre los supuestos “altos costos” de la atención veterinaria en Ecuador, en mi opinión, cae precisamente en este segundo grupo.


El problema no es hablar de los precios de los servicios veterinarios. Por supuesto que debemos hablar de ellos. El problema es hacerlo desde una perspectiva incompleta, tomando principalmente como referencia la percepción de los usuarios que consideran costosa una consulta o un procedimiento, pero sin explicar qué existe detrás de ese valor.


Porque una pregunta tan sencilla como “¿por qué cuesta tanto una consulta veterinaria?” debería conducir inmediatamente a otra mucho más importante. ¿Qué estamos pagando realmente cuando llevamos a un animal a una clínica veterinaria?


¿Estamos pagando solamente los minutos que el médico permanece frente al paciente?


Si la respuesta fuera sí, entonces probablemente cualquier consulta médica veterinaria o humana debería costar muy poco.


Pero todos sabemos que no funciona así.


Cuando un paciente ingresa a una clínica veterinaria, no está pagando únicamente los minutos de conversación con el profesional. Está pagando años de formación universitaria, actualización permanente, experiencia clínica, infraestructura, equipos de diagnóstico, personal, esterilización, bioseguridad, medicamentos, insumos, mantenimiento, servicios básicos, impuestos, capacitación, responsabilidad profesional y, sobre todo, la capacidad de tomar decisiones médicas que pueden significar la diferencia entre la vida y la muerte.


La medicina veterinaria no es una actividad improvisada ni un servicio basado exclusivamente en la buena voluntad.


Es medicina.


Y aquí parece existir una contradicción que debemos empezar a discutir seriamente en Ecuador.


¿Por qué seguimos esperando que la medicina veterinaria tenga un precio simbólico simplemente porque el paciente es un animal?


Un médico veterinario estudia durante prácticamente el mismo periodo de tiempo que otros profesionales de la salud. Debe aprender anatomía, fisiología, farmacología, microbiología, patología, cirugía, anestesiología, medicina interna, diagnóstico por imagen, laboratorio clínico y muchas otras disciplinas.


Y después de graduarse, el aprendizaje no termina.


Al contrario, comienza una vida profesional de actualización permanente.


Entonces aparece una situación curiosa, queremos veterinarios altamente capacitados, clínicas modernas, diagnóstico por imagen, laboratorio, anestesia segura, cirugía avanzada, hospitalización, medicamentos de calidad y atención las 24 horas...


pero queremos pagar como si estuviéramos comprando un producto de supermercado.


Eso simplemente no es sostenible.


Y hay algo todavía más importante.


La responsabilidad profesional tampoco desaparece porque el paciente tenga cuatro patas.


Un veterinario puede equivocarse. Puede enfrentar una complicación anestésica, una reacción medicamentosa, una emergencia quirúrgica, una enfermedad de evolución impredecible o una situación crítica en la que debe tomar decisiones en cuestión de minutos.


La responsabilidad existe.


La presión existe.


La preparación existe.


El riesgo existe.


Entonces, ¿por qué la profesión debería ser económicamente menospreciada?


También debemos hablar de los insumos.


Muchos medicamentos utilizados en medicina veterinaria son los mismos principios activos utilizados en medicina humana. Los equipos de diagnóstico no se fabrican gratis. Los reactivos de laboratorio tienen un costo. Los materiales quirúrgicos tienen un costo. La anestesia tiene un costo. La electricidad tiene un costo. El alquiler tiene un costo. Los salarios tienen un costo.


Y algo que pocas veces se explica en este tipo de reportajes, una clínica veterinaria también tiene que sobrevivir.


No puede pagar salarios, comprar equipos, mantener instalaciones, renovar tecnología, cumplir obligaciones tributarias, adquirir medicamentos y responder ante emergencias utilizando únicamente “vocación”.


La vocación puede explicar por qué elegimos esta profesión.


No puede ser utilizada para justificar que trabajemos gratuitamente.


Los médicos veterinarios amamos a los animales. Precisamente por eso nos preparamos para atenderlos correctamente.


Pero amar una profesión no significa renunciar al derecho de recibir una remuneración justa por ejercerla.


Y aquí llegamos a otro punto de quiebre ¿realmente son tan altos los precios de la medicina veterinaria ecuatoriana?


Antes de afirmar que la atención veterinaria es “demasiado cara”, sería necesario compararla con estándares internacionales.


¿Alguien ha investigado cuánto cuesta una consulta veterinaria, una cirugía, una hospitalización, una ecografía, una anestesia o una emergencia en países donde la medicina veterinaria está mucho más desarrollada?


¿Se ha comparado el costo de esos servicios con los ingresos promedio de los profesionales?


¿Se ha analizado cuánto cuesta mantener una clínica veterinaria moderna?


¿Se ha calculado cuánto cuesta realmente ofrecer medicina veterinaria segura?


Porque comparar únicamente el precio de una consulta sin analizar todo lo que contiene ese servicio es una comparación incompleta.


También se habla de que “no existe control de calidad ni de precios”.


Aquí debemos ser particularmente cuidadosos.


¿Control de calidad significa establecer un precio máximo para todos los veterinarios?


¿Significa que una clínica pequeña debería cobrar exactamente lo mismo que un hospital veterinario con laboratorio, quirófano, hospitalización y diagnóstico por imagen?


¿Significa que un profesional con años de experiencia y formación especializada debería cobrar igual que alguien que recién comienza?


La calidad no se controla simplemente colocando un precio.


La calidad se controla mediante formación profesional, regulación, condiciones sanitarias, protocolos, equipamiento adecuado, responsabilidad profesional, buenas prácticas y mecanismos efectivos de supervisión.


Y respecto al precio, debemos entender algo elemental, no todos los servicios son iguales.


Una consulta general no es lo mismo que una consulta especializada.


Una clínica básica no es lo mismo que un hospital.


Una cirugía rutinaria no es lo mismo que una cirugía compleja.


Una atención programada no es lo mismo que una emergencia a las tres de la mañana.


Pretender que todos tengan el mismo precio sería tan absurdo como pretender que todos los restaurantes cobren lo mismo por una comida simplemente porque todos venden alimentos.


El usuario tiene derecho a elegir.


Puede acudir al profesional que esté dentro de sus posibilidades económicas.


Eso ocurre en prácticamente todos los ámbitos de la vida.


Y aquí debemos hablar también de una responsabilidad que pocas veces aparece en estas discusiones:


tener un animal de compañía implica asumir una responsabilidad económica.


No basta con quererlo.


No basta con decir “es parte de mi familia”.


Si un perro o un gato forma parte de nuestra familia, también debemos estar preparados para asumir sus necesidades: alimentación, vacunación, desparasitación, prevención, controles médicos y, eventualmente, enfermedades o emergencias.


Tener un animal es una decisión afectiva, pero también es una decisión responsable.


Y esto no significa que una persona de bajos recursos no tenga derecho a tener animales. Significa que debemos comprender que la medicina tiene un costo y que nadie debería exigirle al profesional que absorba ese costo.


Cuando nosotros acudimos a un hospital por una enfermedad, ¿entramos preguntando cuánto descuento nos van a hacer?


¿Le exigimos al médico que reduzca sus honorarios porque “solamente fueron veinte minutos”?


¿Le pedimos al laboratorio que regale los reactivos?


¿Le decimos al anestesiólogo que cobre menos porque el paciente tiene dificultades económicas?


Entonces, ¿por qué cuando el paciente es un perro o un gato consideramos que el veterinario debería justificar permanentemente cuánto cobra?


La solidaridad existe.


La empatía existe.


Un veterinario puede decidir ayudar a un paciente cuando las circunstancias lo ameritan.


Pero la ayuda debe ser una decisión del profesional, no una obligación impuesta por la sociedad.


Y hay otra cuestión que debemos empezar a defender con mucha más fuerza:


la medicina veterinaria merece respeto.


No somos comerciantes de animales.


No somos personas que “cobran por poner una inyección”.


No somos profesionales que escogieron una carrera porque “les gustan los perros”.


Somos profesionales de la salud animal.


Tenemos responsabilidades científicas, éticas y legales.


Nos equivocamos, por supuesto. Existen malos profesionales, como existen malos profesionales en cualquier otra profesión. Y cuando un veterinario actúa mal, debe ser investigado y sancionado conforme corresponda.


Pero una profesión completa no puede ser juzgada por los errores de algunos ni por la percepción económica de algunos usuarios.


También debemos exigir algo a nuestro propio gremio.


Debemos mejorar.


Debemos capacitarnos.


Debemos transparentar nuestros servicios.


Debemos explicar al tutor qué se está haciendo, por qué se está haciendo y qué está pagando.


Debemos abandonar prácticas poco profesionales.


Debemos trabajar con protocolos.


Debemos construir clínicas que realmente ofrezcan calidad.


Y debemos aprender a comunicar el valor de nuestro trabajo.


Porque quizá uno de nuestros mayores problemas no sea que la medicina veterinaria sea demasiado cara.


Quizá nuestro problema sea que no hemos sabido explicar suficientemente bien cuánto cuesta hacer medicina veterinaria de calidad.


Por eso este debate no debería convertirse en una guerra entre veterinarios y tutores.


Los tutores tienen derecho a preguntar.


Tienen derecho a comparar.


Tienen derecho a decidir dónde atender a sus animales.


Pero los veterinarios también tenemos derecho a establecer honorarios acordes con nuestra formación, nuestra experiencia, nuestra infraestructura, nuestros costos y nuestra responsabilidad profesional.


La medicina veterinaria no puede construirse sobre la idea de que el profesional debe trabajar barato porque siente amor por los animales.


La vocación nos llevó a estudiar medicina veterinaria.

La preparación nos permite ejercerla.

La responsabilidad nos obliga a hacerlo bien.

Y nuestro trabajo merece una remuneración justa.


Antes de decir que la medicina veterinaria es cara, hagamos la pregunta completa.


¿Cuánto cuesta realmente brindar medicina veterinaria de calidad?


Y, sobre todo:


¿Cuánto estamos dispuestos como sociedad a invertir en la salud y el bienestar de los animales que decimos considerar parte de nuestra familia?


Porque quizá el verdadero debate no sea cuánto cuesta un veterinario.


Quizá el verdadero debate sea cuánto valor estamos dispuestos a reconocerle a la medicina veterinaria.

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