¡EL ORGULLO DE SER VETERINARIO! Por Carlos A. Bastidas C.
31 de octubre – Día del Médico Veterinario Ecuatoriano
Ser veterinario es una de las aventuras más extraordinarias que puede vivir un ser humano. Y digo aventura porque nuestra profesión tiene de todo: alegrías, tristezas, éxitos, fracasos, anécdotas que nos hacen reír hasta las lágrimas y otras que todavía nos aprietan el corazón.
¿Quién no recuerda a su primer paciente? Ese momento en el que uno intenta aparentar seguridad, mientras por dentro repasa mentalmente todos los libros de la universidad. ¡Y ni hablar de los primeros procedimientos! A veces terminábamos más nerviosos que el propio paciente.
¿Quién no ha recibido un mordisco, un arañazo, una patada o un baño inesperado de algún paciente que decidió dejar muy clara su opinión sobre nuestra consulta? ¿Quién no ha terminado una jornada con la ropa sucia, el cabello desordenado y un olor que ni el mejor perfume del mundo podría disimular?
¡Y qué decir de esas historias que solamente otro veterinario puede entender! El paciente que se levanta justo cuando todos pensábamos que no podía hacerlo; el tutor que asegura que su perro no come nada, pero descubre que se roba la comida de toda la familia; o ese gato que llega aparentemente tranquilo y termina demostrando quién manda realmente en la clínica.
Nos reímos porque hemos vivido cosas que parecen inventadas. Pero también hemos llorado.
Hemos perdido pacientes a los que les entregamos todo. Hemos salido de una cirugía preguntándonos si pudimos hacer algo diferente. Hemos sentido impotencia, frustración y ese silencio tan pesado que queda cuando una vida se apaga a pesar de nuestros esfuerzos.
También hemos fracasado. Porque somos humanos, porque la medicina no es una ciencia exacta y porque no siempre podemos ganar todas las batallas. Pero de cada error, de cada pérdida y de cada noche difícil hemos aprendido algo. Nos hemos levantado, hemos estudiado más, hemos preguntado, hemos corregido y hemos seguido adelante.
Y entonces llegan las recompensas.
Ese paciente que vuelve caminando después de haber llegado sin fuerzas. Ese cachorro que sobrevive. Ese caballo que vuelve a correr. Ese animal de producción que recupera su salud. Esa especie silvestre que logra regresar a su hábitat. Ese resultado de laboratorio que permite llegar al diagnóstico correcto. Ese alimento que llega seguro a una mesa gracias al trabajo silencioso de un colega.
Y ese mensaje inesperado del tutor que dice: «Doctor, ya está bien, volvió a jugar».
¡Qué maravilloso es nuestro trabajo!
Porque ser veterinario no significa solamente atender perros y gatos. Es estar en los quirófanos, en los hospitales, en las fincas, en los laboratorios, en los centros de investigación, en las universidades, en la salud pública, en la producción animal, en la conservación de la fauna silvestre, en la acuicultura, en la inspección de alimentos y en tantos otros espacios donde nuestra profesión protege la vida.
Somos clínicos, cirujanos, anestesiólogos, investigadores, docentes, laboratoristas, epidemiólogos, salubristas y muchas cosas más. Tenemos diferentes caminos, pero compartimos una misma vocación.
Claro que también conocemos las facturas, los clientes difíciles, las jornadas interminables, las críticas injustas y a quienes creen que nuestro conocimiento no cuesta porque trabajamos por amor a los animales. ¡Vaya que tenemos historias para escribir varios libros!
Pero nada de eso debería hacernos olvidar lo afortunados que somos.
Hoy quiero decirles a mis colegas que se sientan orgullosos. Orgullosos de sus batas, de sus uniformes, de sus manos cansadas, de sus conocimientos y de cada vida que han ayudado a salvar. Orgullosos incluso de las cicatrices que nos recuerdan que este camino no ha sido fácil.
Y a quienes todavía están estudiando, les digo: prepárense, equivóquense, aprendan, lloren si hace falta, celebren cada logro y nunca pierdan la sensibilidad. Un día comprenderán que detrás de cada paciente hay una historia y que ustedes tienen el privilegio de formar parte de ella.
Este 31 de octubre, celebremos nuestra profesión. Abracemos a nuestros colegas, recordemos a quienes nos enseñaron y rindamos homenaje a quienes ya no están, pero dejaron huellas imborrables en esta hermosa carrera.
¡Feliz Día del Médico Veterinario Ecuatoriano!
Y si alguien me preguntara si volvería a elegir esta profesión, después de todo lo vivido, de las alegrías y las lágrimas, de los éxitos y los fracasos, respondería sin pensarlo:
¡SÍ! ¡MIL VECES SÍ!
Porque, con todo lo que implica, no conozco una manera más hermosa de ganarse la vida que dedicándola a protegerla.
¡QUÉ ORGULLOSO ME SIENTO DE SER VETERINARIO!
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