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LA ÉTICA VETERINARIA NO SE DEMUESTRA DESTRUYENDO A UN COLEGA, SINO HONRANDO LA PROFESIÓN por Carlos Arturo Bastidas C.

 LA ÉTICA VETERINARIA NO SE DEMUESTRA DESTRUYENDO A UN COLEGA, SINO HONRANDO LA PROFESIÓN por Carlos Arturo Bastidas C.


Una reflexión sobre la medicina, la humildad y la peligrosa costumbre de confundir el conocimiento con la superioridad.


Hay publicaciones que uno lee y simplemente continúa deslizando la pantalla. Y hay otras que lo obligan a detenerse, reflexionar y recuperar, aunque sea por unos instantes, la fe en la humanidad.


Eso me ocurrió al leer las palabras de la doctora Mayra Anzaldo, colega mexicana, quien describe con una verdad brutal algo que jamás deberíamos olvidar quienes ejercemos la Medicina Veterinaria, nuestra responsabilidad profesional no termina cuando atendemos a un paciente; también se manifiesta en la manera en que tratamos a sus tutores, en cómo nos referimos a nuestros colegas y en la forma en que utilizamos el conocimiento que tanto nos costó adquirir.


La doctora relata la llegada de una paciente que ya había sido atendida por otros médicos veterinarios. ¿Y qué hace? Empieza por donde debe empezar cualquier profesional responsable: escucha, reconstruye la historia clínica, examina, analiza, solicita las pruebas que considera necesarias, realiza POCUS y urianálisis, establece diagnósticos presuntivos e inicia una terapia de sostén.


Medicina. Razonamiento. Método. Responsabilidad.


Y entonces aparece la pregunta más importante: ¿qué puede decir de los colegas que atendieron previamente a esa paciente?


Su respuesta es extraordinaria por su sencillez: nada, porque ella no supervisó su abordaje ni sus decisiones.


¡Qué lección tan grande en tan pocas palabras!


En una época en la que cualquiera parece sentirse autorizado a emitir sentencias desde una pantalla, encontrar a una profesional que comprende los límites de su propio conocimiento y de su observación es un recordatorio de lo que significa ejercer con ética. Porque una cosa es identificar un error documentado, analizarlo con fundamentos científicos y explicarlo para evitar que vuelva a ocurrir; otra, completamente distinta, es convertir un caso clínico en un espectáculo para alimentar el ego, conseguir interacciones o desacreditar públicamente a otro profesional.


La ética comienza, precisamente, cuando entendemos que no todo lo que podemos decir debemos decirlo, y que no todo lo que sospechamos tenemos derecho a presentarlo como una verdad.


No estuvimos allí. No escuchamos toda la historia. No conocemos necesariamente las condiciones en las que se tomó cada decisión. No sabemos qué información estaba disponible en aquel momento ni cómo evolucionó el paciente entre una consulta y otra.


Entonces, ¿con qué ligereza podemos convertirnos en jueces?


Eso no significa defender la mediocridad, encubrir negligencias ni guardar silencio ante errores que ponen en riesgo la vida de un animal. ¡De ninguna manera! La responsabilidad profesional exige identificar las malas prácticas, documentarlas y denunciarlas por los canales correspondientes cuando sea necesario.


Pero hay una diferencia abismal entre exigir responsabilidad y disfrutar del desprestigio ajeno.


Una diferencia entre enseñar y humillar.


Entre corregir y destruir.


Entre tener conocimientos y tener la madurez necesaria para utilizarlos.


Y esa diferencia, aunque no aparezca impresa en ningún diploma, también forma parte de nuestra formación como médicos veterinarios.


EL TUTOR NO NECESITA UN JUEZ. NECESITA UN PROFESIONAL QUE LO AYUDE.


Hay otra parte de la reflexión de la doctora Anzaldo que merece ser destacada, su reconocimiento al tutor que no se rindió con la salud de su animal de compañía.


¡Cuánta humanidad hay en ese gesto!


Detrás de cada paciente existe una historia que muchas veces desconocemos. Hay familias preocupadas, personas que han gastado sus ahorros, tutores que han recorrido varias clínicas buscando respuestas y seres humanos que, sencillamente, tienen miedo de perder a un miembro de su familia.


Algunos llegan tarde. Otros llegan después de haber probado diferentes tratamientos. Algunos no comprenden por qué se necesitan nuevas pruebas cuando ya pagaron por otras. Y muchos no tienen los conocimientos necesarios para evaluar si las decisiones médicas anteriores fueron correctas.


¿Nuestra obligación es recibirlos con reproches?


¿Hacerlos sentir culpables por haber consultado en otro lugar?


¿Insinuar que los profesionales anteriores no sabían nada para convencerlos de que ahora sí están en buenas manos?


No.


Nuestra obligación es evaluar al paciente, explicar lo que encontramos, justificar nuestras decisiones y construir, junto con el tutor, el mejor camino posible para su recuperación.


Si necesitamos repetir un análisis, debemos explicar por qué. Si un estudio previo no responde la pregunta clínica que necesitamos resolver, debemos argumentarlo. Si la condición del paciente ha cambiado, debemos reconocerlo. Si encontramos una limitación en la información disponible, debemos decirlo con claridad.


El tutor merece comprender. El paciente merece una oportunidad. Y la profesión merece que actuemos con rigor.


No necesitamos desacreditar a quien atendió antes para demostrar que sabemos lo que estamos haciendo. Nuestros argumentos clínicos deberían ser suficientes.


La confianza no se construye sembrando dudas sobre los demás. Se construye demostrando competencia, transparencia, empatía y respeto.


A MIS COLEGAS: EL CONOCIMIENTO NO NOS DA DERECHO A HUMILLAR.


Y aquí llegamos a un asunto que me preocupa profundamente.


En redes sociales observo debates en los que algunos profesionales parecen haber olvidado que la Medicina Veterinaria es una disciplina científica, sí, pero también una profesión humana que exige prudencia, respeto y responsabilidad.


Hay quienes confunden la crítica con la descalificación. Quienes creen que señalar públicamente los errores ajenos los convierte automáticamente en referentes. Quienes utilizan cada equivocación de un colega como una oportunidad para exhibir sus propios conocimientos.


Y hay quienes parecen disfrutar más de demostrar que otro se equivocó que de explicar cómo podría hacerse mejor.


A esos comportamientos me refiero cuando hablo de los iluminados de las redes: aquellos que actúan como si poseyeran una autoridad moral y científica incuestionable, como si jamás hubieran dudado, cometido un error o necesitado que alguien les enseñara.


Pero quiero recordarles algo, ninguno de nosotros nació sabiendo Medicina Veterinaria.


Todos tuvimos profesores. Todos enfrentamos casos que nos superaron. Todos hemos tenido que consultar bibliografía, pedir una segunda opinión, reconocer nuestras limitaciones y aprender de experiencias difíciles.


Y si hoy sabemos más que ayer, es porque alguien nos enseñó, porque alguien nos corrigió y porque, en algún momento de nuestra formación, alguien tuvo la paciencia de explicarnos aquello que todavía no comprendíamos.


Entonces, ¿en qué momento olvidamos ese camino?


¿En qué momento comenzamos a creer que el error ajeno es una oportunidad para sentirnos superiores y no una ocasión para reflexionar sobre cómo mejorar nuestra profesión?


Un verdadero referente no necesita convertir a otro profesional en un blanco público para demostrar su capacidad. Puede ser firme, exigente, crítico y profundamente riguroso sin perder la decencia.


Porque la humildad no consiste en fingir que sabemos poco. Consiste en comprender que, por mucho que sepamos, siempre habrá algo que aprender y que el conocimiento no nos exime de ser buenas personas.


Un título acredita una formación. Una publicación puede exhibir conocimientos. Pero la manera en que tratamos a los demás revela mucho de nuestro carácter.


ENSEÑAR NO ES DESTRUIR. Y DESTRUIR NO ES ENSEÑAR.


Quiero ser muy claro en este punto, no estoy defendiendo que los médicos veterinarios dejemos de cuestionarnos, debatir o señalar errores técnicos. La ciencia necesita discusión. La práctica clínica necesita auditoría. La profesión necesita mecanismos de control, actualización y mejora continua.


Lo que cuestiono es esa forma de ejercer la crítica en la que el aprendizaje deja de ser el objetivo y la humillación se convierte en el espectáculo.


Si un colega interpreta incorrectamente una imagen, expliquemos los criterios que permiten interpretarla mejor.


Si un tratamiento presenta riesgos, expongamos la evidencia científica.


Si existe una conducta clínica cuestionable, analicemos los hechos, las circunstancias y las alternativas.


Si alguien se equivoca, ayudemos a que comprenda por qué y cómo puede evitar repetir ese error.


Eso es educación. Eso es responsabilidad. Eso es construir una profesión más sólida.


Pero si nuestra única contribución consiste en ridiculizar, desacreditar, reunir seguidores alrededor del escarnio y celebrar el tropiezo de otro profesional, entonces debemos preguntarnos con honestidad qué estamos aportando realmente.


Porque hay una diferencia entre hacer visible un problema para solucionarlo y convertir ese problema en una herramienta de autopromoción.


Y no, tener muchos seguidores no convierte automáticamente a nadie en maestro. Acumular reacciones no demuestra superioridad científica. Ganar una discusión en redes tampoco garantiza haber mejorado la atención de un solo paciente.


La verdadera medida de nuestro conocimiento no debería ser cuántos colegas conseguimos dejar en ridículo, sino cuántas personas y cuántos animales se benefician de lo que sabemos.


¡Qué extraordinario sería que dedicáramos a enseñar la misma energía que algunos emplean en destruir reputaciones!


¡Qué diferente sería nuestra profesión si cada crítica viniera acompañada de argumentos, bibliografía, propuestas de mejora y una genuina intención de ayudar!


Y qué hermoso sería que nuestros estudiantes aprendieran de nosotros no solamente a interpretar una radiografía, reconocer una lesión o establecer un diagnóstico, sino también a discrepar sin despreciar y a corregir sin humillar.


Porque podemos formar excelentes técnicos y, al mismo tiempo, fracasar en algo mucho más importante! formar buenos seres humanos.


A MIS ESTUDIANTES: APRENDAN A PENSAR, NO SOLAMENTE A REPETIR.


La última enseñanza de la doctora Anzaldo es, quizás, la más importante para quienes tenemos la responsabilidad de formar a las nuevas generaciones.


El paciente no habla con palabras, pero se expresa a través de sus signos. Nuestra obligación es aprender a escucharlo mediante la observación, el examen clínico, el razonamiento fisiopatológico y la interpretación crítica de las pruebas diagnósticas.


Ningún equipo sustituye al cerebro del médico veterinario. Ningún laboratorio establece por sí solo el diagnóstico definitivo. Ninguna imagen se interpreta correctamente si desconocemos la anatomía, la fisiología, la fisiopatología y el contexto clínico del paciente.


La tecnología es una herramienta extraordinaria, pero no piensa por nosotros.


Por eso, a mis estudiantes les digo: estudien, cuestionen, investiguen y aprendan a reconocer aquello que todavía no saben. No se enamoren de una hipótesis al punto de ignorar las evidencias que la contradicen. No soliciten pruebas por costumbre, sino porque existe una pregunta clínica que necesitan responder. No se avergüencen de consultar a un colega con más experiencia.


Y, sobre todo, jamás confundan la seguridad profesional con la arrogancia.


Un buen médico veterinario no es aquel que pretende tener todas las respuestas. Es aquel que sabe cómo buscarlas, reconoce cuándo necesita ayuda y comprende que la vida del paciente está por encima de su orgullo.


Nadie puede diagnosticar aquello que no sabe reconocer. Y nadie puede crecer profesionalmente si considera que admitir una duda equivale a una derrota.


Que sus títulos hablen de su esfuerzo, su disciplina y sus sacrificios. Que sus conocimientos reflejen las horas de estudio, las noches de guardia y las experiencias que los hicieron mejores profesionales.


Pero que su trato hable de su calidad humana.


Que un tutor recuerde que lo escucharon cuando tenía miedo. Que un paciente reciba la mejor atención posible, incluso cuando su pronóstico sea desfavorable. Que un colega encuentre en ustedes a alguien con quien discutir un caso sin temor a convertirse en el próximo blanco de una publicación.


Y que sus estudiantes aprendan que la excelencia no necesita pisotear a nadie para ponerse de pie.


MI INVITACIÓN: DEPUREMOS NUESTRAS REDES Y RECUPEREMOS NUESTRA PAZ.


Por eso, después de leer reflexiones como la de la doctora Mayra Anzaldo, todavía encuentro razones para tener esperanza.


Porque existen profesionales que entienden que la Medicina Veterinaria no se construye únicamente en los consultorios, los quirófanos, los laboratorios o las aulas. También se construye en la manera en que hablamos de quienes comparten nuestra profesión.


Y precisamente por eso quiero hacer una invitación a mis colegas, amigos y estudiantes.


¡DEPUREMOS NUESTRAS REDES SOCIALES!


No todo merece nuestra atención. No toda provocación merece una respuesta. No toda persona que grita más fuerte tiene algo valioso que enseñar.


Si hay perfiles que viven de la confrontación, que convierten cada desacuerdo en una guerra personal y que parecen encontrar satisfacción en desacreditar a otros, tenemos la libertad de dejar de consumir su contenido.


Ni una vista más. Ni un like más. Ni un comentario que termine alimentando una dinámica que rechazamos.


Dejar de seguir, silenciar o bloquear no es una renuncia al pensamiento crítico. Tampoco significa negar la importancia de denunciar malas prácticas. Significa elegir con responsabilidad dónde ponemos nuestro tiempo, nuestra atención y nuestra energía.


No tenemos la obligación de convertir cada provocación en una batalla. No necesitamos entrar en cada discusión para demostrar que tenemos razón. Y no estamos obligados a regalar nuestra tranquilidad a quienes han hecho de la polémica su principal herramienta para conseguir visibilidad.


En cambio, sigamos a quienes enseñan. A quienes comparten experiencias clínicas con rigor. A quienes reconocen sus errores. A quienes citan evidencia, promueven el debate respetuoso y ayudan a que otros crezcan.


Apoyemos a los profesionales que construyen comunidad, no a quienes necesitan destruirla para sentirse importantes.


Hagamos que nuestras redes sean espacios de aprendizaje, inspiración y colaboración. Que sirvan para compartir conocimientos, mejorar protocolos, discutir casos complejos y acercar la ciencia a quienes la necesitan.


Porque la atención también es una forma de apoyo. Y la visibilidad que concedemos tiene consecuencias sobre el tipo de contenido que circula y se reproduce.


No se trata de silenciar las críticas. Se trata de dejar de premiar la crueldad disfrazada de conocimiento.


No se trata de proteger egos. Se trata de proteger una cultura profesional en la que podamos cuestionarnos sin destruirnos.


No se trata de renunciar a la excelencia. Se trata de comprender que la excelencia científica y la calidad humana deberían caminar juntas.


PARA TERMINAR: QUE NUESTRO LEGADO SEA LO QUE CONSTRUIMOS.


La reflexión de la doctora Mayra Anzaldo me recuerda que todavía hay profesionales que entienden el verdadero peso de esta vocación.


Personas que pueden recibir a un paciente sin convertir su historia en un juicio contra quienes lo atendieron antes. Que pueden reconocer el esfuerzo de un tutor sin hacerlo sentir culpable. Que pueden ejercer la medicina con rigor y, al mismo tiempo, conservar la humildad necesaria para reconocer los límites de su propia mirada.


Esa es la clase de profesional que necesitamos.


No al que nunca se equivoca, porque ese profesional no existe.


Necesitamos al que estudia para equivocarse menos, al que reconoce sus errores, al que corrige cuando corresponde, al que enseña sin humillar y al que entiende que el prestigio construido durante años puede ser dañado en segundos por una acusación irresponsable, una interpretación apresurada o una publicación hecha sin conocer toda la historia.


Y necesitamos recordar que detrás de cada colega existe una trayectoria, detrás de cada tutor existe una preocupación y detrás de cada paciente existe una vida que merece nuestro compromiso.


Colegas: seamos exigentes con la ciencia, rigurosos con la práctica clínica y firmes frente a las malas conductas. Pero no permitamos que la arrogancia nos haga olvidar la humanidad que debería distinguirnos.


Que nuestros conocimientos sirvan para aliviar el dolor, nuestros títulos para abrir caminos y nuestras palabras para construir.


Que podamos discrepar sin destruir, corregir sin humillar y enseñar sin convertirnos en jueces de la dignidad ajena.


Y que, cuando alguien recuerde nuestro paso por esta profesión, no sea solamente por lo mucho que sabíamos, sino también por la forma en que ayudamos a otros a saber más.


Porque al final, colegas, no se trata de brillar más que los demás. Se trata de conseguir que nuestra profesión brille un poco más gracias a lo que hacemos.


Depuremos nuestras redes. Elijamos mejor a quién escuchamos. Dejemos de alimentar los egos que viven de la confrontación y demos espacio a quienes construyen, enseñan e inspiran.


Hagámoslo por nosotros, por nuestros estudiantes, por nuestros colegas y, sobre todo, por aquellos que nunca podrán defenderse con palabras: nuestros pacientes.


Que nuestros títulos hablen de cuánto nos esforzamos. Que nuestros conocimientos hablen de cuánto aprendimos. Pero que nuestro trato hable, siempre, de quiénes somos.


¡Seamos mejores profesionales sin dejar de ser mejores seres humanos!


Y recordemos algo que jamás debería pasar de moda en la Medicina Veterinaria: el conocimiento nos da herramientas para ejercer; la ética nos enseña cómo hacerlo; y la humanidad nos recuerda por qué vale la pena.

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