¿Quién está formando a quienes cuidarán la vida? Por Carlos A. Bastidas C.
En Ecuador estamos viviendo una situación que merece mucho más que una discusión entre colegas, merece un debate nacional.
No es malo que existan institutos superiores. No es malo que existan nuevas alternativas de formación. Tampoco es malo que una persona quiera prepararse para trabajar en el cuidado y bienestar de los animales.
De hecho, los auxiliares veterinarios cumplen una función importante dentro de una clínica veterinaria. Son parte fundamental del equipo y pueden apoyar al médico veterinario en numerosas actividades.
Pero precisamente por eso debemos llamar a las cosas por su nombre.
UN AUXILIAR VETERINARIO NO ES UN MÉDICO VETERINARIO
Y no existe ninguna razón académica, profesional o sanitaria para que ambos perfiles sean presentados como equivalentes.
El auxiliar veterinario recibe una formación orientada al apoyo del médico veterinario, al manejo básico de pacientes, cuidado, higiene, asistencia en procedimientos, preparación de materiales, contención, apoyo hospitalario y otras actividades acordes con sus competencias.
El médico veterinario, en cambio, es un profesional de la salud animal, cuya formación comprende varios años de educación superior y una preparación científica, clínica y práctica mucho más amplia.
La diferencia no es simplemente un título. La diferencia está en la profundidad del conocimiento, las competencias, la capacidad de toma de decisiones y la responsabilidad profesional.
Un auxiliar puede ser extraordinariamente competente en su campo y convertirse en una pieza indispensable de una clínica. Pero eso no lo convierte en médico veterinario.
Y debemos decirlo con absoluta claridad absoluta, un auxiliar veterinario no está capacitado para sustituir al médico veterinario, realizar sus funciones profesionales ni asumir las responsabilidades clínicas que corresponden a un profesional de Medicina Veterinaria.
¿Por qué un auxiliar no debe recibir la misma formación que un médico veterinario?
Esta es una pregunta que merece ser planteada seriamente.
Si dos programas educativos enseñan prácticamente las mismas materias, con objetivos similares, contenidos similares y competencias similares, entonces debemos preguntarnos:
¿Cuál es realmente la diferencia entre ambos profesionales?
La formación de un médico veterinario requiere comprender profundamente la anatomía, fisiología, bioquímica, farmacología, microbiología, inmunología, patología, parasitología, epidemiología, enfermedades infecciosas, medicina interna, cirugía, anestesiología, diagnóstico por imagen, reproducción, nutrición, salud pública y muchas otras áreas.
Pero no se trata únicamente de estudiar esas asignaturas.
Se trata de integrar conocimientos y tomar decisiones clínicas.
Un médico veterinario debe aprender a construir diagnósticos diferenciales, interpretar resultados de laboratorio, valorar pruebas diagnósticas, establecer tratamientos, evaluar pronósticos, reconocer emergencias, tomar decisiones terapéuticas y asumir las consecuencias profesionales y éticas de esas decisiones.
Por eso, un programa destinado a formar auxiliares no debería pretender reproducir el currículo de Medicina Veterinaria en versión acelerada, reciben hasta cirugía en algunos programas.
No necesitamos "mini veterinarios".
Necesitamos auxiliares veterinarios bien formados.
El auxiliar debe complementar al veterinario, no reemplazarlo
Una clínica moderna funciona como un equipo.
El médico veterinario diagnostica, decide y dirige el manejo médico dentro de sus competencias.
El auxiliar apoya.
El médico veterinario interpreta.
El auxiliar ayuda a obtener y preparar información.
El médico veterinario prescribe y establece tratamientos dentro del marco correspondiente.
El auxiliar ejecuta aquellas tareas que le correspondan y para las cuales esté capacitado y autorizado.
El médico veterinario toma decisiones clínicas.
El auxiliar debe saber reconocer cuándo una situación supera sus competencias y requiere inmediatamente la intervención del profesional, de hecho no se debería permitir su ejercicio profesional sin la supervisión de un médico veterinario.
Eso es trabajo en equipo.
Pretender que el auxiliar realice la labor del médico veterinario no fortalece la profesión.
La debilita.
Y, principalmente, pone en riesgo al paciente.
El problema no son los institutos
Es importante no equivocarnos de enemigo.
El problema no es que existan institutos que formen auxiliares veterinarios.
Al contrario, Ecuador necesita buenos auxiliares.
Necesita personas capacitadas para trabajar responsablemente en clínicas, hospitales veterinarios, refugios, centros de bienestar animal, establecimientos relacionados con animales y otros espacios donde sus competencias sean pertinentes.
El problema aparece cuando determinadas ofertas educativas comienzan a generar la percepción de que, después de unos pocos meses de capacitación, una persona puede adquirir competencias equivalentes a las de un médico veterinario.
Y ahí debemos detenernos.
Porque la Medicina Veterinaria no se puede comprimir artificialmente en unos cuantos meses.
No importa cuán atractivo sea el programa.
No importa cuántas materias incluya.
No importa cuántos docentes tenga.
No importa cuántas fotografías de quirófanos aparezcan en la publicidad.
No importa cuántas universidades aparezcan mencionadas como "aval".
La pregunta fundamental sigue siendo:
¿Qué competencias reales tiene el egresado?
No necesitamos auxiliares que crean que son veterinarios
Esta frase puede resultar fuerte, pero es necesaria.
El problema más grave no sería tener un auxiliar bien capacitado.
El problema sería formar a una persona que cree que tiene competencias profesionales que realmente no posee.
Porque entonces podría comenzar a:
- diagnosticar enfermedades;
- prescribir medicamentos;
- modificar tratamientos;
- interpretar pruebas sin supervisión;
- realizar procedimientos para los cuales no está capacitado;
- realizar cirugías;
- administrar anestesia sin supervisión adecuada;
- atender emergencias como si fuera el profesional responsable;
- emitir criterios clínicos que correspondan al médico veterinario;
- presentarse ante los propietarios como médico veterinario.
Y entonces ya no estamos hablando simplemente de educación.
Estamos hablando de seguridad del paciente, ética profesional y salud pública.
Un título de tercer nivel tampoco convierte a alguien automáticamente en médico veterinario
Aquí existe otra fuente potencial de confusión.
En Ecuador existen diferentes niveles y tipos de formación dentro de la educación superior.
Por ello, decir:
"Es un título de tercer nivel"
no necesariamente significa:
"Es un médico veterinario."
Hay que explicar exactamente qué título se obtiene, quién lo emite, qué competencias reconoce y cuál es su campo profesional.
La formación técnica o tecnológica tiene su propio propósito.
La formación profesional universitaria tiene otro.
No son equivalentes simplemente porque ambas pertenezcan al tercer nivel de educación superior.
Por eso, la publicidad educativa debe ser extremadamente clara.
El estudiante tiene derecho a saber exactamente qué está comprando.
Y el propietario de una mascota tiene derecho a saber exactamente quién está atendiendo a su animal.
¿Se puede formar un médico veterinario en seis meses?
La pregunta parece absurda.
Y precisamente por eso debemos hacérnosla cuando encontramos ofertas educativas que puedan generar esa percepción.
Un médico veterinario no se forma acumulando certificados.
Se forma mediante años de educación científica, práctica clínica, laboratorios, hospitales, rotaciones, estudio independiente, evaluación y contacto progresivo con pacientes.
La normativa académica ecuatoriana establece cargas formativas para las carreras de educación superior. En la normativa consultada del CES, Veterinaria figura con una carga de 6.480 a 7.200 horas y 9 a 10 períodos académicos.
Por eso resulta indispensable distinguir entre una capacitación de meses y una carrera profesional de varios años.
No podemos confundir rapidez con competencia.
Y aquí aparece una pregunta todavía más incómoda
¿Las instituciones que ofrecen estos programas se han preguntado realmente qué sucederá cuando sus egresados lleguen a una clínica?
¿Han definido exactamente qué pueden hacer?
¿Han establecido qué no pueden hacer?
¿Han preparado al estudiante para reconocer sus límites?
¿Existe supervisión?
¿Existe evaluación práctica objetiva?
¿Existe suficiente formación en bioseguridad?
¿Existe entrenamiento adecuado en manejo de emergencias?
¿Existe formación suficiente para reconocer cuándo un paciente necesita atención inmediata de un médico veterinario?
Porque formar a una persona también significa enseñarle aquello que no debe hacer.
Un buen auxiliar debe conocer sus límites.
Y conocer los límites profesionales no es una debilidad.
Es una competencia.
El problema de las "certificaciones con aval universitario"
También debemos hablar de algo que genera cada vez más preguntas:
¿Qué significa exactamente "aval universitario"?
Si una universidad aparece asociada a una certificación, el ciudadano debería poder conocer:
- qué universidad participa;
- cuál es su responsabilidad;
- quién imparte las clases;
- quién evalúa;
- quién certifica;
- cuántas horas tiene el programa;
- cuál es el perfil de egreso;
- qué competencias adquiere el estudiante;
- y, sobre todo, qué NO puede hacer el egresado.
La palabra "universidad" no debería utilizarse como una etiqueta publicitaria que haga creer que un curso corto equivale a una carrera profesional.
Si existe un aval, debe explicarse qué avala exactamente.
Mientras tanto, ¿qué ocurre con los médicos veterinarios?
Aquí encontramos otra paradoja.
Ecuador continúa formando médicos veterinarios mientras muchos profesionales recién graduados encuentran enormes dificultades para incorporarse al mercado laboral en condiciones dignas.
¿Cuánto gana realmente un médico veterinario recién graduado?
¿Cuántos trabajan por debajo de sus expectativas?
¿Cuántos terminan realizando actividades que no corresponden a su formación?
¿Cuántos trabajan jornadas extensas por salarios bajos?
¿Cuántos abandonan la profesión?
¿Cuántos trabajan por cuenta propia porque no encuentran oportunidades?
Y una pregunta todavía más importante:
¿Cuántos médicos veterinarios necesita realmente Ecuador?
¿Alguien está planificando la sobreoferta profesional?
No podemos hablar únicamente de cuántas personas quieren estudiar Medicina Veterinaria.
También tenemos que hablar de cuántos profesionales puede absorber el mercado.
Si cada año ingresan nuevos estudiantes a Medicina Veterinaria, mientras aumenta simultáneamente la oferta de carreras técnicas, tecnológicas, cursos y certificaciones relacionadas con el sector animal, alguien debería estar analizando las consecuencias.
No para cerrar oportunidades.
No para impedir que los jóvenes estudien.
Sino para planificar.
Porque una profesión saturada puede terminar generando:
- desempleo;
- subempleo;
- reducción de salarios;
- precarización laboral;
- competencia basada exclusivamente en precio;
- deterioro de la calidad del servicio;
- abandono profesional.
Y cuando la competencia se basa únicamente en quién cobra menos, el paciente también termina pagando el precio.
La salud pública también está en juego!
La Medicina Veterinaria no es únicamente perros y gatos.
Está relacionada con zoonosis, epidemiología, inocuidad alimentaria, enfermedades transmisibles, producción animal, bienestar animal y salud pública.
Por eso la formación de las personas que trabajan con animales no debería considerarse un asunto exclusivamente comercial.
La calidad de la educación veterinaria es también un asunto de salud pública.
Una persona mal capacitada puede equivocarse en un paciente.
Pero determinados errores pueden trascender al individuo.
Una enfermedad infecciosa mal identificada.
Una zoonosis no reconocida.
Un medicamento utilizado incorrectamente.
Un animal infectado manejado sin bioseguridad.
Un procedimiento realizado sin conocimiento.
Las consecuencias pueden ser mucho mayores.
Los auxiliares son necesarios. Los auxiliares bien formados son indispensables.
Defender la Medicina Veterinaria no significa menospreciar al auxiliar.
Todo lo contrario.
Una clínica veterinaria necesita buenos auxiliares.
Un excelente auxiliar puede mejorar enormemente la calidad de atención.
Puede ayudar a monitorizar pacientes.
Puede preparar materiales.
Puede colaborar en hospitalización.
Puede asistir al equipo quirúrgico.
Puede mejorar la higiene y bioseguridad.
Puede ayudar en la contención y manejo de pacientes.
Puede detectar cambios importantes en un animal y comunicarlos rápidamente al médico veterinario.
Puede ser una pieza fundamental del equipo.
Pero precisamente porque su trabajo es importante, debemos respetar su verdadera identidad profesional.
No necesitamos que el auxiliar sea presentado como médico veterinario.
Necesitamos que sea un excelente auxiliar.
La solución no es eliminar la formación técnica
La solución es hacerla bien.
Necesitamos:
Buenos auxiliares.
Buenos técnicos.
Buenos tecnólogos.
Buenos médicos veterinarios.
Y, sobre todo, necesitamos que cada uno conozca claramente sus competencias.
El auxiliar no debe intentar ser médico veterinario.
El médico veterinario tampoco debería despreciar al auxiliar.
Cada uno debe ocupar su lugar dentro de un equipo sanitario correctamente estructurado.
¿Quién protege al estudiante?
El estudiante también es una víctima potencial de la falta de claridad.
Un joven puede pagar por un programa creyendo que está obteniendo una preparación que le permitirá ejercer determinadas funciones.
Después puede descubrir que su título no tiene el alcance profesional que imaginaba.
Y entonces aparecen frustración, endeudamiento, desempleo y una enorme decepción.
Por eso las instituciones educativas tienen una obligación moral:
decir la verdad antes de cobrar la matrícula.
¿Quién protege al paciente?
Esta debería ser la pregunta principal.
El paciente no puede preguntar dónde estudió quien lo está atendiendo.
No puede leer el currículo.
No puede revisar el número de horas prácticas.
No puede determinar si quien tiene delante sabe interpretar un hemograma.
No puede saber si la persona que le administra un medicamento conoce sus efectos adversos.
No puede decidir quién realizará su anestesia.
El paciente confía.
Y esa confianza debe ser protegida.
Una propuesta para Ecuador
Necesitamos una discusión seria entre autoridades, universidades, institutos, organizaciones profesionales, docentes, estudiantes y médicos veterinarios.
Debemos establecer con claridad:
1. Qué instituciones están autorizadas para ofrecer cada tipo de formación.
2. Qué título o certificación puede otorgar cada institución.
3. Qué competencias tiene cada nivel de formación.
4. Qué actividades corresponden exclusivamente al médico veterinario.
5. Qué actividades puede realizar un auxiliar bajo supervisión.
6. Qué significa realmente un "aval universitario".
7. Qué publicidad puede considerarse engañosa o confusa.
8. Cuántas horas prácticas debe tener cada programa.
9. Cómo se evalúan las competencias reales de los egresados.
10. Cuántos médicos veterinarios necesita Ecuador.
11. Cuántos se gradúan cada año.
12. Cuál es la situación laboral y salarial de los profesionales.
13. Cuántos trabajan realmente en su área de formación.
14. Cuál es el impacto de la creciente oferta educativa sobre el mercado laboral.
15. Cómo garantizar que la formación de quienes trabajan con animales contribuya y no perjudique a la salud pública.
No podemos convertir la educación en una carrera por entregar diplomas
Hay algo que no debemos olvidar.
Un diploma no diagnostica.
Un certificado no realiza una cirugía.
Un aval universitario no reemplaza la experiencia clínica.
Un curso no convierte a una persona en médico veterinario.
Y un programa acelerado no puede pretender sustituir años de formación profesional.
La educación debe producir competencias.
No simplemente documentos.
El verdadero debate
Este debate no debería ser:
"Institutos sí o institutos no".
Tampoco:
"Auxiliares contra veterinarios".
Mucho menos:
"Universidades contra institutos".
El verdadero debate es:
¿Estamos formando a cada persona para aquello que realmente está capacitada para hacer?
Si la respuesta es sí, fortalezcamos la formación técnica.
Si la respuesta es no, debemos corregirla.
Porque un auxiliar veterinario bien formado es una enorme fortaleza para una clínica.
Pero un auxiliar presentado como médico veterinario constituye un problema.
Y un sistema educativo que permite que los límites entre ambos perfiles se vuelvan difusos está poniendo en riesgo al estudiante, al profesional, al propietario y, sobre todo, al paciente.
Finalmente, una pregunta para las autoridades
¿Quién está vigilando todo esto?
¿Quién está verificando qué se ofrece?
¿Quién está revisando las competencias?
¿Quién controla la publicidad?
¿Quién analiza la pertinencia de estas carreras?
¿Quién está estudiando la sobreoferta de profesionales?
¿Quién está pensando en el futuro laboral de los jóvenes que ingresan a Medicina Veterinaria?
¿Quién está protegiendo al estudiante que paga por una promesa educativa?
Y, finalmente:
¿Quién está protegiendo al paciente que no tiene voz para reclamar?
Porque al final de toda esta discusión no hay solamente certificados, institutos, universidades, médicos veterinarios o estudiantes.
Hay vidas.
Hay animales que sienten dolor.
Hay familias que confían.
Hay productores que dependen de la salud de sus animales.
Hay enfermedades que pueden transmitirse.
Y existe una sociedad que espera que quienes trabajan en salud animal estén realmente preparados para hacerlo.
La educación veterinaria no puede medirse por la rapidez con la que entrega un diploma.
Debe medirse por la capacidad que entrega para proteger una vida.
Y si algo debemos defender como profesión, no es un título.
Debemos defender la competencia, la ética, la responsabilidad y la seguridad del paciente.
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