CAMINANDO SOBRE HUELLAS DE SABIOS por Carlos A. Bastidas C.
Hay una pregunta que, de vez en cuando, me hacen amigos, colegas y familiares:
—Carlos, ¿por qué enseñas aquello que tanto te costó aprender?
Durante mucho tiempo pensé que debía encontrar una respuesta académica, lógica, casi científica.
Hoy creo que la respuesta es mucho más sencilla:
Porque alguien también lo hizo por mí.
Porque tuve maestros que compartieron conmigo aquello que habían aprendido, incluso aquello que probablemente a ellos también les costó años de estudio, sacrificio, errores, frustraciones y noches interminables.
Y porque cuando uno recibe conocimiento de esa manera, termina entendiendo algo muy importante, el conocimiento no nos pertenece. Nos fue confiado.
Por eso hoy quiero permitirme escribir desde el mal yoísmo. Quienes me conocen sabrán disculparme. Esta vez quiero hablar un poco de mí, no para presumir, sino para reconocer a quienes hicieron posible que yo pudiera llegar hasta aquí.
Mi primer gran maestro fue mi padre.
Él me enseñó muchas cosas que ningún libro pudo enseñarme. Me enseñó con el ejemplo, con el trabajo, con la responsabilidad y con esa forma dulce y a la vez severa de transmitir valores que solamente un padre puede dejar en un hijo.
Después aparecieron otros maestros que fueron dejando pequeñas —y algunas enormes— huellas en mi camino.
El Dr. Jorge Mosquera.
El Dr. Jofree Cadena.
Bolívar Valencia.
El Dr. Marco Hernández, a quien recuerdo y reconozco también como uno de mis profesores y como parte de ese grupo de personas que aportaron conocimiento y experiencia a mi formación.
Y mi querido amigo y mentor, el Dr. Alberto Hernández.
Cada uno, desde su propia manera de enseñar, dejó algo en mí.
Quizás ellos no sepan cuánto.
Quizás nunca imaginaron que una explicación, una conversación, una corrección, una clase o simplemente una forma de ejercer la profesión terminaría acompañándome durante tantos años.
Pero así funcionan los verdaderos maestros.
No siempre saben qué semilla están sembrando.
Y muchas veces pasan años antes de descubrir que aquella semilla germinó.
Por eso creo que los buenos maestros nunca desaparecen.
Cuando un alumno aprende realmente, el maestro continúa viviendo en su manera de pensar, de trabajar, de tomar decisiones, de enfrentar un problema y, sobre todo, de tratar a los demás.
Y quizá por eso enseñar se convirtió, casi sin darme cuenta, en una de las cosas que más satisfacción me produce.
Pero existe una historia dentro de esta historia que para mí tiene un significado particularmente especial.
La historia del Dr. Joe Melchiade.
Joe llegó a mi vida profesional siendo todavía un estudiante.
Y tengo muy presente aquellos años en los que todavía estaba construyendo su camino.
Lo vi cuando aún tenía preguntas.
Lo vi cuando todavía estaba descubriendo la profesión.
Lo vi equivocarse, preguntar, insistir, estudiar y volver a preguntar.
Lo vi crecer.
Y, quizá sin darme cuenta, llegó un momento en que dejé de verlo solamente como aquel estudiante que alguna vez estuvo en mi clínica.
Empecé a verlo como un colega.
Después como un profesional.
Y finalmente como lo que hoy considero que es, un gran médico veterinario y, sobre todo, un hombre al que me llena de orgullo haber podido acompañar durante una parte de su formación.
Y aquí es donde la docencia adquiere un significado completamente diferente.
Porque enseñar no significa fabricar copias de uno mismo.
Significa ayudar a construir personas capaces de caminar su propio camino.
Joe no tenía que convertirse en otro Carlos.
Nunca fue ese el objetivo.
Tenía que convertirse en Joe.
Con su propio criterio.
Con sus propias fortalezas.
Con sus propios errores.
Con sus propias experiencias.
Y hoy, cuando veo su crecimiento profesional, cuando conversamos de pacientes, cuando intercambiamos criterios, cuando compartimos casos y cuando incluso es él quien puede enseñarme cosas a mí, siento una de las satisfacciones más grandes que puede experimentar un maestro, ver que su alumno ya no necesita caminar detrás de él.
Camina a su lado.
Y quizá mañana caminará incluso delante.
Y eso no me preocupa.
Eso me llena de orgullo.
Porque si algún día mis alumnos me superan, significará que la cadena no se rompió.
Significará que todo aquello que recibí de mis propios maestros encontró un nuevo lugar donde crecer.
Y Joe representa para mí precisamente eso.
La prueba de que enseñar vale la pena.
La prueba de que abrir las puertas de una clínica para que un estudiante aprenda puede cambiar una vida.
La prueba de que detrás de cada estudiante puede existir un profesional extraordinario que todavía no sabe hasta dónde puede llegar.
Y también la prueba de algo que considero fundamental, un maestro verdaderamente feliz no compite con sus alumnos.
Los impulsa.
Los acompaña.
Los celebra.
Y cuando llega el momento, los deja volar.
He tenido la fortuna de ver algo parecido con muchos otros jóvenes que han pasado por mi clínica.
Muchachos que llegaron como estudiantes y que hoy son profesionales.
Algunos estuvieron poco tiempo.
Otros permanecieron años.
Algunos regresaron después de graduarse.
Otros se fueron a construir sus propias historias.
Y algunos, para mi enorme alegría, siguen viniendo a visitarme.
Ya no vienen como estudiantes.
Vienen como colegas.
Me cuentan de sus pacientes.
Me preguntan alguna cosa.
Me cuentan sus proyectos.
Compartimos experiencias.
Nos reímos de aquellos primeros años.
Y en esos momentos uno comprende que la verdadera recompensa de enseñar no está en recibir reconocimiento.
Está en mirar atrás y pensar:
“Valió la pena.”
Valieron la pena las horas.
Valieron la pena las explicaciones.
Valieron la pena las correcciones.
Valieron la pena las discusiones académicas.
Valieron la pena las veces que repetimos algo hasta que finalmente se entendió.
Valieron la pena las oportunidades que se dieron.
Y valió la pena abrir las puertas.
Porque quizás detrás de cada estudiante que entra por esas puertas existe un futuro profesional que todavía no conocemos.
Hay una frase que me acompaña desde hace mucho tiempo:
«“Caminando sobre huellas de sabios, y siendo sabios dejando huellas.”»
Para mí, eso resume perfectamente lo que significa ser maestro.
Primero caminamos sobre las huellas de quienes estuvieron antes.
Aprendemos de ellos.
Nos equivocamos.
Preguntamos.
Estudiamos.
Crecemos.
Y algún día llega nuestro turno de dejar huellas.
No para que otros nos sigan ciegamente.
No para que piensen exactamente como nosotros.
Sino para que puedan utilizar esas huellas como punto de partida y llegar todavía más lejos.
Porque hay algo que he aprendido con los años, el verdadero éxito de un maestro ocurre cuando su alumno lo supera.
Ese día el maestro no pierde.
Ese día el maestro gana.
Gana porque aquello que recibió de sus propios maestros no terminó en él.
Continuó.
Se multiplicó.
Se transformó.
Y ahora está en manos de alguien más.
Por eso quiero reconocer también a todos aquellos que enseñan.
A los docentes universitarios.
A quienes están frente a un aula.
A quienes preparan una clase hasta altas horas de la noche.
A quienes corrigen trabajos.
A quienes investigan.
A quienes siguen estudiando incluso después de haber obtenido todos los títulos que podían conseguir.
Pero también quiero reconocer a quienes quizá nunca han recibido formalmente el título de docente, pero que todos los días cumplen ese papel dentro de sus clínicas veterinarias.
Al veterinario que permite que un estudiante observe una cirugía.
Al que explica por qué tomó una decisión clínica.
Al que deja que un joven profesional realice su primera ecografía bajo supervisión.
Al que enseña a colocar correctamente un catéter.
Al que explica cómo interpretar un hemograma.
Al que corrige sin humillar.
Al que responde una pregunta aunque esté cansado.
Al que comparte un artículo.
Al que simplemente dice:
“Ven, mira esto.”
Eso también es enseñar.
Y quizás sea una de las formas más nobles de ejercer nuestra profesión.
Porque no basta con saber.
Hay que compartir lo que sabemos.
El conocimiento que guardamos egoístamente muere con nosotros.
El conocimiento que compartimos puede vivir durante generaciones.
Por eso sigo enseñando aquello que tanto me costó aprender.
Porque no quiero que quienes vienen detrás tengan que recorrer exactamente el mismo camino lleno de piedras que yo recorrí.
Quiero entregarles un mapa.
Quiero advertirles dónde tropecé.
Quiero compartirles mis errores.
Quiero ahorrarles algunas noches de frustración.
Y, sobre todo, quiero que lleguen más lejos.
Mucho más lejos que yo.
Porque algún día quisiera que uno de mis alumnos me diga:
“Doctor, aquello que usted me enseñó ya lo mejoré.”
Y ese día, créanme, no habrá orgullo más grande.
Porque significará que valió la pena.
Y entonces recordaré a mi padre.
Al Dr. Jorge Mosquera.
Al Dr. Jofree Cadena.
Al Dr.Bolívar Valencia.
Al Dr. Marco Hernández.
Al Dr. Alberto Hernández.
Y a tantos otros maestros que dejaron algo en mí.
Y recordaré también a aquellos estudiantes que terminaron convirtiéndose en colegas y amigos.
Entre ellos, de una manera muy especial, Joe, Pamela, Jonathan, Mateo, Pablo y un largo etc, etc!
Porque quizá esa sea una de las mayores recompensas que me ha dado la vida profesional ver crecer a alguien desde sus primeros pasos hasta convertirse en un profesional al que hoy puedo admirar y respetar.
Y entender que, en algún momento, el alumno dejó de caminar detrás del maestro.
Y comenzó a caminar a su lado.
Ese es el verdadero legado.
No los diplomas.
No los títulos.
No los reconocimientos.
No los cargos.
Las personas.
Las personas que ayudamos a formar.
Las vidas profesionales que ayudamos a encaminar.
Los pacientes que serán mejor atendidos gracias a lo que alguna vez enseñamos.
Y los nuevos estudiantes que nuestros propios alumnos enseñarán algún día.
Ese es el verdadero ciclo del conocimiento.
Un maestro enseña a un alumno.
El alumno aprende.
El alumno crece.
El alumno supera al maestro.
Y luego se convierte en maestro de alguien más.
Así evoluciona una profesión.
Así avanza la medicina veterinaria.
Así se construye un legado.
Por eso, si alguna vez me preguntan nuevamente:
—Carlos, ¿por qué enseñas aquello que tanto te costó aprender?
Hoy tengo la respuesta.
Porque alguien lo hizo por mí.
Porque tuve maestros.
Porque tuve personas que dejaron huellas en mi camino.
Porque tuve la fortuna de aprender de grandes seres humanos.
Y porque ahora me corresponde a mí dejar algunas huellas para quienes vienen detrás.
Ojalá sean buenas huellas.
Ojalá alguien pueda caminar sobre ellas.
Ojalá alguno de mis alumnos llegue mucho más lejos que yo.
Y ojalá, cuando lo haga, nunca olvide lo esencial:
«Caminar sobre huellas de sabios, y siendo
sabios dejando huellas.
Y vivir siempre bajo un principio:
SER MÁS, PARA SERVIR MEJOR.»
Hoy me permití escribir desde el mal yoísmo.
Quizá demasiado en primera persona.
Quizá más de lo habitual.
Pero algunas veces también necesitamos detenernos, mirar hacia atrás y reconocer a quienes nos ayudaron a llegar hasta aquí.
Así que, a todos mis maestros:
gracias.
Y a todos aquellos que alguna vez se sentaron frente a mí para aprender algo:
gracias por permitirme enseñarles.
Pero especialmente a quienes alguna vez fueron mis alumnos y hoy son mis colegas, mis amigos y, en muchos casos, incluso mis maestros:
gracias por demostrarme que enseñar no significa quedarse con el conocimiento.
Significa hacer que sobreviva en otros.
Y si algún día alguno de ustedes logra ser mejor que su maestro, no olviden algo:
ese será, probablemente, el mejor regalo que puedan hacerle.
Porque un maestro que realmente ama enseñar no sueña con que sus alumnos permanezcan detrás de él.
Sueña con verlos llegar más lejos.
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