UNA PROMESA
No le tenía miedo a la muerte.
De verdad que no.
La miraba de lejos,
como quien sabe que algún día
tendrá que cruzar esa puerta,
pero sin demasiadas preguntas,
sin hacer demasiado ruido.
Hasta que aparecieron ustedes.
Y entonces todo cambió.
Porque llegaron de repente,
como llegan las cosas que uno no sabía
que estaba esperando.
Y fueron eso:
una promesa,
un cheque en blanco,
una oportunidad escrita
con la letra más hermosa
que he conocido.
Hoy es domingo.
Y ustedes están aquí,
y yo los miro
y pienso que son
todo lo que alguna vez esperé,
aunque hayan llegado
en apenas un rato
de esta vida que parece tan larga
y, sin embargo,
se va demasiado rápido.
Hoy no se fía.
Mañana sí.
Y yo quisiera comprarle
un poco más de tiempo a la vida.
No porque ahora le tenga miedo a la muerte,
sino porque ahora tengo miedo
de perderme algo.
De perderme una risa,
una pregunta,
un abrazo inesperado,
una conversación de esas
que empiezan hablando de cualquier cosa
y terminan salvándonos el día.
Tengo miedo
de no estar cuando suceda
algo que todavía no ha sucedido.
Porque una cosa es estar vivo
y otra muy distinta
es vivir.
Y quizá por eso se llama infinitivo:
porque no termina.
Porque con ustedes
quiero conjugar la vida
en todos sus tiempos.
Quiero estar.
Quiero quedarme.
Quiero acompañarlos
hasta donde ustedes me permitan
y un poco más,
si la vida se descuida.
No voy a dejar
que la muerte nos quite
una oportunidad más
de sentir que se nos eriza la piel
por algo que todavía no entendemos.
Porque allá afuera
todavía existen canciones
que no hemos escuchado.
Hay caminos
que no hemos caminado.
Hay sabores
que todavía no conocemos,
aromas que aún no nos han encontrado,
lugares donde todavía
no hemos sido felices.
Hay abrazos pendientes.
Fotografías que aún no existen.
Domingos que todavía no han llegado.
Y hay tantas cosas
que quiero vivir con ustedes
que, por primera vez,
la muerte me parece
una interrupción demasiado inoportuna.
No le tenía miedo a la muerte.
Hasta que aparecieron ustedes.
Y ahora entiendo
que no es que quiera vivir para siempre.
Quiero vivir
lo suficiente.
Lo suficiente para verlos crecer,
para equivocarme con ustedes,
para aprender de ustedes,
para celebrar sus victorias
y sostenerlos cuando alguna vez
la vida les duela.
Lo suficiente para que,
cuando algún día me toque partir,
pueda mirar hacia atrás
y decir:
valió la pena.
Porque ustedes no llegaron
a cambiarme la vida.
Llegaron a darle sentido.
Son la promesa
que no sabía que estaba haciendo.
El cheque en blanco
que la vida puso en mis manos.
Y ahora quiero cobrarlo
en abrazos,
en domingos,
en viajes,
en conversaciones,
en canciones,
en silencios,
en todo aquello
que todavía nos falta descubrir.
No le tenía miedo a la muerte.
Pero aparecieron ustedes.
Y ahora tengo algo
que cuidar.
Algo que vivir.
Algo que esperar.
Algo que todavía no termina.
Ustedes.
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