Ir al contenido principal

LOS GRANDES MIEDOS DE UN MÉDICO VETERINARIO

 LOS GRANDES MIEDOS DE UN MÉDICO VETERINARIO 


O cómo sobrevivir a una profesión en la que hasta los pacientes tienen dientes para reclamarte.


Por Carlos A. Bastidas C.


Dicen que los médicos veterinarios somos valientes. Que no le tenemos miedo a nada. Que podemos meter las manos en una boca llena de dientes, enfrentarnos a un perro de 50 kilos que no conoce el significado de la palabra «tranquilo», introducir un termómetro donde nadie quisiera tenerlo y salir vivos de una consulta con un gato que parece haber estudiado artes marciales.


¡Mentira!


Los médicos veterinarios tenemos miedo. ¡Muchísimo miedo! Lo que sucede es que hemos aprendido a disimularlo detrás de un mandil, un estetoscopio y una expresión de seguridad que, en ocasiones, ni nosotros mismos nos creemos.


Y es que nuestra profesión tiene sus propios monstruos. Algunos tienen cuatro patas, otros dos y los peores… ¡tienen WhatsApp!


PRIMER MIEDO: EL TELÉFONO QUE SUENA A LAS DOS DE LA MADRUGADA.


No existe sonido más aterrador para un veterinario que una llamada a las 02:17 de la mañana.


Uno contesta todavía medio dormido y escucha:


"Doctor, disculpe que lo moleste, pero mi perrito está raro".


¡¿RARO?! ¿Qué significa raro? ¿Respira raro? ¿Camina raro? ¿Está haciendo cosas que nunca había hecho? ¿O simplemente decidió cambiar de personalidad a esta hora?


Y cuando uno pregunta desde cuándo está así, aparece la frase que termina de destruir cualquier esperanza de volver a dormir:


"Desde hace tres días, doctor, pero recién me preocupé".


¡Tres días! ¡Y usted me llama cuando hasta los murciélagos están descansando!


SEGUNDO MIEDO: EL TUTOR QUE DICE "YO INVESTIGUÉ EN INTERNET".


Hay frases que deberían activar automáticamente una alarma en cualquier clínica veterinaria.


"Doctor, yo vi en Google que…".


"En TikTok dicen que…".


"Un vecino me recomendó…".


Y entonces comienza una conferencia magistral de alguien que nunca ha estudiado medicina veterinaria, pero que está dispuesto a discutir con quien lleva años preparándose para ejercerla.


Lo peor es cuando termina diciendo:


"Doctor, no quiero contradecirlo, pero…".


¡Ya nos contradijo, estimado! ¡Y todavía no hemos terminado la consulta!


TERCER MIEDO: LA ANESTESIA Y ESE SILENCIO QUE PESA MÁS QUE CUALQUIER EQUIPO.


Aquí se acaba el humor por unos segundos.


Porque todo veterinario que ha estado en un quirófano conoce esa sensación. Revisas al paciente, calculas dosis, preparas equipos, monitorizas parámetros, anticipas complicaciones y haces todo lo humanamente posible.


Pero sabes que la medicina no es una ciencia de garantías.


El miedo no es señal de ignorancia. A veces es precisamente el recordatorio de que tienes una vida entre tus manos y que jamás debes perder el respeto por ella.


Nos da miedo perder un paciente. Nos aterra comunicar una complicación. Nos duele profundamente que un procedimiento no termine como esperábamos.


Y aunque hayamos hecho todo correctamente, hay noches en las que regresamos a casa repasando mentalmente cada decisión.


Porque detrás de cada médico veterinario hay un ser humano que también siente, se equivoca, aprende y sufre.


CUARTO MIEDO: EL TUTOR QUE PREGUNTA CUÁNTO CUESTA ANTES DE PREGUNTAR QUÉ TIENE SU MASCOTA.


¡Este sí es un miedo universal!


Uno explica el examen clínico, los diagnósticos diferenciales, los exámenes complementarios, el tratamiento y el pronóstico.


Y cuando termina, el tutor pregunta:


"¿Y cuánto me cobra, doctor?"


Uno respira profundo y responde.


Entonces llega el golpe final:


"¡Pero si solamente lo va a revisar!".


¡Claro! ¡Y el cirujano solamente va a operar!


Nos da miedo explicar nuestros honorarios, nos incomoda cobrar lo justo y, a veces, terminamos sintiéndonos culpables por pretender vivir dignamente de nuestro trabajo.


Pero recordemos algo: amar a los animales no significa regalar nuestro conocimiento, nuestra preparación, nuestro tiempo ni nuestros años de sacrificio.


QUINTO MIEDO: EL PACIENTE QUE SE RECUPERA Y EL TUTOR QUE DESAPARECE.


Lo hospitalizas, lo cuidas, lo monitorizas, limpias su jaula, administras medicamentos, cambias vendajes, pasas la noche pendiente de su evolución y celebras cada pequeño avance.


Finalmente, el paciente mejora.


¡Qué alegría!


Pero cuando llega el momento del alta y de cancelar la cuenta, el tutor desaparece más rápido que un gato cuando escucha el ruido del transportador.


Y uno descubre que, aparentemente, el único que se encariñó con el paciente fue el veterinario.


SEXTO MIEDO: EL GATO QUE DESAPARECE EN EL CONSULTORIO.


No importa cuánto hayas invertido en infraestructura, cuántos equipos tengas o cuántos años de experiencia acumules.


Siempre habrá un gato que consiga desaparecer dentro de un consultorio de cuatro paredes.


Lo buscas debajo de la mesa, detrás del escritorio, dentro de los cajones, entre los equipos…


Y terminas preguntándote si realmente estudiaste medicina veterinaria o si debiste estudiar magia e ilusionismo.


¡Porque ese gato no está escondido! ¡Ha abandonado esta dimensión!


SÉPTIMO MIEDO: LAS RESEÑAS DE GOOGLE.


Puedes salvar una vida, atender una emergencia a medianoche, explicar veinte veces un diagnóstico, ofrecer alternativas y hacer todo lo posible por ayudar.


Pero basta con que no tengas el medicamento que alguien quiere, que no aceptes una exigencia absurda o que no puedas atender inmediatamente para que aparezca una reseña de una estrella.


Y ahí está uno, mirando el teléfono, preguntándose cómo pasó de ser un excelente profesional a convertirse en el villano de una historia de Google.


¡Bienvenidos a la medicina veterinaria del siglo XXI!


OCTAVO MIEDO: EL DÍA EN QUE DEJAMOS DE SER ESTUDIANTES Y NOS CONVERTIMOS EN LOS RESPONSABLES.


Porque mientras estudiábamos, teníamos miedo de los exámenes, de las prácticas, de equivocarnos frente a los profesores y de no recordar el nombre de alguna estructura anatómica.


Pero nadie nos preparó completamente para el miedo de tomar una decisión clínica, asumir una responsabilidad, dirigir un equipo, pagar una nómina, comprar equipos, mantener una clínica y entender que hay personas que dependen de nosotros.


Nadie nos explicó que un día dejaríamos de buscar al profesor para preguntarle qué hacer.


Y que, aunque tengamos dudas, habrá alguien esperando que nosotros tengamos las respuestas.


PERO EXISTE UN MIEDO MUCHO MÁS GRANDE QUE TODOS LOS ANTERIORES.


El miedo a perder aquello que nos hizo elegir esta profesión.


El miedo a acostumbrarnos tanto al sufrimiento que dejemos de conmovernos.


A convertirnos en profesionales que solamente ven pacientes, facturas, procedimientos y diagnósticos, olvidando que detrás de cada animal existe una familia, una historia y un vínculo que muchas veces no podemos comprender completamente.


Nos da miedo fracasar, pero también debería darnos miedo dejar de intentarlo.


Nos da miedo equivocarnos, pero debería darnos mucho más miedo dejar de estudiar.


Nos da miedo perder pacientes, pero jamás debemos permitir que el dolor nos robe la capacidad de volver a luchar por el siguiente.


Y, sobre todo, nunca debemos permitir que las frustraciones, los malos tutores, las cuentas pendientes, las críticas injustas y las dificultades económicas nos hagan olvidar lo extraordinario que significa ser médicos veterinarios.


Porque, a pesar de todo, seguimos aquí.


Seguimos celebrando cuando un cachorro vuelve a caminar, cuando un paciente crítico supera una noche complicada, cuando una cirugía termina exitosamente y cuando un animal que llegó asustado sale moviendo la cola.


Seguimos emocionándonos cuando un tutor nos dice: "Doctor, gracias por salvarle la vida".


Y también aprendemos a despedirnos cuando ya no hay más que hacer, comprendiendo que algunas veces nuestro último acto de amor consiste en acompañar y evitar el sufrimiento.


¡Qué profesión tan extraña la nuestra!


Podemos pasar de reírnos porque un perro se comió una media, a llorar porque no conseguimos salvar a un paciente. Podemos pasar de una cirugía compleja a discutir durante quince minutos porque alguien insiste en que su gato no está gordo, sino que tiene "huesos grandes".


Somos médicos, cirujanos, anestesistas, laboratoristas, docentes, investigadores, epidemiólogos, salubristas, productores, investigadores de campo, especialistas en salud pública y muchas cosas más.


Somos profesionales de una ciencia inmensa que protege la salud animal, la salud humana y el equilibrio de nuestro entorno.


Y aunque a veces terminemos agotados, despeinados, endeudados, con hambre y con olor a desinfectante, hay algo que nadie debería quitarnos:


EL ORGULLO DE SER MÉDICOS VETERINARIOS.


Así que, querido colega, la próxima vez que suene el teléfono a las dos de la mañana, que un tutor te diga que encontró el diagnóstico en Google, que un gato desaparezca en tu consultorio o que una reseña de una estrella arruine tu café…


Respira.


Sonríe.


Recuerda por qué empezaste.


Porque seguramente no elegiste esta profesión para hacerte millonario, dormir ocho horas diarias o tener una vida completamente tranquila.


¡Si eso querías, definitivamente te equivocaste de carrera!


La elegiste porque, de alguna manera, entendiste que había algo extraordinario en dedicar tu vida a quienes no pueden decir con palabras cuánto les duele, cuánto te necesitan o cuánto agradecen lo que haces.


Y eso, compañeros, vale muchísimo más que todos nuestros miedos.


Que nunca nos falte conocimiento para ejercer, humildad para aprender, carácter para defender nuestra profesión y corazón para no olvidar por qué comenzamos.


Porque podemos tenerle miedo a muchas cosas…


Pero jamás deberíamos tener vergüenza de decir:


¡SOY MÉDICO VETERINARIO, Y SI VOLVIERA A NACER, VOLVERÍA A ELEGIR ESTA MARAVILLOSA, COMPLICADA, ABSURDA Y EXTRAORDINARIA PROFESIÓN!


¡Un abrazo enorme a todos los colegas que, a pesar de todo, mañana volverán a ponerse el mandil!


¡SER MÁS, PARA SERVIR MEJOR!

Comentarios

Entradas populares de este blog

Cuando el Error es Maestro y la Soberbia un Obstáculo

Cuando el Error es Maestro y la Soberbia un Obstáculo Por Carlos Arturo Bastidas Collantes Dicen que el conocimiento te da poder, pero el verdadero poder está en saber usarlo con humildad. En la medicina veterinaria, como en la vida, todos fallamos. A veces porque decidimos rápido, otras porque confiamos demasiado o simplemente porque aún no sabemos lo suficiente. Pero cuando presenciamos el error de otro colega, ¿cómo debemos actuar? ¿Desde la cima de un ego inflado o desde la compasión de quien también ha tropezado? La respuesta es sencilla y brutalmente honesta: no somos Dios. Ni tú, ni yo, ni el PhD de peluquín que inspiró estas líneas con su falta de tacto y exceso de soberbia. Por eso, antes de levantar el dedo acusador, conviene mirarse las manos. Todos hemos tenido momentos donde, de haber sido grabados, nos habríamos ganado más de un meme y menos de una estrella. El error ajeno no debe ser pretexto para juzgar, sino oportunidad para educar. Y esa educación no se grita en públi...

LA ÉTICA VETERINARIA NO SE DEMUESTRA DESTRUYENDO A UN COLEGA, SINO HONRANDO LA PROFESIÓN por Carlos Arturo Bastidas C.

  LA ÉTICA VETERINARIA NO SE DEMUESTRA DESTRUYENDO A UN COLEGA, SINO HONRANDO LA PROFESIÓN por Carlos Arturo Bastidas C. Una reflexión sobre la medicina, la humildad y la peligrosa costumbre de confundir el conocimiento con la superioridad. Hay publicaciones que uno lee y simplemente continúa deslizando la pantalla. Y hay otras que lo obligan a detenerse, reflexionar y recuperar, aunque sea por unos instantes, la fe en la humanidad. Eso me ocurrió al leer las palabras de la doctora Mayra Anzaldo, colega mexicana, quien describe con una verdad brutal algo que jamás deberíamos olvidar quienes ejercemos la Medicina Veterinaria, nuestra responsabilidad profesional no termina cuando atendemos a un paciente; también se manifiesta en la manera en que tratamos a sus tutores, en cómo nos referimos a nuestros colegas y en la forma en que utilizamos el conocimiento que tanto nos costó adquirir. La doctora relata la llegada de una paciente que ya había sido atendida por otros médicos veterinar...

¡YA BASTA! ¿CUÁNDO VAMOS A EMPEZAR A RESPETAR A LOS VETERINARIOS? Por Carlos A. Bastidas C.

 ¡YA BASTA! ¿CUÁNDO VAMOS A EMPEZAR A RESPETAR A LOS VETERINARIOS? Por Carlos A. Bastidas C. Ya basta. Lo vengo diciendo desde hace tiempo y cada vez tengo más claro que, si los propios veterinarios no levantamos la voz, nadie lo va a hacer por nosotros. El video que acabo de ver sobre el MVZ Francisco Paredes en Puebla, MÉXICO  vuelve a poner sobre la mesa un problema que se ha convertido en una verdadera enfermedad de nuestra profesión, la falta de respeto hacia el médico veterinario, la normalización de la agresión y esa absurda idea de que atender a un animal debe ser barato, gratuito o prácticamente un acto de caridad. Y no. ¡NO! ¿Quién carajo se creen algunos para insultar, humillar, amenazar o cuestionar de esa manera a un profesional que está intentando salvar la vida de un animal? ¿Desde cuándo estudiar años, invertir en formación, pagar equipos, mantener una clínica, contratar personal, comprar medicamentos, reactivos, material quirúrgico, asumir servicios básicos, i...