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HAY MAESTROS QUE NO SE GRADÚAN NUNCA DE NUESTRA VIDA

 

HAY MAESTROS QUE NO SE GRADÚAN NUNCA DE NUESTRA VIDA

A veces, una conversación puede recargar el alma mejor que cualquier vitamina.

Por  Carlos A. Bastidas C.

Hoy regresé a la clínica con las baterías cargadas.

No por un café, no por dormir ocho horas, un lujo que los veterinarios conocemos solamente por referencias bibliográficas, ni porque haya encontrado la cura para todos los males que aquejan a la humanidad.

Regresé recargado porque tuve el privilegio de conversar con un gran maestro de la universidad y, sobre todo, de la vida, el doctor Jorge Mosquera.

Y carajo, qué necesarias son estas conversaciones.

Nos sentamos a hablar y, sin darnos cuenta, empezamos a desandar el camino. Volvimos a las aulas, a las anécdotas, a aquellas historias que compartimos y que, aunque los años hayan pasado, siguen vivas en algún rincón de nuestra memoria. Porque hay momentos que no envejecen y personas que, sin proponérselo, terminan convirtiéndose en parte de lo que somos.

Hablamos de la vida y de la ciencia. De lo que fuimos, de lo que somos y de todo aquello que el tiempo nos ha enseñado a golpes, a veces con ternura y otras con una crueldad que ni el mejor de los maestros habría podido explicar en una pizarra.

Hablamos de los años en los que no nos habíamos visto. De las vueltas que da la existencia, de las cosas que duelen, de las que nos hacen reír y de esas preguntas que seguimos intentando responder aunque ya tengamos algunas canas más y bastantes problemas nuevos.

Y, por supuesto, hablamos de ciencia.

De la procaína, del dióxido de cloro, del líquido extracelular, del costo de la vida y hasta de la cura del cáncer.

¡Imagínense semejante menú!

En una sola conversación pasamos de la bioquímica a las preocupaciones cotidianas, de las discusiones científicas a los sueños pendientes, de las cuestiones serias a esas divagaciones maravillosas que solamente pueden darse cuando uno conversa con alguien con quien no necesita fingir que lo sabe todo.

Porque esa es otra de las grandes lecciones de la vida, los verdaderos maestros no son aquellos que nos hacen sentir ignorantes, sino aquellos que consiguen que nunca perdamos las ganas de aprender.

También hablamos de lo que todavía nos falta por hacer.

De esos sueños que alguna vez parecieron tan cercanos y que, por una razón u otra, se quedaron esperando. De los proyectos que todavía nos rondan la cabeza, de las ideas que seguimos maquinando y de esa bendita terquedad que nos impide aceptar que ya es demasiado tarde.

¡Qué maravilla llegar a cierta edad y descubrir que todavía tenemos sueños por cumplir!

Porque envejecer no debería significar renunciar a lo que nos ilusiona. Cumplir años no tendría que convertirnos en espectadores resignados de nuestra propia existencia. Mientras sigamos imaginando proyectos, cuestionando lo establecido, aprendiendo cosas nuevas y buscando la manera de hacer realidad aquello que nos mueve el corazón, todavía nos queda muchísimo camino por recorrer.

Y nosotros, querido maestro, todavía tenemos camino.

Mucho camino.

Pero, entre todas las cosas que conversamos, hubo algo que me llevé de regreso a la clínica y que no cabe en un artículo científico, no se mide en mililitros, no aparece en un hemograma y tampoco se consigue en una farmacia.

Me llevé esa energía que solamente transmiten las personas que han dejado una huella verdadera en nuestra vida.

Esa energía que te recuerda por qué elegiste esta profesión, por qué vale la pena seguir estudiando, por qué debemos mantener viva la curiosidad y por qué, a pesar de las decepciones, los problemas, las injusticias y el cansancio, todavía hay razones para levantarse cada mañana y seguir haciendo las cosas con pasión.

La medicina veterinaria no siempre es amable con quienes la ejercemos. A veces nos desgasta, nos decepciona, nos enfrenta a realidades dolorosas y nos obliga a preguntarnos si todo el esfuerzo ha valido la pena.

Hay días en los que uno necesita recordar de dónde viene para no olvidar hacia dónde quiere ir.

Y hoy tuve ese regalo.

Volví a encontrarme con una parte de mi historia. Con una persona que representa mucho más que una etapa universitaria. Con alguien cuyo ejemplo llevo conmigo, incluso cuando no está presente; alguien que ha contribuido a moldear mi manera de entender la ciencia, la profesión y la responsabilidad que tenemos con los demás.

Porque los grandes maestros no terminan su trabajo cuando acaba una clase. Su verdadera obra continúa en las decisiones de sus alumnos, en sus maneras de pensar, en las preguntas que se atreven a formular y en las personas que llegan a ser cuando nadie está mirando.

A veces, sin que ellos lo sepan, uno termina llevando sus enseñanzas a lugares que jamás imaginaron.

A una consulta complicada. A una conversación con un colega. A una decisión difícil. A un estudiante que necesita una palabra de aliento. A un paciente que depende de nosotros.

Y entonces comprendemos que enseñar es una de las pocas formas de permanecer en la vida de los demás mucho después de que termina la clase.

Doctor Jorge Mosquera: llevo su ejemplo por donde quiera que voy.

No lo digo por cortesía, ni porque hoy hayamos compartido una conversación agradable. Lo digo porque hay personas cuya influencia se convierte en parte de nuestra identidad. Personas a las que uno recuerda cuando enseña, cuando investiga, cuando cuestiona, cuando se equivoca y cuando intenta hacerlo mejor.

Usted es una de esas personas para mí.

Y si algo me dejó esta conversación es la certeza de que, por más que avance la ciencia, por más sofisticados que sean nuestros equipos y por más conocimientos que acumulemos, jamás debemos olvidar el valor de encontrarnos con otros seres humanos, escucharlos de verdad y permitir que nos enseñen algo nuevo.

Al final, la vida no se mide únicamente por los títulos que conseguimos, los cargos que ocupamos, el dinero que ganamos o los proyectos que logramos terminar.

También se mide por las personas que nos ayudaron a crecer, por las conversaciones que nos cambiaron el ánimo, por los consejos que llegaron en el momento preciso y por aquellos maestros que, muchos años después, siguen teniendo la capacidad de despertar en nosotros al estudiante que alguna vez fuimos.

Ese estudiante que todavía pregunta. Que todavía se sorprende. Que todavía se equivoca. Que todavía sueña con cambiar algunas cosas y que, a pesar de todo lo vivido, conserva intactas las ganas de aprender.

Hoy volví a ser un poco ese estudiante.

Y qué bonito es descubrir que, aunque hayan pasado tantos años, todavía podemos sentarnos frente a nuestros maestros y sentir que el tiempo no ha conseguido borrar lo verdaderamente importante.

Gracias, doctor Jorge Mosquera, por la conversación, por los recuerdos, por la ciencia, por las reflexiones, por las risas y también por esas preguntas que seguramente nos seguirán dando vueltas en la cabeza.

Gracias por recordarme, sin necesidad de dar una clase, que todavía tenemos mucho por aprender, mucho por construir y muchos sueños que merecen una segunda oportunidad.

Y gracias, sobre todo, por ser de esas personas que no necesitan hacer grandes discursos para dejar grandes enseñanzas.

Ojalá la vida nos regale muchos encuentros más. Ojalá sigamos hablando de ciencia, de medicina, de proyectos imposibles, de sueños pendientes, del costo de la vida y hasta de cómo demonios vamos a resolver los problemas del mundo en una sola conversación.

Porque si algo descubrí hoy es que hay encuentros que no deberían ser excepcionales. Deberían convertirse en costumbre.

Y si la vida me permite seguir aprendiendo de usted, créame, doctor, que seguiré sentándome a escuchar con la misma curiosidad del estudiante que alguna vez fui.

Porque los años pueden alejarnos de las aulas, pero nunca deberían alejarnos de nuestros maestros.

Y porque, cuando uno tiene la fortuna de encontrar personas que le hacen bien al alma, no debería dejarlas para la próxima reunión de exalumnos ni para cuando el calendario vuelva a ponerse de acuerdo.

Hay que llamarlas. Hay que visitarlas. Hay que sentarse a conversar.

Hay que decirles, mientras todavía podemos mirarlas a los ojos, cuánto significan para nosotros.

Hoy tuve la oportunidad de hacerlo.

Y regresé a mi clínica con algo más valioso que cualquier conocimiento nuevo, regresé con el corazón contento, la cabeza llena de ideas y las ganas renovadas de seguir haciendo aquello que amo.

Gracias por todo, maestro.

Que no pase tanto tiempo para la próxima.

Y, por favor, que esta vez no sea solamente una buena conversación.

Que se vuelva costumbre.

Porque la ciencia necesita grandes investigadores, la profesión necesita buenos médicos veterinarios y la vida necesita personas como usted.

De esas que enseñan incluso cuando creen que solamente están conversando.

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